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domingo, 27 de mayo de 2018

Shame

   El pasado mes de abril, el arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela, monseñor Pérez González, escribió una carta pastoral muy interesante sobre los efectos de la pornografía en el corazón humano (aquí). En efecto, bajo el título de La pornografía degenera y destruye a la persona, el prelado, haciéndose eco de la opinión de los sociólogos, sostiene que el libertinaje (o el pansexualismo) que hoy vivimos puede parecer una respuesta lógica al tabú impuesto sobre el sexo durante muchos años; de esta manera, y siempre en palabras de los citados sociólogos, mientras que anteriormente la práctica sexual se circunscribía casi de forma exclusiva al acto conyugal y procreador, en la actualidad también goza de una dimensión lúdica y placentera de la que se abominaba en el pasado. Podemos decir, por tanto, que las relaciones sexuales de hogaño, en relación con las de antaño, son consideradas como un ejemplo de libertad social e individual, puesto que una persona puede recurrir a ellas sin necesidad de vincularse matrimonialmente a otra, o sin necesidad de procrear un hijo, ya que en la actualidad existen multitud de medios que pueden evitar la fecundación. Pero, donde la sociedad ve hoy un acto de libertad (gozar del propio cuerpo todo lo posible), el arzobispo vislumbra un síntoma de esclavitud, especialmente en la pornografía, que es la mayor degeneración de esta práctica libertina del sexo.

   Ciertamente, como él mismo afirma en su carta, "la pornografía daña el cerebro. Es como una droga que crea adicción y que es muy difícil de erradicar. Se consume y siempre se quiere más, y nunca se sacia. Cuanto más se consume, más grave es el daño al cerebro. Crea una situación en la que la persona se enfrasca y se aficiona de tal forma que el cerebro no tiene capacidad de reaccionar con libertad, está atado como la presa en la trampa. De ahí se llega al comportamiento extremo, donde se desnaturaliza el acto sexual y se convierte en un juego normalizado, considerándolo como algo común y sin relevancia en aspectos morales". De este modo, la presunta libertad individual que otorga el recurso de la persona al sexo (en este caso, a su versión voyerista), se convierte en su esclavitud psicológica, puesto que genera en ella una adicción que le va exigiendo constantemente su propia satisfacción, bien sea corporal, mediante el onanismo, bien sea visual, mediante el visionado de imágenes o películas eróticas (hoy, fácilmente accesibles gracias a la red). Como prueba de que la pornografía genera realmente esta adicción que aquí estamos denunciando, podemos señalar a los famosos actores David Duchovny (Expediente X) y Michael Douglas (Instinto básico), entre otros, que tuvieron que ser internados en clínicas especializadas después de que confesaran su problema con el sexo y la pornografía (pero no tenemos por qué irnos tan lejos, ya que podemos imaginar a cualquier joven o adulto que conozcamos mirando durante horas una pantalla donde se muestra sexo explícito).

   Pero el arzobispo de Pamplona también advierte de que la pornografía no solo genera adicción, sino que también propicia una destrucción progresiva del amor. En efecto, según sus palabras, "estudios recientes han demostrado que, después de que unos individuos han estado expuestos a la pornografía, se califican a sí mismos con menor capacidad de amor que aquellos que no han tenido contacto con ella. El verdadero amor queda relegado, puesto que la pasión se convierte en utilizar a la otra persona como un objeto de placer y nada más. Por eso, es una mentira que, bajo capa de satisfacción y consideración del otro, se utiliza de tal forma que se cosifica y se despersonaliza. No existe el amor, puesto que es un placer lleno de egoísmo". Efectivamente, como podemos suponer, la persona que se acostumbra (porque es adicta) a satisfacerse mediante el recurso a la pornografía, termina viendo dañada su capacidad afectiva, ya que sobre la otra persona solo deposita sus anhelos sexuales, tratándola así como un mero objeto de su propio placer; es decir, ya no la quiere por lo que es (que es el verdadero sentido del amor), sino por el placer que le da o por el que le puede otorgar. En pocas palabras, lo que una persona descubre en la pornografía, quiere recibirlo de su pareja. Sin embargo, este tipo de relación, que puede ser disfrazada bajo la máscara de la diversión y de la libertad, termina quebrándose tarde o temprano y con una grave repercusión afectiva, puesto que su fundamento es el mero egoísmo, mientras que la relación de pareja debe buscar siempre el bien del otro.




   Curiosamente, existe una película contemporánea que versa sobre esta adicción al sexo y a la pornografía, y que habla también sobre sus terribles consecuencias: Shame (Steve McQueen, 2011). En ella, su protagonista, el actor Michael Fassbender (visto últimamente en El muñeco de nieve y Alien. Covenant, aunque sea más conocido por interpretar al joven Magneto en la saga X-Men) es un importante y exitoso hombre de negocios que oculta un oscuro secreto: su afición al porno (no en balde, la traducción del título sería "vergüenza", ya que se trata de un apego del que no quiere hablar). Por supuesto, él cree que se trata de una afición dominada, puesto que recurre a ella cuando desea liberar tensiones u olvidar problemas laborales; sin embargo, lo cierto es que dicha afición lo ha domeñado a él a través de la adicción. En efecto, tan necesitado está el actor de su satisfacción diaria de pornografía que recurre a ella incluso en horas de trabajo, almacenando imágenes y vídeos eróticos en el ordenador de su despacho y masturbándose a escondidas en los aseos de este último. Pero todo sale a la luz cuando, por un lado, su hermana descubre este oscuro secreto, y, por el otro, su jefe halla lo que él, con tanto celo, escondía en su disco duro; por eso, y a partir de ese momento, procurará dejar su adicción mediante la búsqueda de una pareja estable. 

   No deja de ser interesante que el argumento de la película postule la estabilidad amorosa como el remedio eficaz contra dicha adicción al sexo. Efectivamente, si la pornografía satisface el deseo carnal egoísta de quien está enganchado a ella, la generosidad que exige la vida familiar induce a lo contrario (en este sentido, recordemos también otro film, Prueba de fuego, en el que su protagonista procuraba desintoxicarse del porno mediante su vuelco en la convivencia hogareña). Aquí, como Fassbender no tiene familia (salvo su hermana, que detona su deseo de mejorar), busca una novia, con quien anhela reordenar su vida en aras de un bien mayor. Pero la película es honesta, porque, al principio, le cuesta mucho separarse del sexo y de su adicción a la pornografía, y no es capaz, por ejemplo, de mantener una relación sexual normal con ella (es significativo que deba recurrir a la prostitución, puesto que es en el mal uso de la mujer donde halla su satisfacción y no en el sentido puro del amor). Sin lugar a dudas, esto es un acierto, porque, como si de una droga se tratase, quien quiera ordenar su existencia, lejos del sexo pornográfico, debe luchar duramente contra el hábito de encender cada noche el monitor y ver alguna escena que calme su sed.

   Lógicamente, aunque por desgracia, la cinta no es de corte cristiano, por lo que no vemos en ella un discurso acerca de la fe, sino solo la presentación psicológica de una adicción y el deseo del paciente de zafarse de ella. Pero nosotros, que sí somos cristianos, sabemos que un remedio eficaz contra este problema es la confesión. En efecto, el perdón de Dios es un punto y aparte en la vida de cualquier católico, que encuentra en ella también el auxilio que aquel le presta para vencer con éxito su adicción; por eso, cuando finalmente alguien reconoce que es adicto al sexo (o a la pornografía, o a ambos), debe arrodillarse en el confesionario e impetrar la misericordia divina. Lo segundo que debemos hacer es poner los medios necesarios para evitar que dicho hábito se nos presente de nuevo como una tentación; es decir, apagar el ordenador o el móvil cuando no le estemos dando un uso adecuado (la navegación sin rumbo suele arribar a puertos peligrosos), desechar los pensamientos que se nos alojan en el recuerdo y procurar que la noche la usemos solamente para dormir (no es momento para chatear, tuitear o ver las fotos de quien me gusta en su perfil de Instagram), entre otras muchas cosas, por supuesto. En este sentido, y como hemos indicado arriba, la vida familiar también es una ayuda adecuada para vencer la adicción a la pornografía, porque quien se vuelca en el cuidado de su cónyuge y de su prole se convierte paulatinamente en alguien generoso, que no anhela la satisfacción egoísta de su deseo en la fría pantalla de su ordenador (o de su móvil, que es más personal y secreto).




   Por todos estos motivos, creo que Shame es un título ideal para completar la lectura de la carta del arzobispo de Pamplona, muy adecuada para nuestro tiempo. De la misma manera que en ella se advierte acerca del detrimento de la capacidad afectiva que padece el adicto al sexo, en la película vemos cómo su protagonista es incapaz de establecer una relación normal con una mujer, porque siempre la ve como un mero objeto de placer; así como ella se hace eco de los problemas que se derivan en la convivencia familiar, la cinta nos muestra cómo Fassbender acarrea una vida desastrosa con su hermana por culpa de su adicción; en definitiva, del mismo modo que la carta llama esclavos a quienes consumen diariamente largas horas de erotismo, Shame nos muestra de forma gráfica ese mismo aherrojamiento y la dificultad que supone desuncirse de él. No obstante, y a pesar de ese grito de angustia con el que acaba el film, este da pie a la esperanza, pues, como toda adicción, puede ser vencida mediante la lucha; por desgracia, y como ya hemos mencionado, el largometraje nos presenta la pugna individual de su protagonista, pero el cristiano sabe que cuenta con la ayuda inestimable de Dios, que está dispuesto a sacarnos de cualquier escollo con tal de que se lo permitamos.



   

miércoles, 20 de enero de 2016

Contact

   Recuerdo el día que fui al estreno de la película Contact. Por aquel entonces, yo tendría unos quince años de edad; sin embargo, y a pesar de las escasas primaveras que había vivido, ya era un cinéfilo empedernido, como referí en un post anterior. Ciertamente, mis conocimientos acerca del séptimo arte se limitaban a los filmes que más se adecuaban a mis infantiles gustos estéticos, a los que congregaban a innumerables grupos de personas en las abarrotadas salas cinematográficas y a los que podía rescatar de la olvidada videoteca de mis padres. Gracias a esta última, no obstante, pude disfrutar de dos grandes hitos de la ciencia-ficción contemporánea: Encuentros en la tercera fase y E.T., el extraterrestre.

   Hasta el momento, todas las películas sobre alienígenas que habían llegado a mis manos mostraban a unos aterradores invasores de horrible o informe aspecto que tenían el único propósito de conquistar nuestro planeta, con el fin de ejecutar en él sus perversos planes de colonización (entre ellos, por supuesto, destacan La guerra de los mundos, La masa devoradora y La invasión de los ladrones de cuerpos); sin embargo, estas dos películas dirigidas por Steven Spielberg me ofrecieron un concepto novedoso sobre los supuestos seres estelares que visitan esporádicamente la Tierra, por lo que las califiqué de inmediato entre el número de mis favoritas (cabe señalar que, a la sazón, yo creía con firmeza en la existencia de dichos seres, así como en su benevolencia hacia la humanidad, por lo que esta nueva visión se acomodaba perfectamente a mis ingenuas convicciones). Por este motivo y porque el director de Contact había pergeñado su arte a la sombra del que hemos citado, me ilusioné con la idea de ver en el cine algo similar a lo que había visto a través del vídeo doméstico, pero lo cierto es que me decepcionó sobremanera, pues donde yo creí que encontraría un canto a la investigación ufológica o al enigma extraterrestre, me topé con un aburrido discurso sobre la fe y la razón; además, y cuando pensaba que al final del metraje se subsanaría esa plúmbea disertación mediante un estremecedor encuentro entre la protagonista y algún marciano de curioso aspecto, volví a desilusionarme con la aparición del padre de aquella.

   Como el lector se puede imaginar, salí de la sala sintiéndome defraudado, pues el film no había cubierto las optimistas expectativas que había vertido sobre él; por otro lado, tanto la crítica especializada como el público en general parecían compartir dicho desengaño, por lo que mi desilusión (y mi enfado) rozaba el paroxismo: en absoluto podía comprender que un director tan afamado (hasta la fecha, había realizado la trilogía de Regreso al futuro y Forrest Gump, por ejemplo) y con un maestro de tanto renombre pudiera haber desechado un material tan bueno, para lo que podría haber sido el largometraje de la ufología por definición, con el permiso de la citada Encuentros en la tercera fase. Sin embargo, debo decir que, habiendo dejado pasar los años, he vuelto a verla recientemente, con el propósito de congraciarme con ella, pues creía que Zemeckis merecía una segunda oportunidad, y que, habiéndola visto de nuevo, considero que la juzgué mal, pues donde yo pensaba haber sido engañado, he encontrado ahora una bella metáfora de la aspiración de todo hombre al cielo.



   La película narra la biografía ficticia de una científica (Jodie Foster) que dedica todos sus esfuerzos y conocimientos a la búsqueda de vida extraterrestre, empeño al que decidió consagrarse cuando, siendo una niña, su padre (David Morse) le hizo ver que la sola inmensidad del universo demostraba por sí misma que este no podía estar habitado exclusivamente por el ser humano. A pesar de las constantes oposiciones con las que se topa en su investigación, la citada científica descubre una señal de radio proveniente de un sistema solar ajeno al nuestro, algo que aúna y da alas a todos los proyectos destinados a este propósito; sin embargo, y al mismo tiempo, florecen todo tipo de movimientos religiosos y sociales que pretenden manifestar el desasosiego de una parte de la población mundial, convencida de que la presencia de vida alienígena y de que el intento de establecer contacto con ella supondrá un problema para la fe de unos y para el desarrollo político de otros.

   No obstante dichos desencuentros, el programa de investigación y comunicación sigue adelante, auspiciado, además, por el mensaje revelado tras el desciframiento de las ondas radiofónicas descubiertas por la protagonista: las instrucciones que detallan la elaboración de una gigantesca y potente máquina que, presumiblemente, ayudará al ansiado contacto entre la humanidad y los extraterrestres. Tras una serie de dificultades, entre las que se cuentan la duda de un ex-religioso del que se enamora (Matthew McConaughey) y la traición y el interés de un antiguo jefe (Tom Skerritt), Jodie Foster consigue embarcarse en el ciclópeo vehículo estelar, que la conduce de manera misteriosa hacia el planeta desde el que partió el mensaje de radio. A pesar de las expectativas que esta lanzó sobre su esperado encuentro, este, como hemos dicho, se limita a un sorprendente y breve diálogo entre aquella y su padre, quien, por otro lado, le asegura que es el método que los alienígenas usan para comunicarse con los hombres desde hace muchos años.

   Cuando, finalmente, la escéptica científica regresa a la Tierra, descubre que su viaje es puesto en duda por las autoridades que lo gestionaron, ya que, a pesar de todas las horas que ella cree haber estado vagando por el espacio, las grabaciones no registran ni un solo minuto de las mismas. Ella, sin embargo, convencida de la autenticidad de su experiencia, intenta demostrar por todos los medios que esta no ha sido un engaño, sino un verdadero contacto entre dos civilizaciones de diferentes planetas. Paradójicamente, y contra cualquier pronóstico, en su defensa sale el ex-religioso que se opuso a su navegación, convirtiéndose, de este modo, en su aliado. A partir de ese momento, Jodie Foster deberá vivir bajo la sospecha y con el auxilio de su único amigo, que representa la fe que ella había despreciado hasta ese instante.



   Al margen del discurso que pretende reconciliar ambas posturas, la de la fe y la de la razón, la película, como hemos indicado, ofrece al espectador una interesante alegoría sobre la aspiración al cielo, que es el fundamento y el fin del credo cristiano. En este sentido, y aunque la creencia en Dios solo aparezca como contrapunto de la visión científica de la vida, es posible entender que el vínculo que une a Jodie Foster con su padre, más allá del familiar, por supuesto, es la fe en los extraterrestres (no por casualidad, seres que viven en las estrellas). De este modo, David Morse, como si de un padre cristiano se tratase, transmite a su propia hija dicha fe, y comparte con ella la ilusión por alcanzar lo que esta promete, algo que queda de manifiesto, sobre todo, en esos diálogos nocturnos que ambos establecen con diferentes personas a través del aparato de radio, como si los dos rezasen juntos antes de ir a dormir (de esta manera, es significativa la escena en que la niña Foster intenta comunicar por radio con su padre tras el fallecimiento de este).

   En primer lugar, podemos entender aquí la importancia de la fe transmitida en el hogar, ya que es en este sitio donde un niño oye hablar de Dios por primera vez, y donde, al mismo tiempo, aprende a amarlo; de igual manera que, en la película, Jodie Foster parece conocer la existencia de seres que habitan fuera de la Tierra gracias a las palabras de su progenitor, en la vida real también los padres transmiten a sus hijos la fe en un Ser que vive en los cielos (una y otra creencia, como hemos dicho, son alimentadas con la oración nocturna, que en el film es sustituida por ese contacto radiofónico que ambos pretenden entablar con la gente que vive apartada de ellos). En segundo lugar, esta fe articula la vida adulta del individuo, que, amparándose en ella, encuentra sentido a su propia existencia; de esta manera, mientras que el cristiano camina con el horizonte del cielo frente a su mirada, la protagonista del film lo hace con el del encuentro definitivo entre los hombres y los extraterrestres (curiosamente, la fe también es fortaleza ante la adversidad, pues vemos que la científica debe arrostrar humillaciones y desengaños causados por su creencia, como cualquier cristiano vive los suyos a consecuencia de su convencimiento).

   La película intenta demostrar que el camino hacia el objetivo que uno se haya impuesto está salpicado a menudo con el aderezo de la dificultad, pues vemos que Jodie Foster, como señalamos, se topa con el descrédito de sus superiores y el de las personas que deberían confiar en ella (¿podemos entrever una imagen de la Iglesia en el pequeño grupo de científicos que comparte la fe que ella tiene?); asimismo, indica que la senda hacia ese fin se torna expedita cuando el propósito es claro y seguro. Como ya mostramos en el post dedicado a La historia interminable, no podemos identificar este hecho con la confianza en uno mismo, pues siempre se corre el peligro de precipitarse al hundimiento; más bien al contrario, esa confianza debe ser depositada sobre alguien que ya haya recorrido la abrupta vereda (en el caso del cristianismo, es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre). Teniendo esto presente, uno puede avanzar con tranquilidad por el camino que debe recorrer hasta llegar a su consumación, pues sabe, además, que Dios lo protege y que cada acontecimiento que le ocurra es consentido por Él (el film refleja la ayuda de la Providencia en la misteriosa concatenación de situaciones anómalas que dan como resultado el esperado viaje al cielo de la científica).



   Finalmente, cuando Jodie Foster culmina su trayecto, se encuentra varada en una solitaria y mágica playa, que recuerda a una entelequia, tal vez porque el Cielo colmará toda expectativa, superando incluso el concepto que el hombre más avezado pueda tener de él. En ese entorno, como hemos dicho, aparece su padre, quien la trata como a la niña que era cuando él murió, lo que provoca que ella rememore toda su infancia y desee permanecer allí. A mi juicio, es una hermosa comparación con el Paraíso, ya que este consistirá en una vuelta a casa, donde nos aguardan todos aquellos que ya han partido de este mundo, unidos, como una sola familia, bajo el amor de un mismo Padre, Dios. De esta manera, pues, el amor que uno cultivó en su hogar, el mismo que lo llevó a encarar las adversidades de la propia vida, será el que encuentre consumado al final de la misma (esta idea puede ser encontrada en películas de diferente temática, como la trilogía de El hobbit, donde Bilbo abandona su hogar, para, luego, retornar a él tras la experiencia de su aventura, o en Nuestro último verano en Escocia, donde el abuelete protagonista ve cómo su fallecido hermano viene a recogerlo).

   Lógicamente, desconozco la intención de Zemeckis al llevar a la pantalla esta obra, inspirada en la novela homónima del malogrado Carl Sagan, de la cual, aunque leí, tampoco recuerdo su propósito; no obstante, la relevancia del ámbito religioso en la misma es evidente, por lo que no resulta extraño que, de manera implícita, haya querido equiparar una postura a la otra, abrazándolas, como hemos dicho, al final del metraje. Tal vez, él viese reflejado su propia biografía en la de la protagonista del relato, que convierte una ilusión en una realidad, por lo que no dudó en plasmarla con tanta personalidad en las imágenes que hemos descrito. Lo cierto es que la película trasciende desde el principio (y conscientemente) la mera plática ufológica, volcándose casi de inmediato en esta narración intimista, que, sin la metáfora religiosa, quedaría coja. Por esta razón, creo que es un film que debe ser recuperado y que, a pesar de las nefastas críticas cosechadas en el momento de su estreno, merece otra oportunidad, pues, de igual modo que yo no he comprendido hasta hoy el mensaje que subyacía tras ella, otro espectador puede encontrarlo también y volver a disfrutarlo, como yo he hecho.