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viernes, 29 de noviembre de 2019

El hombre en el castillo


   Por fin ha concluido la serie El hombre en el castillo, así que este es el momento oportuno para hablar de ella. Y es que los aficionados al cine y a la televisión solemos adelantarnos en nuestras críticas a las soaps operas, porque queremos ser los primeros en opinar sobre ellas. Pero ello conlleva un riesgo no pequeño, ya que, en muchas ocasiones, la serie que tanto nos gustaba… ¡termina siendo un bodrio! (¿quién no recuerda los sangrantes ejemplos de Perdidos y Juego de tronos?). Sin embargo, después de cuatro temporadas, podemos decir que, sin ser ninguna maravilla, esta que nos ocupa ha sabido mantener el mismo interés en cada una de ellas, por lo que se trata de una de las mejores apuestas televisivas del momento.




   No es ninguna novedad si decimos que la serie fabula sobre lo que habría ocurrido en Estados Unidos si Alemania hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial y se hubiera repartido el país con el Imperio japonés. En esta tesitura, donde los nazis y los japos campan a sus anchas por las calles de Nueva York, surge una resistencia (¿qué película o serie de nazis sin ella?) que pretende recobrar la libertad de su pueblo. Pero la historia no solo presenta las desventuras de este grupo de insurgentes, sino también las problemáticas personales de los malos, que son el gobernador militar John Smith (Rufus Sewell)  y el inspector de policía Kido (Joel de la Fuente). 




   Para empezar, debo decir que yo me leí la famosa novela en la que se basa la serie hace ya mucho tiempo. Su autor, Philip K. Dick, es un reconocido escritor de ciencia ficción que siempre ha cautivado mi interés, porque ha sabido mezclar sabiamente distopía, religión y filosofía a partes iguales (aún recuerdo con mucho gusto el cartesianismo implícito de ¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas?). Pero también ha sabido captar el interés de las majors hollywoodenses, que no han dudado en sacarle réditos a sus mejores novelas: Desafío total, Blade Runner, A Scanner Darkly, Minority Report… e incluso Electric Dreams, una serie fantástica de la que podéis gozar en Amazon Prime.




   Sin embargo, y a diferencia de lo que pudiera parecer en un primer momento, la novela no me pareció la mejor obra de su autor, incluso me pareció francamente mala. El motivo era que, pese a plantear un contexto sugerente (la victoria de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y su posterior conquista de los Estados Unidos), se enzarzaba en demasiados problemas que hacían perder el hilo. Y así, lo que podría haber sido un estudio serio sobre dicha distopía, se convertía en una mera historia detectivesca sin mucho sentido. En su prólogo, el mismísimo Dick aseguraba que había procurado reflejar fielmente ese mundo imaginario dominado por el nacionalsocialismo, aunque lo cierto es que no se percibe. Por tanto, y a mi juicio, donde mejor se evidencia la mano del autor es en las disertaciones filosóficas y existenciales, que siempre son su mejor baza.




   Probablemente, los creadores de la serie hayan sido conscientes de estas carencias, por lo que han procurado corregirlas con indisimulada habilidad. Y así, en este sentido, lo más destacable es su diseño de producción, puesto que, donde la novela solo postulaba sutilmente la dominación nazi, aquí es mostrada con absoluta claridad: esvásticas por doquier, rituales nacionalsocialistas, redadas, persecuciones, idolatría constante del Führer, adoctrinamiento en los colegios, etcétera. De este modo, aquellos han imaginado por nosotros (¡y mucho mejor que Philip K. Dick!) cómo habría sido un mundo bajo la dominación hitleriana…, y dudo mucho de que se hayan apartado de la terrible realidad. Otro factor de importancia han sido los personajes, mucho mejor acabados que en la novela: a destacar, el de Juliana Crain (una más que aceptable Alexa Davalos) y el de John Smith (un fantástico Rufus Sewell, al que le había perdido la pista desde… ¡Dark City!). 




   Pero, por desgracia, no ha sabido suplir todos los errores del texto original… e incluso ha creado alguno que, inexistente en este último, ha enrevesado indebidamente la trama. Entre los primeros, debemos indicar el excesivo protagonismo de los japoneses. Y es que, sin lugar a dudas, la serie habría avanzado mejor sin la presencia de estos últimos, cuyos complots y giros argumentales no interesaban a nadie y eran presentados como elementos secundarios y, por tanto, innecesarios (si los malos solo hubieran sido los nazis, la ficción habría tenido más fuerza…, y eso que el personaje de Kido resulta, cuanto menos, fascinante). Respecto de los errores “creados”, debemos destacar los viajes interdimensionales, que son acertados en cuanto reflejan las ambiciones de los respectivos bandos (la libertad en el de los rebeldes, el ansia de conquista en el de los nazis, el anhelo de “otra vida” en el de John Smith, etcétera), pero completamente prescindibles para el desarrollo del guion.




   Por todo ello, y como decíamos al principio, se trata de una serie que, sin ser una maravilla, ha sabido situarse en el podio de las producciones televisivas actuales. Sus cuatro temporadas no solo no decaen en ningún momento, sino que van mejorando progresivamente, hasta alcanzar un final (heredado de Encuentros en la tercera fase) que, sin ser tampoco antológico, resulta bastante digno. No le pidáis peras al olmo, pero disfrutad de su sombra, porque, en esta canícula artística que estamos padeciendo, es de lo más agradable que vais a encontrar.




martes, 22 de mayo de 2018

Dos coronas

   Es probable que muchos católicos solo conozcan a san Maximiliano María Kolbe por su martirio, es decir, por aquellas lentas horas de intensa agonía que padeció después de haber intercambiado su vida por la de un recluso de Auschwitz, donde él también se hallaba preso. O quizás también lo conozcan por la devoción que le profesaba san Juan Pablo II, el papa que lo elevó a los altares en octubre de 1982 ante una multitud llegada de Polonia, patria del mártir y del pontífice. A lo mejor también lo recuerdan por su fundación, la Milicia de la Inmaculada, destinada a la conversión de los pecadores, especialmente de los masones, y a servir a Dios a través de la Virgen María (con este fin, portaba siempre la Medalla Milagrosa y repetía una y otra vez la famosa jaculatoria grabada en ella: "Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a vos"). Sin embargo, es posible que muchos de ellos ignoren los rasgos de su infancia, así como su pasión por el Evangelio y la vida consagrada, o el innovador uso que les otorgó a los medios de comunicación de su época, y hasta es seguro que desconocen sus inventos, unos sorprendentes artilugios que lo situaron más cerca de nuestro tiempo que del suyo. Con el propósito, pues, de dar a conocer estos datos, nace esta película, una hábil mezcla de imágenes reales del santo, recreaciones muy cuidadas de su biografía y reveladoras entrevistas que nos acercan a su figura.




   San Maximiliano Kolbe nació el 8 de enero de 1894, en el seno de una familia humilde de Polonia. Desde pequeño, sintió gran devoción por la Virgen María, que se le apareció en una visión para advertirle de que, en el futuro, sería coronado con la doble palma: la de la pureza y la del martirio (de ahí el título de la obra). En 1910, ingresó en el seminario que la orden franciscana abrió en su ciudad, pero hasta 1918 no sería ordenado sacerdote. Durante sus formación universitaria en Roma, presenció las manifestaciones anticatólicas que la masonería estaba llevando a cabo a la sazón con motivo del segundo centenario de su fundación, por lo que fue entonces cuando sintió la necesidad de organizar una milicia que la combatiera mediante la oración, la santidad y la formación. Para lograr este último objetivo, fundó una revista muy conocida, el "Caballero de la Inmaculada", que alcanzó la friolera de tres millones de ejemplares y que se distribuyó por toda Polonia a lo largo de varios años; en ella, no solo animaba a la oración, sino que presentaba la actualidad cultural y científica del momento. En este sentido, podemos destacar dos aspectos que quizás sorprendan al espectador: por un lado, su interés por el cine, del que dijo que podía transmitir mucho bien, si se usaba adecuadamente; por el otro, su curiosidad por la ciencia, que lo llevó a diseñar una nave espacial, una máquina del tiempo (el heteroplano) y hasta una estación orbital muy similar a la que hoy circunda nuestro planeta. También fundó la Ciudad de la Inmaculada, un convento ubicado en Varsovia que albergó a más de setecientos frailes y desde el que se distribuía la citada publicación periódica.

   Pero esta pasión que sentía Kolbe hacia el Evangelio, la santidad y la vida consagrada lo impulsó a trascender sus propias fronteras, puesto que, en 1930, pidió viajar a Japón para fundar allí una Ciudad de la Inmaculada, que sería consagrada exclusivamente a la misión. El lugar elegido para tal efecto fue la ciudad de Nagasaki, en honor de los mártires que derramaron su sangre en suelo japonés durante la persecución del siglo XVII. A este respecto, debemos señalar que, gracias a la película, el espectador descubrirá que el santo profetizó la caída de la bomba atómica en dicho municipio, puesto que desechó una primera ubicación del convento al intuir que este sería arrasado años después por la acción de una bola de fuego... (curiosamente, cuando su vaticinio se cumplió, el único edificio que quedó en pie fue su Ciudad de la Inmaculada, que había sido construida en un lugar más apartado). Cuando volvió a Polonia, regresó al convento que él mismo había fundado, pero fue detenido por el régimen nacionalsocialista, que lo internó en el fatídico campo de concentración de Auschwitz; allí se consagró al cuidado de lo más necesitados y hasta compartió su escasa ración de comida con los demás, un gesto que rubricó con la entrega de su propia vida en favor de uno de los presos el 14 de agosto de 1941, víspera de la Asunción de la Virgen María. En la película, el espectador podrá escuchar el testimonio de uno de los pocos supervivientes de aquella masacre, Kazimierz Piechowski, que conoció en persona a san Maximiliano Kolbe y de quien recibió una única palabra, pero cargada de consuelo: esperanza.




   Como hemos señalado, la película mezcla con certera habilidad las imágenes reales de Kolbe, las recreaciones que nos lo acercan y las entrevistas de los expertos en su figura, por lo que se trata de un documento único y muy apropiado para conocer a este santo que, hasta el momento, y para el gran público, ha pasado casi inadvertido. Por desgracia, la película contará con una distribución muy limitada, por lo que indicaremos las salas donde se podrá disfrutar de ella, con el propósito de que sean muchos los espectadores que acudan a ellas y, de este modo, tenga más recorrido:

•MADRID: *Cine PAZ* 16:25; 18:45 y 21:50. *CONDE DUQUE GOYA* 16:00. *CONDE DUQUE SANTA ENGRACIA* 18:00. *CONDE DUQUE ALBERTO AGUILERA* 20:00. *HERON CITY LAS ROZAS* 17:00 (viernes y sábado); 12:00 (domingo). *LA DEHESA CUADERNILLOS (Alcalá de Henares)* 17:00 y 19:00.

•TOLEDO: *OLIAS DEL REY* 20.00; 21.55 y 23.45.

•VALENCIA: *ABC PARK* 16:30 y 20:30.

(Artículo publicado originalmente por su mismo autor en Infovaticana)




domingo, 4 de marzo de 2018

Europa, Europa

   Los lectores más asiduos del blog ya se habrán percatado de que este no es un mero espacio semanal en el que se analizan diferentes películas de actualidad o, esporádicamente, un clásico del séptimo arte; aunque este propósito también esté presente de vez en cuando en algunos de sus artículos, la razón por la que fue creado es el de la reflexión a través del cine, como por otro lado ya desvela el título que le impuse: "Reflexiones de un páter cinéfilo". En efecto, considero que, a través de la pantalla grande, podemos elaborar pensamientos e ideas que nos ayudan a comprender la realidad política, social y religiosa que nos rodea, puesto que el cine no deja de ser un reflejo de los intereses del momento (alguna vez, incluso se adelanta a estos); sin embargo, y como también indica su título, son reflexiones particulares que yo extraigo de determinados filmes, por lo que el lector puede o no puede estar de acuerdo con ellos.

   Digo esto, porque el asunto que hoy traemos a colación es sin duda espinoso. En efecto, esta semana me gustaría esbozar un breve panorama de lo que se está viviendo en Cataluña, concretamente en las aulas escolares catalanas; para ello, me voy a servir de una película muy conocida, Europa, Europa (Agnieszka Holland, 1990), que retrata las desventuras de un joven judío en la Alemania nazi. En un principio, puede sorprender la elección, puesto que la problemática en dicha región española no parece tener nada que ver con un film que versa sobre el Holocausto; sin embargo, procuraré demostrar que no solo tiene mucho que ver, sino que también retrata casi al dedillo algunas de las esperpénticas situaciones que allí se están viviendo. En concreto, hay en la película una escena que hoy se ha hecho común en los colegios catalanes: aquella en la que el joven protagonista va a clases por primera vez junto a las juventudes hitlerianas.

   Si recordáis, en la escena en cuestión, el joven protagonista descubre cómo el profesor, titulado en Historia, comienza a impartir una clase en la que ayuda a sus alumnos a reconocer a un judío (recordemos que el protagonista... ¡es judío!): para ello, afirma que los judíos son abominables, feos, con narices grandes y usureros; además, procura imitar los andares de los judíos, que, según él, son como los de los brujos o como los de cualquier monstruo que podamos imaginar (a cada uno de estos factores, por supuesto, los adoctrinados alumnos abuchean a lo que el profesor intenta remedar). En un buen alarde técnico, la descripción es entreverada por primeros planos del protagonista, que, evidentemente, no se parece en absoluto a lo que aquel profesor está describiendo; unos primeros planos que, sin embargo, indican al espectador el terror del protagonista, que ve cómo se enseña en los colegios a odiar a los de su raza y, por ende, a él mismo. Pero el colmo de esta situación llega cuando el pobre judío es sacado al estrado y es sometido a un intenso estudio frenológico, para determinar la pureza de su sangre mediante la forma de su cráneo: aunque el profesor resuelve que no se trata de un individuo completamente puro, informa a los demás que sí es un buen alemán, ya que no se halla en él una sola gota de sangre judía. 


 

   Como he dicho arriba, esta escena no se puede parecer más a lo que hoy están viviendo los pobres alumnos en los colegios catalanes. En efecto, estos, que solo deberían consagrases a la instrucción académica y cívica, se han convertido en terribles campos de adoctrinamiento político, donde se enseña a los pupilos a odiar España. Para ello, solo hay que echar un vistazo a los libros de Historia que allí manejan, donde se miente a los alumnos diciéndoles, entre otras muchas cosas, que ellos fueron un reino libre (los famosos y manidos Países Catalanes), pero que perdieron su autonomía por culpa de España; o bien, a deplorar todo lo español, usando para ello la lengua catalana (en la Alemania nazi, era cuestión de raza o religión; en la Cataluña de hoy, de idioma). O uno tiene que bucear muy poquito en los vídeos que circulan por internet, para descubrir cómo, igual que el profesor de la película, los tutores catalanes (que son muy valientes delante de niños de cinco o seis años) ridiculizan lo español, haciendo sorna de su manera de hablar o de comportarse (en este sentido, los andaluces nos llevamos la palma, pese a que gran parte de Cataluña esté formada por emigrantes de Andalucía).  

   Pero esto, que ya es de por sí terrible, me sobrecoge aún más cuando veo que ese desprecio hacia lo español se manifiesta incluso en la vida interna del aula. Ciertamente, ya todos habremos visto los vídeos en los que los profesores relegan a los alumnos que hablan español o que son hijos de policías y guardias civiles: como si fueran los judíos de la época nazi, ellos son señalados con símbolos que denotan su procedencia, con el propósito de ser ultrajados por sus compañeros (luego se les llenará la boca al hablar de libertad y de respeto). Pero todo esto, con el beneplácito de los docentes, que estarán orgullosísimos de descubrir, cual frenólogos aficionados de la cinta, a los catalanes de pura raza. Así que los pobres "españoles", que es el título despectivo (sic) que usan los colegios catalanes para referirse a estos mártires del idioma, como el protagonista de la película, verán con terror cómo se insulta a sus familias y a ellos mismos... ¡sin que pase nada! Es más, incluso tendrán que pedir disculpas por ser español (o ser judío, según lo que estamos viendo de la película).

   Evidentemente, todo esto desemboca en la persecución racial que relata Europa, Europa, y lo estamos viendo a diario: se señalan los comercios de la gente que habla español (¿recordáis las estrellas judías en los escaparates?), se persigue a las personas que no se adscriben al credo catalanista (¿recordáis los centros de internamiento nazi para disidentes?), se disculpa la violencia perpetrada por los catalanes hacia los españoles (¿recordáis a aquellas pobres chicas que fueron apaleadas por vestir la camiseta roja y gualda?), y un largo etcétera. En este sentido, la cinta deja bien claro que el sentido común se forja en la familia (el protagonista, como debe sobrevivir, intenta disimular su circuncisión y comportarse como un buen alemán, pero en el fondo tiene presente su raíz y procura cuidar de ella); pero, en la Cataluña de hoy, no existe ese refugio frente al adoctrinamiento, ya que son los propios padres los que visten a los niños de esteladas (que es la nueva esvástica) o los que los colocan en las autopistas el día de la huelga (aquí). Si hoy se rodara El triunfo de la voluntad (Leni Riefenstahl, 1935) en Cataluña, cambiando lo que haya que cambiar, estos mismos padres llevarían a sus hijos a los cines, para que aplaudiesen el adoctrinamiento que deberían evitar.


   

   El Gobierno español ha tenido una oportunidad de oro para destruir el adoctrinamiento catalanista: el famoso artículo 155 de la Constitución. En efecto, este, que permite la suspensión de la autonomía de una región española disidente, ha sido aplicado con cobardía, ya que no ha incidido en el auténtico problema, que es la educación. Como hemos visto, el odio a España se fragua en los colegios, enseñando a los niños una historia falsa y, en consecuencia, animándoles a que señalen con el dedo a los que no hablen catalán (los padres de hoy son los que estudiaron en esos mismo colegios, donde ya fueron adoctrinados, aunque tal vez no de la manera tan salvaje de ahora). ¿Cómo se va a pretender un respeto y una convivencia entre los españoles, si desde pequeño te están diciendo que no somos iguales?, ¿cómo va a estar uno tranquilo en su casa, si temes que entren en ella para ultrajarte, con el beneplácito de los políticos independentistas?   

   Como decíamos arriba, esto es solo mi opinión, que es a su vez opinable. Por supuesto, la cinta que hoy hemos analizado no versa sobre el problema en Cataluña, pero sí que nos recuerda lo que nos jugamos en la educación. Por este motivo, afirmaba que el cine nos puede enseñar e incluso advertir, ya que, como ocurre en las escenas finales de la película, donde los soldados alemanes defienden una posición abocada al fracaso, si la educación en los colegios catalanes continúa esta senda de adoctrinamiento, acabará con una Cataluña hundida y arruinada, aunque con muchos catalanes defendiendo que son los mejores y que la culpable de su ruina es España y no ellos.


     

domingo, 3 de septiembre de 2017

Dunkerque

   Por desgracia, se acabó el verano. Para muchos, ha llegado la hora de cerrar sus sombrillas y de despedirse de la playa hasta el año que viene, diciendo adiós asimismo a vivir sin la preocupación del reloj o sin las responsabilidades del trabajo; para otros, este es el momento idóneo para retomar sus hábitos y seguir cultivando sus aficiones, tal vez relegadas durante unas semanas en favor del buen tiempo. Entre ellas, es posible que se encuentre el séptimo arte. Por esta razón, este blog abre de nuevo sus puertas, de manera que el cinéfilo halle en él un amigo con el que dialogar sobre las películas que ha visto o que pretende ver.

   Probablemente, uno de los estrenos que habrá concitado el interés del aficionado durante las vacaciones, pese a que este período no se suela caracterizar por el buen cine, sea Dunkerque (Christopher Nolan, 2017), la última obra del famoso director de El caballero oscuro (id., 2008). A poco que haya leído sobre ella, verá que ha aunado al público y a la crítica, erigiéndose rápidamente en una de las cintas bélicas más valoradas de la historia. Incluso se percatará de que ha habido expertos que la han situado al nivel de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998), La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998) y Hasta el último hombre (Mel Gibson, 2016), que son los mejores títulos contemporáneos del género. Pero ¿es tan buena como dicen?




   Ante todo, debemos recordar que se trata de una película basada en un hecho real. En efecto, en el año 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, un ingente número de soldados franceses e ingleses quedó encerrado en la playa de Dunkerque. Allí, mientras todos aguardaban el rescate por parte de Inglaterra, fueron acosados por el Ejército alemán, que bombardeó sus aviones y torpedeó sus barcos con el único propósito de evitar que abandonasen el continente.

   Como todo el mundo sabe, este es el argumento de una de las derrotas más sonadas del citado conflicto bélico. Así es, a pesar de que los ejércitos aliados conocían las costas de Francia, decidieron parapetarse en ese recóndito lugar fronterizo del canal de la Mancha, donde fueron masacrados por las tropas nazis. Algunos historiadores aseguran que la carnicería pudo ser mayor, pero que el empeño de Hitler por ganarse el favor de Inglaterra lo evitó. Sea como fuere, y si es que hubo algún tipo de condescendencia, este chance brindó la oportunidad de llevar a cabo la Operación Dinamo, que es la que narra el film. De este modo, cientos de embarcaciones civiles se echaron a la mar para rescatar a sus militares y devolverlos a casa.

   Por supuesto, una de las decisiones más criticadas del filme por parte de los citados historiadores ha sido, precisamente, el haber querido mostrar como una victoria la derrota de los ingleses. En primer lugar, debemos decir que ya Churchill la consideró así, pues afirmaba que el pueblo había salido en defensa de sus militares; pero, en segundo lugar, es necesario apuntar que ya las dos cintas más célebres que abordaron esta efeméride recurrieron a dicha consideración. Ciertamente, tanto la homónima Dunkerque (Leslie Norman, 1958) como Fin de semana en Dunkerque (Henri Verneuil, 1964) honraron al pueblo británico a través de sus fotogramas. Con esto queremos decir que no solo aprobamos la voluntad de Nolan, sino que también creemos que es justa, porque la guerra compete a todos y, de esta manera, es necesario que exista esa colaboración entre el Ejército y el mundo civil. Harina de otro costal son las decisiones técnicas del largometraje.




   En efecto, como si de un experimento del primer Nolan se tratase, es decir, de aquel que nos cautivó a todos mediante el magnífico montaje de Memento (id., 2000), la película está narrada a través de tres líneas temporales: la primera acontece en la playa; la segunda, en el aire, y la tercera, a bordo de un velero civil. En principio, esto puede resultar novedoso, incluso acertado, pues muestra la misma guerra desde diferentes ángulos; pero de inmediato descubrimos que se trata de un grave error, puesto que, más que lograr que el espectador hilvane la trama, consigue confundirlo y, en consecuencia, aburrirlo. Así es, no es difícil que la platea se pierda entre la multiplicidad de escenas que, con escasos minutos de diferencia, cuentan lo mismo, bien anticipadamente, bien con retraso. De este modo, carece de ese hilo dramático tan necesario en el séptimo arte.

   Esta carencia es suplida por su director gracias a un aspecto técnico inmejorable. Ciertamente, allí donde el film falla en su narración, acierta en sus efectos: sin lugar a dudas, el espectador es capaz de sufrir la misma angustia que padecen, por ejemplo, tanto el piloto del avión estrellado en la mar como los marineros que se ahogan en el buque. De esta manera, comprende mejor que los civiles que los rescataron sean considerados héroes, pues libraron a sus militares de una muerte atroz. Pero ello, como decimos, no consigue que sea la excelente película que han descrito muchos. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: entonces, ¿por qué ha gustado tanto? A nuestro juicio, y sin pretender entrometernos en los gustos personales, por dos motivos: porque es de Nolan y porque la gente en general ha visto poco cine.




   En efecto, gracias a su brillante carrera, Nolan se ha convertido en el nuevo dios del celuloide; de esta manera, nadie se atreve a discutir ninguna de sus decisiones, por muy mala que esta sea. Es más, el público le agradece tanto su resurrección de Batman, superhéroe venido a menos por culpa de la horrorosa Batman & Robin (Joel Schumacher, 1997), que ya puede hacer la película que desee, puesto que siempre se verá respaldado por una legión de admiradores. Además, y como consecuencia de ello, existe cierto complejo que nos impele a decir que nos gusta, pese a que no sea así, puesto que uno teme ser despreciado por el sector culto de la cinefilia (es lo que le ocurrió al público menos avezado con Interstellar, cinta que, no obstante, agradó al autor de este blog). En cuanto al poco bagaje cinematográfico del público, solo debemos apuntar que existen verdaderas obras maestras que, sin tanto golpe de efecto, dejan Dunkerque a la altura del betún: Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), El día más largo (Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki, 1962) y Tora! Tora! Tora! (Richard Fleischer, Kinji Fukasaku y Toshio Masuda, 1970) son un pobre ejemplo de ello. ¡Hasta la menospreciada Corazones de acero (David Ayer, 2014) es muchísimo mejor! 

   Sin duda, empezamos el nuevo curso con fuerza, despreciando uno de los títulos más emblemáticos de 2017. Como hemos indicado al principio de la entrada, este es un blog que pretende dialogar con el lector, por lo que sus textos revelan más una opinión particular de su autor que un tratamiento objetivo. De esta manera, la presente cinta, que a nosotros no nos ha gustado, puede haber sido del agrado de muchos otros (a tenor de las cifras de recaudación, de muchísimos otros). Así, no pretendemos forjar aquí ningún criterio, sino exponer solamente el nuestro, que es tan acertado o equivocado como el visitante lo quiera ver. Sea como fuere, es una buena forma de empezar septiembre y, con él, la nueva temporada cinéfila. Por tanto, ¡sed todos bienvenidos!



   

domingo, 4 de junio de 2017

Las inocentes

   Desgraciadamente, hay películas que pasan desapercibidas en el momento de su estreno. Por suerte, muchas de ellas son recuperadas por cinéfilos empedernidos, que consiguen, mediante su tesón, elevarlas al estatus que merecen. Pero hay otras que son relegadas por su temática y que, consecuentemente, caen en el olvido para siempre. Esto suele ocurrir con cintas de carácter religioso, puesto que parecen destinadas a un público muy concreto. Sin embargo, muchas de ellas deberían ser reivindicadas en la actualidad, ya que enlazan muy bien con el alma humana y con los problemas que hoy nos acucian. Este es el caso de Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), un largometraje que narra un hecho histórico, pero que, a la vez, afronta el apremiante dilema del aborto.




   Nos encontramos en la Polonia del año 1945, es decir, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. En un convento cercano a Varsovia, unas monjas están embarazadas. El motivo es que, durante el conflicto, unos soldados del Ejército soviético irrumpieron en el cenobio para violarlas. Por ello, cuando van a dar a luz, deciden ponerse en manos de una voluntaria de la Cruz Roja, que no dudará en auxiliarlas pese a las dificultades que ello le reporte.

   En el metraje de la cinta, podemos hallar dos intenciones bien diferenciadas: por un lado, mostrar al mundo este acontecimiento histórico; por el otro, plantearlo como un interrogante para el espectador de hoy. En efecto, detrás del ignorado hecho que relata la película, descubrimos un profundo discurso a favor de la vida que interpela a la sociedad actual, muy defensora del aborto. Pero, en contra de lo que pudiera parecer, no lo hace de forma acaramelada o ñoña, sino mediante un hondo análisis del alma que sufre un embarazo indeseado. 




   Ciertamente, el largometraje presenta, a modo de parangón, las distintas reacciones de las monjas violadas y embarazadas, que pueden ser extrapoladas, mutatis mutandis, a las mujeres de hoy. De esta manera, comprobamos que unas aceptan al hijo de sus entrañas, mientras que otras lo rechazan por tratarse del fruto de un criminal. Estas últimas, sobre todo, se enfrentan a la dura decisión de ver a diario el rostro de su violador, al que desean arrinconar para siempre en su memoria. Por otro lado, encontramos a un grupo de ellas que deben elegir entre mantener a su retoño y proseguir con su vida religiosa, interrumpida por el nacimiento de aquel. Este caso es de mucha actualidad, puesto que no son pocas las adolescentes que hoy, siendo alumnas de instituto, se encuentran encinta. 

   Por suerte, la película se convierte en una abanderada de los inocentes, es decir, de los nonatos. En efecto, pese a la amarga situación que las monjas deben padecer a causa de ellos, todas comprenden que sus vidas están por encima del dolor que ellas sufren. Así, encontramos escenas muy entrañables cuando las pobres mujeres entienden dicha relevancia y deciden consagrarse al cuidado de sus hijos. Pero también hallamos una acerada diatriba contra las personas que propician el aborto, personificadas aquí en la superiora del convento, que no vacila en abandonar a los niños pese al criterio de sus madres.   

   Como hemos dicho, en el momento de su estreno, el largometraje careció del favor del público, no obstante las nominaciones y los premios que había recibido en varios certámenes de importancia. Tal vez se debiera a su mala distribución española, aunque también pesó esta temática tan incómoda. Por este motivo, y para evitar que sea olvidada, la reivindicamos desde este blog y animamos a todos los lectores a que se acerquen a ella: conocerán un pasado que ignoraban y descubrirán un canto a favor de la vida muy actual.