Mostrando entradas con la etiqueta ciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciencia. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de marzo de 2019

La vida futura

   Es probable que el británico H.G. Wells sea uno de los escritores más prolíficos de la historia de la literatura; asimismo, es probable que sea uno de los más adaptados de la historia del cine, puesto que muchas de sus obras han sido llevadas exitosamente a la gran pantalla. Entre las más conocidas, podemos señalar las dos versiones de La guerra de los mundos (amén de sus múltiples adaptaciones televisivas), El tiempo en sus manos (que adaptaba el clásico de las letras La máquina del tiempo), El hombre invisible (y sus exclusivas secuelas cinematográficas: El hombre invisible vuelve y La venganza del hombre invisible) y las diversas versiones de La isla del doctor Moreau, entre las que nos gustaría destacar La isla de las almas perdidas, con Charles Laughton y Bela Lugosi como protagonistas. Lo que no todo el mundo sabe (ni tiene por qué saber) es que la bibliografía del escritor, así como muchos de los largometrajes que inspiró, está vertebrada por su ideario socialista y cientificista, dos doctrinas que él profesó hasta la muerte. La primera de ellas puede ser detectada en La máquina del tiempo, donde describía detalladamente la célebre lucha de clases que promueven las políticas de izquierdas; la segunda, en Esquema de los tiempos futuros, donde presentaba a la ciencia con tintes mesiánicos, puesto que la consideraba como la única y verdadera redentora de la humanidad. El primer texto inspiró el film El tiempo en sus manos; el segundo, el que hoy nos ocupa: La vida futura (William Cameron Menzies, 1936).




   La cinta se divide en tres episodios bien diferenciados, aunque a la vez perfectamente interrelacionados. El primero de ellos muestra los inicios de un segundo conflicto internacional, que afecta sin excepción a todas las naciones de la tierra y que el guionista (el propio Wells) sitúa en 1940 (¡por qué poco se equivocó!); el siguiente, la vida de los hombres después del enfrentamiento bélico, es decir, en 1966, cuando una gran plaga ha devastado a la humanidad y un profeta baja del cielo en avioneta (sic) para otorgarle un nuevo chance a esta última a través de la tecnología; el tercero, fechado en 2036, la víspera del primer viaje a la luna, que está concitando la ira del pueblo hacia sus gobernantes, puesto que estos lo preparan en orden a ratificar las halagüeñas profecías del pseudomesías respecto de la ciencia mientras que aquellos recelan de ellas. Y es que en el fondo, todo esto parece solo una premisa de la sentencia con la que concluye el filme y que da sentido a todo el metraje: «El progreso no se puede parar. El hombre, el individuo, debe aspirar a vivir feliz; pero la humanidad debe aspirar siempre a llegar más allá: un día, la luna; otro, los planetas; luego, las estrellas… y siempre estará al comienzo de la siguiente aventura».




   Como podemos ver en esta frase que corona el filme, Wells manifiesta durante todo el metraje su esperanza en la humanidad. Para él, esta ha vivido siempre sometida a sus propias supersticiones y engaños (alimentados a su juicio por la religión), algo de lo que solo consigue desuncirse en el siglo XX, cuando la tecnología ha avanzado lo suficiente para demostrarle que es capaz de todo. De hecho, no oculta el matiz mesiánico que él otorga a la ciencia, puesto que esta es alegorizada aquí mediante ese profeta que baja del cielo en avioneta para restaurar la vida de los hombres, exangües después del conflicto mundial que los ha diezmado; es más, le concede una liturgia propia, como si del perfecto sustituto de la religión misma se tratase, puesto que nos muestra cómo los gobernantes del futuro veneran de alguna forma los avances conseguidos por la técnica (podemos añadir incluso que la religión está ausente en todo el relato..., salvo en el tramo final, donde aparece como enemiga declarada de la humanidad). Pero, ay, por desgracia este idealismo le hace pecar de ingenuo, porque donde podría haber elaborado un largometraje que diseccionara su propio pensamiento cientificista, consigue que la doctrina de este se imponga sobre la realidad de los hechos, consiguiendo así que pase de ser un filme de ciencia ficción a otro de fantasía ficción.




   En efecto, si partimos de la base que Wells mismo propone en su guion, nos podemos preguntar: ¿es verdad que la ciencia ha hecho más humanos a los hombres? Si tenemos en cuenta que la doctrina cientificista prosperó sobre todo en el período de entreguerras y que este desembocó en un conflicto armado mucho más sangriento que el que había tenido lugar tan solo unos años antes, ¿podemos asegurar que la tecnología ha hecho más pacífica a la humanidad, como defiende el escritor? Evidentemente no. Hoy, que nos encontramos en la era tecnológica por excelencia, no vivimos en un mundo más solidario ni más respetuoso con el prójimo, ni siquiera en uno en el que las guerras hayan sido superadas, puesto que estas continúan azotando la faz de nuestro planeta..., pese a que los mass media no se hagan eco de ello; más bien al contrario, parece que nos encontramos en una época en la que se aprovechan los avances científicos para hacer el mal, porque se perfeccionan las técnicas que propician los deleznables crímenes del aborto o de la eutanasia, e incluso se promueve la ausencia de libertad mediante el control que ejerce internet o la televisión sobre los usuarios, que se vuelven esclavos de la opinión dominante (o de lo políticamente correcto). Por supuesto, el cientificismo tiene dos respuestas para este dilema: por un lado, la religión, que siempre estará presente en el ánimo del hombre para interrumpir su progreso (de ahí que tarde tanto en avanzar hacia su propia plenitud); por el otro, la esperanza irrealizable, puesto que defiende que el ser humano llegará algún día a ese estado de perfeccionamiento... aunque este tarde mucho en manifestarse (siempre se puede decir que aún no hemos llegado a él, pero que lo haremos).




   Como decíamos al principio, pese a que H.G. Wells sea uno de los literatos más prolíficos de la historia de las letras y a que haya demostrado su inteligencia en cada una de las páginas que publicó, probó también su cortedad de miras, que estuvo lastrada siempre por el adoctrinamiento cientificista que padeció hasta el fin de sus días. Es evidente que los avances tecnológicos mejoran la vida de los hombres, como queda de manifiesto sobre todo en el campo de la medicina; pero el otorgarle una vis moral y, por ende, mesiánica, supone el rebasar un abismo que es en el fondo infranqueable, puesto que se les presume una capacidad que solo es inherente al ser humano y no a sus productos (más aún, que se arraiga en Dios y no lejos de él). Ello no obsta para que nos encontremos ante un filme de mucho interés, porque no solo es considerada como la primera obra de ciencia ficción pura (aunque nosotros la hayamos motejado de fantasía ficción), sino que además ayuda muy bien a comprender la doctrina cientificista y a ver cómo ha fracasado en la historia, pese a que hoy continúe teniendo adeptos alrededor del mundo (¿quién no ha oído alguna vez la expresión «yo no creo en Dios, pero sí en la ciencia»? ¡Cientificismo puro!).


   

lunes, 8 de febrero de 2016

Los extraterrestres en el cine (I)

   Hace unas semanas, publiqué un post dedicado a la película Contact (aquí). En él hablaba sobre cómo el film, a pesar de haber generado grandes expectativas en los amantes de la ufología, se convirtió en una absoluta decepción para los mismos, puesto que, lejos de ofrecer un espectáculo de temática alienígena, narraba la metáfora de la aspiración al cielo que caracteriza a todo ser humano, y, muy particularmente, a los cristianos. De hecho, no por casualidad, como también apuntaba en aquellas líneas, su autor, Robert Zemeckis, equiparaba a los extraterrestres protagonistas con Dios (por supuesto, su equiparación no llegaba hasta el extremo de identificarlos con Él, pero sí les otorgaba cierto halo de divinidad, ya que, habitando en las estrellas, dirigían la vida de la científica Jodie Foster, para que esta, finalmente, pudiese encontrarse con ellos), algo que también está presente en largometrajes como Encuentros en la tercera fase y, de manera más diáfana, E.T., el extraterrestre (efectivamente, este entrañable alienígena bajó del cielo, fue adoptado por una familia que no era la suya, murió, resucitó y volvió a las alturas). Sin embargo, esta visión amable de los supuestos viajeros interestelares, que visitan esporádicamente nuestro planeta, no siempre ha sido así, sino que, al principio, cuando el hombre empezó a interesarse por ellos, los miraba con cierto recelo y con mucha suspicacia.



   Lógicamente, la humanidad comenzó a preguntarse sobre la vida allende nuestras fronteras planetarias, cuando sus conocimientos astronómicos adquirieron la capacidad de sondear las profundidades espaciales. A pesar de lo que hoy divulguen ciertos estudios sensacionalistas, o veamos en la reivindicable Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, es difícil imaginar que, en tiempos anteriores a estos, los hombres sintiesen dicha inquietud, puesto que, en primer lugar, sus preocupaciones se limitaban a la vida cotidiana, y, en segundo lugar, ni siquiera valoraban el concepto de "planeta", por lo que serían incapaces de pensar en otros, ajenos al nuestro, que estuviesen poblados por seres similares a ellos. Bien es cierto que los estudios referidos aluden a documentos antiguos que parecen probar el contacto íntimo entre los hombres y los alienígenas, siendo estos últimos instructores de aquellos, pero estos están más cerca de ser una interpretación actual que una evidencia de la realidad (en una sociedad vertebrada por la fe animista y por la creencia en dioses que habitan en el cielo, resulta más sencillo deducir que son estos los que adornan las añejas lascas y las viejas inscripciones, que aventurar una referencia a visitantes de otros mundos -incluso el explicar que estos son el origen de la fe en aquellos, como sugiere la interesante La cuarta fase, parece muy forzado).

   Tal vez, la primera incursión de los alienígenas en la vida humana quepa hallarla en La guerra de los mundos, clásico literario de la ciencia-ficción escrito por H.G. Wells en 1898. En él, como es sabido, una legión de marcianos, stricto sensu, invade violentamente la Tierra, con el objeto de acomodarla a sus necesidades; la humanidad, aterrada por esta ocupación, procura oponerse a ella mediante el mayor de sus esfuerzos, pero no lo consigue, pues el ejército extraterrestre cuenta con un armamento superior. Finalmente, y a pesar del ímprobo esfuerzo de los hombres, no son ellos los que consiguen la victoria sobre los invasores, sino las minúsculas bacterias, que alteran su organismo, porque no están habituados a ellas.

   Este argumento, que hoy nos puede parecer común por haber dado pie a un par de adaptaciones cinematográficas (la de Byron Haskin en 1953 y la de Steven Spielberg en 2005), fue, sin embargo, una novedad para el lector decimonónico, que, no en vano, acababa de conocer la noticia del hallazgo de los famosos canales de Marte. Efectivamente, en el año 1877, el astrónomo italiano Schiaparelli descubrió, a través de su rudimentario telescopio, que el planeta rojo estaba surcado por centenares de conductos que parecían conectar sus helados polos con diferentes puntos de su abrupta geografía, algo que él identificó con la supuesta técnica de una sociedad marciana entregada al abastecimiento de agua de las distintas comunidades que la formaban. Esta conjetura, como hemos dicho, conmocionó tanto a las personas de la época, que inmediatamente la aceptaron como válida, por lo que, en ningún momento, descartaron la posibilidad de una invasión perpetrada desde allí (tanto es así que, años después, cuando Orson Welles adaptó sus páginas a un guion radiofónico que él mismo difundió, los oyentes creyeron a pie juntillas que aquella había llegado: aquí).



   Algunos críticos literarios han querido ver en la novela de Wells una diatriba contra la historia colonizadora de Inglaterra, patria del escritor, que había usado su avanzada tecnología para imponerse sobre muchos territorios de los primitivos continentes asiático, africano y americano. Aunque probablemente esto sea cierto, lo que interesa a nuestro análisis es la funesta visión de los alienígenas que el texto consiguió imprimir en la humanidad del momento (es necesario recordar aquí que, poco después de su publicación, el mítico H.P. Lovecraft dedicó varios escritos a los terrores provenientes del espacio). Es posible que ello se debiera a los nuevos horizontes que se le perfilaban al ser humano, tan desconocidos entonces como anteriormente lo habían sido los tenebrosos océanos, que, por ello, habían sido imaginados como habitados por criaturas monstruosas, dedicadas a engullir cualquier navío que osase hender su trozo de piélago; de igual modo, aquellos abismos negros que el hombre del siglo XIX observaba sobre su cabeza, eran concebidos como el lugar donde vivían todo tipo de seres malignos, que, además, podían estar vigilándolo desde el planeta vecino.

   Pero aquella ocupación marciana, que casi fue temida como inminente, nunca llegó a realizarse, por lo que el hombre, sin dejar de creer en la probabilidad de vida fuera de la Tierra, comenzó a fantasear con la manera en que esta se manifestaba (curiosamente, como veremos a continuación, reflejaba lo que el hombre mismo iba conociendo a medida que se adentraba en los exóticos países que exploraba). Para alimentar, además, esta nueva senda imaginativa, contaba no solo con la literatura, que se internó en dicho campo, sino también con un moderno y sorprendente espectáculo que estaba encandilando a la feliz sociedad de principios del siglo XX: el cinematógrafo. En efecto, en el año 1902, el director e ilusionista francés Georges Méliès regaló al mundo su maravillosa Viaje a la Luna (puedes verla aquí), que, inspirada libremente en el relato de su compatriota Julio Verne, narraba la aventura de un grupo de astronautas sobre la superficie de nuestro satélite, donde entraban en contacto con la tribu de los selenitas (recordemos que el escritor no menciona dicho alunizaje, por lo que no aclara si creía en tales pobladores, aunque hace columbrar a sus protagonistas ciertas sombras que podrían ser indicios de construcciones artificiales). En esta breve cinta, pues, de escasos diez minutos, podíamos contemplar a unos aborígenes que, como si de un reducto de nativos africanos en la Luna se tratasen, portaban lanzas, cazaban animales salvajes y danzaban en corro para recibir a los exploradores llegados de la Tierra.

   En el ámbito literario, destacó Edgar Rice Burroughs, el otrora creador de Tarzán, que, a modo de correría espacial de este último, imaginó que también el planeta rojo estaba habitado por sociedades selváticas, como las presumidas por Méliès y como las que descubrían sus contemporáneos en las profundidades de África y Asia. Para describir a sus lectores esta primitiva forma de vida, ideó a un sosias de su famoso héroe, al que denominó John Carter, el cual podía viajar desde el lejano Oeste hasta las llanuras marcianas mediante la psique; asimismo, allí podía adoptar un fabuloso cuerpo que le permitía respirar el enrarecido aire del planeta y explorarlo sin problemas (evidentemente, esta historia ha servido de inspiración a James Cameron y su aclamada Avatar). La extensa serie, titulada Bajo las lunas de Marte, comenzó a ser publicada en 1912, llegando a su fin en 1943; sin embargo, no fue hasta nuestro siglo cuando Hollywood mostró cierto interés por ella: en 2009 pudimos ver una hilarante adaptación llamada Princess of Mars, que fue rápidamente subsanada con un remake de mejor propósito, titulado John Carter.



   Como vemos, pues, los hombres dejaron de considerar la vida extraterrestre como una temida probabilidad, para empezar a valorarla como un simple recurso artístico, que, como hemos indicado, servía fácilmente a los propósitos expedicionarios del momento. Por desgracia, incluso esta nueva tendencia, más veraz que la anterior, tuvo que ser abandonada por culpa de una realidad de mayor crudeza: la Primera Guerra Mundial. Efectivamente, el 28 de julio de 1914, el archiduque de Austria Francisco Fernando fue asesinado por el joven serbio Gavrilo Princip, quien reclamaba, en nombre de la organización secreta Mano Negra, la anexión de Bosnia a su país (recordemos que, a la sazón, Bosnia formaba parte del Imperio austro-húngaro, y que Serbia había sido declarado como Estado soberano varios años antes); este hecho detonó las tensiones que latían entre las principales potencias europeas de entonces, que, de manera sucesiva, se declararon la guerra entre sí. Aunque en un primer momento se pensó que esta situación duraría pocos meses, lo cierto es que se prolongó mucho más de lo debido, finalizando el 28 de junio de 1919 con la firma del Tratado de Versalles y con una estimación de nueve millones de muertos a sus espaldas.

  Lógicamente, este triste suceso frenó las aspiraciones espaciales del mundo entero durante los años de su desarrollo, pues, del mismo modo que las primitivas comunidades a las que aludíamos al principio del opúsculo, aquella moderna sociedad tuvo que afrontar una tribulación que creía superada; por este motivo, la literatura y el cine se subyugaron a las necesidades del conflicto, cuyo remedio era más perentorio que cualquier ataque enemigo proveniente de otro planeta. En el primer campo, descolló Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Blasco Ibáñez, novela escrita a la par que se desenvolvía la guerra y que detallaba rigurosamente las atrocidades de esta; en el segundo, La pequeña americana, del gran Cecil B. DeMille, film que intentaba justificar la injerencia norteamericana en la conflagración. 

   El fin de la guerra, empero, no trajo consigo una vuelta al interés por los supuestos habitantes del espacio, sino que, por el contrario, propició un olvido del mismo, ya que la humanidad se dejó embeber por los aires triunfalistas que parecían recorrer el planeta Tierra desde un extremo hasta el otro. Esta época fue denominada la de los felices años veinte, ya que se caracterizó por ser una década de notable prosperidad económica. Dicho bienestar se vivió principalmente en Estados Unidos, que se había enriquecido gracias a la venta de armas a Europa, pero también los otros países se sumaron a él, pues intentaron sentar bases que impidieran un nuevo conflicto así (este boyante período y sus, sin embargo, inherentes problemas, pueden ser constatados en cualquiera de las versiones cinematográficas de El gran Gatsby, o en la famosa Los intocables de Eliot Ness, de Brian De Palma).

   Curiosamente, el interés por la vida extraterrestre fue recuperado a continuación del siguiente conflicto que azotó al mundo, la Segunda Guerra Mundial, pues, pocos años después de que esta finalizase, un aviador norteamericano denunció la presencia en el cielo de una extraña formación de platillos volantes. El nombre del piloto era Kenneth Arnold, y pasó a la historia de la ufología por ser el primero en avistar estos característicos navíos espaciales, que, con el tiempo, entrarían a formar parte de nuestra cultura popular, donde, por supuesto, tiene su lugar de honor el séptimo arte. Sin embargo, esto será tratado en profundidad en el próximo artículo que dedicaremos a este apasionante tema.


   

miércoles, 20 de enero de 2016

Contact

   Recuerdo el día que fui al estreno de la película Contact. Por aquel entonces, yo tendría unos quince años de edad; sin embargo, y a pesar de las escasas primaveras que había vivido, ya era un cinéfilo empedernido, como referí en un post anterior. Ciertamente, mis conocimientos acerca del séptimo arte se limitaban a los filmes que más se adecuaban a mis infantiles gustos estéticos, a los que congregaban a innumerables grupos de personas en las abarrotadas salas cinematográficas y a los que podía rescatar de la olvidada videoteca de mis padres. Gracias a esta última, no obstante, pude disfrutar de dos grandes hitos de la ciencia-ficción contemporánea: Encuentros en la tercera fase y E.T., el extraterrestre.

   Hasta el momento, todas las películas sobre alienígenas que habían llegado a mis manos mostraban a unos aterradores invasores de horrible o informe aspecto que tenían el único propósito de conquistar nuestro planeta, con el fin de ejecutar en él sus perversos planes de colonización (entre ellos, por supuesto, destacan La guerra de los mundos, La masa devoradora y La invasión de los ladrones de cuerpos); sin embargo, estas dos películas dirigidas por Steven Spielberg me ofrecieron un concepto novedoso sobre los supuestos seres estelares que visitan esporádicamente la Tierra, por lo que las califiqué de inmediato entre el número de mis favoritas (cabe señalar que, a la sazón, yo creía con firmeza en la existencia de dichos seres, así como en su benevolencia hacia la humanidad, por lo que esta nueva visión se acomodaba perfectamente a mis ingenuas convicciones). Por este motivo y porque el director de Contact había pergeñado su arte a la sombra del que hemos citado, me ilusioné con la idea de ver en el cine algo similar a lo que había visto a través del vídeo doméstico, pero lo cierto es que me decepcionó sobremanera, pues donde yo creí que encontraría un canto a la investigación ufológica o al enigma extraterrestre, me topé con un aburrido discurso sobre la fe y la razón; además, y cuando pensaba que al final del metraje se subsanaría esa plúmbea disertación mediante un estremecedor encuentro entre la protagonista y algún marciano de curioso aspecto, volví a desilusionarme con la aparición del padre de aquella.

   Como el lector se puede imaginar, salí de la sala sintiéndome defraudado, pues el film no había cubierto las optimistas expectativas que había vertido sobre él; por otro lado, tanto la crítica especializada como el público en general parecían compartir dicho desengaño, por lo que mi desilusión (y mi enfado) rozaba el paroxismo: en absoluto podía comprender que un director tan afamado (hasta la fecha, había realizado la trilogía de Regreso al futuro y Forrest Gump, por ejemplo) y con un maestro de tanto renombre pudiera haber desechado un material tan bueno, para lo que podría haber sido el largometraje de la ufología por definición, con el permiso de la citada Encuentros en la tercera fase. Sin embargo, debo decir que, habiendo dejado pasar los años, he vuelto a verla recientemente, con el propósito de congraciarme con ella, pues creía que Zemeckis merecía una segunda oportunidad, y que, habiéndola visto de nuevo, considero que la juzgué mal, pues donde yo pensaba haber sido engañado, he encontrado ahora una bella metáfora de la aspiración de todo hombre al cielo.



   La película narra la biografía ficticia de una científica (Jodie Foster) que dedica todos sus esfuerzos y conocimientos a la búsqueda de vida extraterrestre, empeño al que decidió consagrarse cuando, siendo una niña, su padre (David Morse) le hizo ver que la sola inmensidad del universo demostraba por sí misma que este no podía estar habitado exclusivamente por el ser humano. A pesar de las constantes oposiciones con las que se topa en su investigación, la citada científica descubre una señal de radio proveniente de un sistema solar ajeno al nuestro, algo que aúna y da alas a todos los proyectos destinados a este propósito; sin embargo, y al mismo tiempo, florecen todo tipo de movimientos religiosos y sociales que pretenden manifestar el desasosiego de una parte de la población mundial, convencida de que la presencia de vida alienígena y de que el intento de establecer contacto con ella supondrá un problema para la fe de unos y para el desarrollo político de otros.

   No obstante dichos desencuentros, el programa de investigación y comunicación sigue adelante, auspiciado, además, por el mensaje revelado tras el desciframiento de las ondas radiofónicas descubiertas por la protagonista: las instrucciones que detallan la elaboración de una gigantesca y potente máquina que, presumiblemente, ayudará al ansiado contacto entre la humanidad y los extraterrestres. Tras una serie de dificultades, entre las que se cuentan la duda de un ex-religioso del que se enamora (Matthew McConaughey) y la traición y el interés de un antiguo jefe (Tom Skerritt), Jodie Foster consigue embarcarse en el ciclópeo vehículo estelar, que la conduce de manera misteriosa hacia el planeta desde el que partió el mensaje de radio. A pesar de las expectativas que esta lanzó sobre su esperado encuentro, este, como hemos dicho, se limita a un sorprendente y breve diálogo entre aquella y su padre, quien, por otro lado, le asegura que es el método que los alienígenas usan para comunicarse con los hombres desde hace muchos años.

   Cuando, finalmente, la escéptica científica regresa a la Tierra, descubre que su viaje es puesto en duda por las autoridades que lo gestionaron, ya que, a pesar de todas las horas que ella cree haber estado vagando por el espacio, las grabaciones no registran ni un solo minuto de las mismas. Ella, sin embargo, convencida de la autenticidad de su experiencia, intenta demostrar por todos los medios que esta no ha sido un engaño, sino un verdadero contacto entre dos civilizaciones de diferentes planetas. Paradójicamente, y contra cualquier pronóstico, en su defensa sale el ex-religioso que se opuso a su navegación, convirtiéndose, de este modo, en su aliado. A partir de ese momento, Jodie Foster deberá vivir bajo la sospecha y con el auxilio de su único amigo, que representa la fe que ella había despreciado hasta ese instante.



   Al margen del discurso que pretende reconciliar ambas posturas, la de la fe y la de la razón, la película, como hemos indicado, ofrece al espectador una interesante alegoría sobre la aspiración al cielo, que es el fundamento y el fin del credo cristiano. En este sentido, y aunque la creencia en Dios solo aparezca como contrapunto de la visión científica de la vida, es posible entender que el vínculo que une a Jodie Foster con su padre, más allá del familiar, por supuesto, es la fe en los extraterrestres (no por casualidad, seres que viven en las estrellas). De este modo, David Morse, como si de un padre cristiano se tratase, transmite a su propia hija dicha fe, y comparte con ella la ilusión por alcanzar lo que esta promete, algo que queda de manifiesto, sobre todo, en esos diálogos nocturnos que ambos establecen con diferentes personas a través del aparato de radio, como si los dos rezasen juntos antes de ir a dormir (de esta manera, es significativa la escena en que la niña Foster intenta comunicar por radio con su padre tras el fallecimiento de este).

   En primer lugar, podemos entender aquí la importancia de la fe transmitida en el hogar, ya que es en este sitio donde un niño oye hablar de Dios por primera vez, y donde, al mismo tiempo, aprende a amarlo; de igual manera que, en la película, Jodie Foster parece conocer la existencia de seres que habitan fuera de la Tierra gracias a las palabras de su progenitor, en la vida real también los padres transmiten a sus hijos la fe en un Ser que vive en los cielos (una y otra creencia, como hemos dicho, son alimentadas con la oración nocturna, que en el film es sustituida por ese contacto radiofónico que ambos pretenden entablar con la gente que vive apartada de ellos). En segundo lugar, esta fe articula la vida adulta del individuo, que, amparándose en ella, encuentra sentido a su propia existencia; de esta manera, mientras que el cristiano camina con el horizonte del cielo frente a su mirada, la protagonista del film lo hace con el del encuentro definitivo entre los hombres y los extraterrestres (curiosamente, la fe también es fortaleza ante la adversidad, pues vemos que la científica debe arrostrar humillaciones y desengaños causados por su creencia, como cualquier cristiano vive los suyos a consecuencia de su convencimiento).

   La película intenta demostrar que el camino hacia el objetivo que uno se haya impuesto está salpicado a menudo con el aderezo de la dificultad, pues vemos que Jodie Foster, como señalamos, se topa con el descrédito de sus superiores y el de las personas que deberían confiar en ella (¿podemos entrever una imagen de la Iglesia en el pequeño grupo de científicos que comparte la fe que ella tiene?); asimismo, indica que la senda hacia ese fin se torna expedita cuando el propósito es claro y seguro. Como ya mostramos en el post dedicado a La historia interminable, no podemos identificar este hecho con la confianza en uno mismo, pues siempre se corre el peligro de precipitarse al hundimiento; más bien al contrario, esa confianza debe ser depositada sobre alguien que ya haya recorrido la abrupta vereda (en el caso del cristianismo, es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre). Teniendo esto presente, uno puede avanzar con tranquilidad por el camino que debe recorrer hasta llegar a su consumación, pues sabe, además, que Dios lo protege y que cada acontecimiento que le ocurra es consentido por Él (el film refleja la ayuda de la Providencia en la misteriosa concatenación de situaciones anómalas que dan como resultado el esperado viaje al cielo de la científica).



   Finalmente, cuando Jodie Foster culmina su trayecto, se encuentra varada en una solitaria y mágica playa, que recuerda a una entelequia, tal vez porque el Cielo colmará toda expectativa, superando incluso el concepto que el hombre más avezado pueda tener de él. En ese entorno, como hemos dicho, aparece su padre, quien la trata como a la niña que era cuando él murió, lo que provoca que ella rememore toda su infancia y desee permanecer allí. A mi juicio, es una hermosa comparación con el Paraíso, ya que este consistirá en una vuelta a casa, donde nos aguardan todos aquellos que ya han partido de este mundo, unidos, como una sola familia, bajo el amor de un mismo Padre, Dios. De esta manera, pues, el amor que uno cultivó en su hogar, el mismo que lo llevó a encarar las adversidades de la propia vida, será el que encuentre consumado al final de la misma (esta idea puede ser encontrada en películas de diferente temática, como la trilogía de El hobbit, donde Bilbo abandona su hogar, para, luego, retornar a él tras la experiencia de su aventura, o en Nuestro último verano en Escocia, donde el abuelete protagonista ve cómo su fallecido hermano viene a recogerlo).

   Lógicamente, desconozco la intención de Zemeckis al llevar a la pantalla esta obra, inspirada en la novela homónima del malogrado Carl Sagan, de la cual, aunque leí, tampoco recuerdo su propósito; no obstante, la relevancia del ámbito religioso en la misma es evidente, por lo que no resulta extraño que, de manera implícita, haya querido equiparar una postura a la otra, abrazándolas, como hemos dicho, al final del metraje. Tal vez, él viese reflejado su propia biografía en la de la protagonista del relato, que convierte una ilusión en una realidad, por lo que no dudó en plasmarla con tanta personalidad en las imágenes que hemos descrito. Lo cierto es que la película trasciende desde el principio (y conscientemente) la mera plática ufológica, volcándose casi de inmediato en esta narración intimista, que, sin la metáfora religiosa, quedaría coja. Por esta razón, creo que es un film que debe ser recuperado y que, a pesar de las nefastas críticas cosechadas en el momento de su estreno, merece otra oportunidad, pues, de igual modo que yo no he comprendido hasta hoy el mensaje que subyacía tras ella, otro espectador puede encontrarlo también y volver a disfrutarlo, como yo he hecho.


  

martes, 20 de octubre de 2015

Marte (The Martian)


   Unos posts más abajo, reflexionaba brevemente sobre la visión cristiana de la vida y el sufrimiento; en las líneas que dediqué a La niebla, decía que el creyente afronta ambos factores con alegría, pues su fe en Dios le produce una confianza especial que le lleva a creer con firmeza que nunca se verá abandonado. Por azares fílmicos, resulta que esta semana tenemos en nuestros cines Marte (The Martian), una obra del irregular Ridley Scott (¿de verdad que aún no ha pedido perdón por su horrible Exodus: dioses y reyes?) que aborda con maestría este asunto, y que, por consiguiente, nos ofrece una acertadísima y positiva visión sobre la vida y la fe que no nos puede dejar impasibles.
 
 

   A continuación, spoilers.

   El film nos describe el modo en que procura sobrevivir un astronauta perdido en el Planeta Rojo, mientras que sus superiores bregan en la Tierra intentando dilucidar qué hacer con él. Posiblemente, otro en su lugar habría dado todo por perdido y se habría dejado morir, pero el aventurero en cuestión determina que las áridas planicies marcianas no serán su tumba, por lo que se las ingenia para cultivar patatas, comunicarse con la NASA y otros menesteres. Además, cuando sus compañeros de misión descubren que este sigue con vida, deciden acudir en su rescate, desacatando el mandato del centro espacial que coordina todos sus movimientos.

   Una escena del metraje aterroriza a los que quieren ver ataques al cristianismo en todas partes, pues el gran Matt Damon destroza un crucifijo para proporcionarse con su madera un fuego que le ayudará a sobrevivir; sin embargo, aquellos tales olvidan que, tras resolverse a ello, le espeta al Cristo que pende de él que confía en su auxilio. A partir de aquí, pues, da comienzo esa odisea que lleva a aquel a encarar toda dificultad con tal de continuar vivo, y aunque la presencia de Dios solamente se sugiere en determinados momentos, la citada escena nos recuerda que es su fe en Él la que lo está impulsando.

   Como ocurre en la vida ordinaria, muchos se oponen a mantener vivo al que ya se da por muerto, pero el espíritu de lucha y el horizonte de triunfo del interfecto hacen que todos se contagien y que quieran prestarle su ayuda y su oración. Eso ocurre en la Tierra cuando la humanidad descubre que aquel continúa con vida, y la ilusión por rescatar al que se creía perdido logra que se aúnen incluso países enemigos, como China y Estados Unidos. De este modo, el valiente astronauta se convierte para todos los hombres en un verdadero signo de esperanza, que les hace ver a todos que merece la pena vivir, aunque muchas veces la propia biografía se convierta en nuestro peor adversario.

   Es probable que el cineasta haya impreso este tinte ilusionante en su obra por la muerte de su hermano, el cual resolvió suicidarse al encontrar insoportable la enfermedad que lo atenazaba desde hacía años; tal vez haya querido gritarle póstumamente que vivir es la gran aventura de todo hombre, y que uno nunca debe perder la esperanza ante las dificultades que se le vayan presentando. Como decíamos al principio en relación a otro film, en el que el protagonista asesinaba a sus amigos para impedirles el sufrimiento, aquí el cine vuelve a enseñarnos que siempre hay una salida para el que tiene fe y mantiene viva su esperanza.
 
 

domingo, 2 de agosto de 2015

Stephen Hawking ya cree en Dios


   No podemos negar que las revistas de actualidad social son una fuente de información permanente, a pesar de que suelen ser deploradas por su pretendidamente escaso nivel cultural y por los establecimientos en los que pueden ser encontradas, como peluquerías, salones de belleza y algún revistero de hogar perdido bajo el televisor o junto al sofá. Para apoyar esta tesis, debo decir que recientemente leí en una de ellas el siguiente titular: “Stephen Hawking busca extraterrestres” (Pronto, número 2 256, 1 de agosto de 2015, página 87). Sin duda, el encabezamiento explicita la noticia, la cual detalla en un solo párrafo que el reputado astrofísico quiere dedicarse ahora a dicha investigación. Aunque en un principio este texto pasa desapercibido entre tanta novedad cardíaca, es más relevante de lo que parece, y no por la búsqueda de inteligencia alienígena a la que se ha consagrado aquel, sino por el manifiesto declive de una carrera que va haciendo aguas.

   Todo el mundo es consciente de hasta qué punto Stephen Hawking ha negado con rotundidad y empeño la existencia de Dios, pues, amparándose exclusivamente en la ciencia de la que es experto, ha afirmado en no pocas ocasiones que esta es capaz de corroborar que Aquel no es más que un cuento, o la proyección de los anhelos de una humanidad necesitada de una razón que dé sentido a su presencia en el vasto universo que la rodea. A pesar de estas ideas, el Vaticano siempre le ha tendido una mano amigable, esperando entablar con él un diálogo que lo lleve a comprender que la fe en Dios no es contrapuesta al campo que él domina; así, tanto san Juan Pablo II como Benedicto XVI han confiado en su erudición para ilustrar en sendos congresos los tenebrosos orígenes del espacio y del tiempo. Sin embargo, él nunca ha aceptado dichas invitaciones como una manera de debatir acerca del particular, sino como un modo de burlarse del credo de la Iglesia (allá por la década de los ochenta, cuando concluyó la intervención en la que afirmaba que el universo no necesitó de la injerencia divina para formarse, bromeó diciendo que, si el papa hubiese entendido sus palabras, lo habría entregado a la Inquisición…).

   Hawking defiende sin pudor alguno que el hombre no es más que una mera casualidad en un inmenso y azaroso vacío, y que, por consiguiente, no debe buscar sentido alguno a su existencia (aquellos que hayan visto La teoría del todo recordarán que este título hace referencia a su obsesivo empeño por hallar la ecuación que demuestre que todas las cosas, incluido el hombre, provienen de un mismo origen, que es netamente físico). Esta hipótesis puede resultar atractiva para jóvenes ateos que piensen que la fe en Dios es un lastre para el desarrollo de la ciencia, como la misma película apunta; sin embargo, son escasos los que se han parado a pensar en sus fatales resultados. En relación a esto, el citado pontífice san Juan Pablo II asevera lo siguiente: “El ateísmo teórico y práctico que serpea ampliamente; la aceptación de una moral evolucionista desvinculada totalmente de los principios sólidos y universales de la ley moral natural y revelada, pero vinculada a las costumbres siempre variables de la historia; la insistente exaltación del hombre como autor autónomo del propio destino, y, en el extremo opuesto, su deprimente humillación al rango de pasión inútil, de error cósmico, de peregrino absurdo de la nada en un universo desconocido y engañoso, han hecho perder a muchos el significado de la vida y han empujado a los más débiles y a los más sensibles hacia evasiones funestas y trágicas”.

   Como un profeta de su propia desdicha, el erudito Hawking se ha visto envuelto en las aciagas palabras del papa, pues, en su ansia por demostrar que la vida carece de sentido y que Dios no es más que una encarnación de las menesterosas aspiraciones humanas, ha encontrado un sustituto perfecto de la imagen divina que él tanto denuesta: los extraterrestres. Así que aquí tenemos al pobre Stephen luchando por hallar una prueba que confirme que no estamos solos en el universo, porque ello significaría que ese azar que idolatra se habría repetido en otros puntos del infinito y frío espacio, algo que desbancaría al hombre de su privilegiado lugar en la creación. Y esos alienígenas, pues, serían una suerte de seres divinos que albergarían todo el conocimiento que conforma el cosmos, igual que los que aparecían al final de la recuperable Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, convirtiéndose, así, en el Dios del que el astrofísico ni siquiera quiere oír hablar.

   Finalmente, todo se reduce a una estrechez de miras de un hombre que, enfadado con Dios, ha creado una religión adaptada a su manera de entender el mundo, que tiene como credo un laicismo científico galopante y, como aspiración última, un contacto definitivo y glorioso con los nuevos dioses que rigen los destinos de los hombres, aquellos que habitan planeta lejanísimos y que, por ser más evolucionados que nosotros, tienen mucho que enseñarnos. Es verdad que esta idea no es nueva, pues el cine ya se hizo eco de ella en Contact, por ejemplo, película a la que dedicaremos un artículo especial, pero cada vez me produce más pena que vaya calando tan hondamente en el sentir humano, pues demuestra a todas luces que la humanidad necesita con urgencia la presencia de Dios; sin embargo, como no hay día en que no se intente demostrar su inexistencia, el hombre ha dejado de creer en Él y lo ha relegado a favor de esos seres mensurables, a los que, no obstante, arrogamos características propias de deidades benévolas, pues necesitamos que alguien todopoderoso y misericordioso vele por nosotros y dé sentido a una vida que sin él sería absurda.