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lunes, 30 de octubre de 2017

Lutero

   Mucho se está hablando últimamente de la conmemoración del quinto centenario de la Reforma protestante, que se originó grosso modo un 31 de octubre del año 1517. En efecto, esa fecha es conocida por ser el día en que Lutero clavó sobre la puerta de la iglesia de Wittenberg sus famosas 95 tesis, que tenían como principal objetivo la autoridad del papado y la doctrina sobre las indulgencias. Es curioso que hoy se hagan multitud de alabanzas al citado reformador, pese a los problemas que le causó a la vieja Europa; incluso es sorprendente que alguna de ellas provenga del mismísimo Vaticano, que fue deplorado e insultado vilmente por él hasta el instante de su muerte. Por este motivo, nosotros queremos acercarnos a su figura, y esclarecer así, en la medida de lo posible, la verdad que subyace tras ella. Para ello, y como siempre, recurriremos al séptimo arte, que nos ha legado hasta donde sabemos dos biopics ciertamente irregulares y casi homónimos: Martín Lutero (Irving Pichel, 1953) y Lutero (Eric Till, 2003). De los dos, nos interesa el segundo, puesto que no solo es más conocido, sino que le sirvió a la Iglesia protestante para purificar la imagen de su fundador, menospreciada incluso por sus correligionarios.


   

   Sobre la película, que pretende ser una recreación histórica fiable, la sinopsis oficial afirma lo siguiente. En la Alemania de principios del siglo XVI, el agustino Martín Lutero provoca un cisma dentro de la cristiandad. En efecto, tras una reflexiva lectura de las Sagradas Escrituras, descubre que la Iglesia católica ha pervertido el mensaje de Jesucristo a lo largo de la historia, por lo que decide ponerle remedio. Para ello, publica en Wittenberg sus 95 tesis, con las que procura corregir los excesos de aquella; pero esta, lejos de abandonar su cómoda situación privilegiada, responde contundentemente al desafío del monje rebelde.

   Quien sea lector asiduo del blog descubrirá que esta semana, a diferencia de otras, hemos querido matizar que el párrafo anterior es una sinopsis oficial del largometraje, puesto que no deseamos incurrir en la equivocación que pretende divulgar este último, es decir, la contemporización de Lutero. En efecto, el argumento ya es claro en sus objetivos desde el principio: el citado monje agustino era un hombre que descubrió los errores de la Iglesia tras una lectura atenta y meditada de la Biblia, cosa que aquella, por lo visto, jamás había hecho en sus dieciséis siglos de historia a la sazón; por otro lado, como él era un fiel discípulo de Jesús, siempre quiso el bien de su institución, por lo que su único propósito consistía en el sano encauzamiento de la misma, y no en su perversa alteración; finalmente, y por supuesto, la Iglesia respondió como siempre hace, es decir, con ira y rencor, que es lo que mejor sabe hacer, ya que sus miembros son unos pobres paletos sin estudios que se asustan y acomplejan frente a cualquiera que ponga en duda su doctrina. Pero si ya la trama de la película parte de esa insistente, consabida y sibilina argumentación, a la que por desgracia estamos ya más que habituados, fijémonos en el lema promocional del cartel, que servirá de base para nuestro  pequeño artículo: "Genio. Rebelde. Liberador".




   Empecemos por lo de genio. Como todo el mundo sabe, y como de ello deja constancia el film, la vida religiosa de Martín Lutero comienza durante una pavorosa tormenta, momento en el que se acogió a la protección de santa Ana. Ciertamente, tan aterrorizado estaba por este inofensivo fenómeno natural que le prometió a aquella que consagraría su vida entera al Creador si lo salvaba de los rayos y de los truenos que lo estaban asediando. Sin duda, cumplió su promesa, pero trocó ese miedo a la naturaleza por el que comenzó a profesarle al mismísimo Señor (fíjese el lector que no estamos hablando del temor reverencial que debe otorgarle cualquier cristiano, sino de un auténtico pavor, e incluso de un odio inusitado); de este modo, no solo fue incapaz de celebrar una sola misa por el exagerado respeto que sentía hacia el sacramento del altar (algo que aparentemente es digno de  todo elogio, puesto que parece reflejar ese sano temor cristiano antes mencionado, pero que oculta en realidad una soberbia desmedida, ya que deplora la elección de Jesucristo sobre sí mismo, entre otras muchas cosas), sino que incluso llegó a desear que Dios no existiera, algo que también recoge la cinta, aunque casi de pasada. El genio reformador profirió este radical anhelo después de creer que sus pecados eran tan grandes (¿recuerda el lector lo de la soberbia?) que nadie los podía perdonar, ni siquiera el Padre celestial (debemos apuntar que estos pensamientos solían asaltarle en la letrina, el lugar donde los dolores gástricos de su célebre estreñimiento lo flagelarían hasta el punto de sonsacarle sus más recónditas faltas); así, el que vendió la papeleta de un Dios infinitamente misericordioso, propició en verdad la errónea visión del Juez vengador, que hoy sin embargo es atribuida al catolicismo (además, esto daría pie al ateísmo de nuestro tiempo: si Dios no existe, no puede imputar a nadie de ningún pecado, por lo que es preferible su inexistencia). 

   En cuanto a lo de rebelde, la película nos lo presenta como un hombre adelantado a su tiempo, paseando por el aula de Teología entre sus alumnos como un abogado de película americana entre los miembros del jurado ("Señores del jurado, vean a mi cliente: ¿cómo puede ser un asesino con esa cara de bueno? Las circunstancias lo eximen de su pecado"), o bien como el Tom Berenger de El sustituto (Robert Mandel, 1996), es decir, repartiendo estopa (dialéctica) a los oyentes malotes. Sin embargo, lo cierto es que sus clases no se caracterizaban por la hondura de su razonamiento, sino por el más tenaz de los adoctrinamientos, ya que divulgaba sus propias ideas respecto de la Escritura sin atender a lo que anteriormente habían dicho los maestros sobre ella (autorizaba y desautorizaba libros bíblicos al albur de su apetencia); además, repartía entre sus adeptos los panfletos que había elaborado con Cranach el Viejo, en los que arremetía sin rubor alguno contra el papa y contra la Casa de Habsburgo, que reinaba en ese momento sobre Alemania y sobre la mayor parte de Europa. Por otro lado, debemos indicar que esta rebeldía de pitiminí fue más bien el producto de una rabieta que la consecuencia de su pretendida genialidad (¿recuerda el lector lo que afirmábamos de su soberbia?), ya que, cuando el sumo pontífice lo llamó al orden, uso contra él las mismas vejaciones que había usado... ¡contra los que se habían opuesto a la doctrina del sumo pontífice! En cuanto a la doctrina de las indulgencias, que supuestamente originó este cisma dentro de la Iglesia, y que era una manera fácil de enriquecerse, sorprende que Lutero nunca se manifestara en contra del dineral que recibía a espuertas del príncipe Federico el Sabio (en la película, el gran Peter Ustinov), que no solo patrocinaba cada uno de sus exabruptos contra aquella, sino que también financiaba sus clases en la universidad que él mismo había fundado, y en la que, como hemos visto, se vituperaba una y otra vez la figura del papado (por cierto, si el príncipe Federico prohibió la predicación de las indulgencias en Sajonia fue para impedir el enriquecimiento de su rival, Alberto de Brandeburgo, y no por rebeldía contra la Iglesia, como postula el film).

   Y por último, liberador. Si hay un término que continúa engatusando a la sociedad de nuestro tiempo es "libertad", así como todos aquellos que se circunscriben dentro de su campo semántico, como el mencionado "liberador". Pero estos términos encierran muchas veces una gran mentira, puesto que detrás de ellos se agazapan los menos agraciados de "esclavitud" u "opresión" (esto es algo que podemos estudiar en el desarrollo de la Revolución francesa, en el de la Revolución rusa y en la actualidad catalana, donde se enarbolan consignas libertarias con el ingenuo propósito de aupar al estrado a quienes los tiranizarán sin paliativos). Por este motivo, no es extraño que con Lutero pasara lo mismo (incluso hay historiadores que defienden que fue él quien inició esta popular falacia): mediante su violento adoctrinamiento, que iba desde la citada distribución de pasquines hasta la creación de pegadizas (y despectivas) tonadillas contra el papa, la Iglesia y el Imperio español, propagó la idea de que el pueblo alemán estaba sojuzgado por estos últimos, y que, por ende, debía desuncirse de su ominoso yugo; sin embargo, lo que estaba promoviendo en realidad era la autonomía de los príncipes alemanes, que deseaban gobernar sus territorios sin las injerencias imperiales ni vaticanas, manifiestamente contrarias a sus aspiraciones independentistas. De este modo, el reformador, fiel a ese concepto de libertad que antes hemos citado, escribió un texto en 1523 en el que postulaba sin tapujos que sus señores terrenales debían gobernar la Iglesia, y no el papa, que era un extranjero a ojos de la naciente Alemania; así que cuando exhortaba a los cristianos alemanes a luchar por su libertad, los estaba empujando realmente a la esclavitud de sus reyezuelos. Desgraciadamente, esto tuvo una consecuencia nefasta, que sin embargo delata la incoherente personalidad de Lutero: la autonomía que los príncipes alemanes se arrogaron respecto del emperador español los condujo a incrementar los impuestos sobre los campesinos, que respondieron a esta injusticia mediante una célebre revuelta; el reformador, que en un primer momento había apoyado de manera indirecta este movimiento, cedió después a las presiones de los príncipes, por lo que apoyó las ejecuciones que estos llevaron a cabo sobre aquellos súbditos descontentos (en la película, ponen a Lutero como un mártir de su propia palabra, pues su mensaje de libertad es tan grande que él mismo no lo ha comprendido bien. El pobre...).




   Por supuesto, queda mucho por referir acerca de este díscolo religioso, que supuestamente puso en jaque a la Iglesia por el bien de la cristiandad, pero que en verdad arruinó esta y dividió de manera interesada aquella; sin embargo, un artículo sobre su doctrina teológica (la famosa sola fide) sería excesivamente largo, por lo que conviene remitirse a libros especializados en ella. Aquí solo hemos pretendido acercarnos a esa figura que hoy está siendo ensalzada por muchos, pese al desastre que le supuso a la vieja Europa, y abrir así los ojos a quienes crean que es un hombre digno de respeto, o un genio rebelde y liberador, como afirma el lema promocional del film. Es posible que esos tales no sepan, o hayan olvidado, o no quieran saberlo, o desean ocultarlo, que Lutero está en la base del antisemitismo nacionalsocialista y que, no en balde, Hitler lo llegó a denominar padre de la nación alemana (sic): "Lo que es útil es quemar todas las sinagogas de los judíos, y si alguna ruina se salva del incendio, hay que cubrirla con arena y barro, para que nadie pueda ver ni siquiera una piedra o una teja de esa construcción" (Sobre los judíos y sus mentiras, 1523).

   Por todo esto, nosotros pensamos que el 31 de octubre de 1517 no es el origen de ninguna celebración, sino el obituario del auténtico cristianismo, que es el que se mantiene fiel al papa y a la doctrina de la Iglesia. Si esta debía ser reformada, lo demostraron personalidades tan conocidas como santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz o san Ignacio de Loyola, que no rompieron en ningún momento con ella, sino que la ayudaron y la apoyaron como unos buenos hijos hacen con su madre enferma. Como decíamos al principio, hasta hace unos años Martín Lutero era menospreciado incluso por sus correligionarios, que descubrían en él al hombre que los había abocado a una vida de esclavitud, rencor y miedo, sentimientos que antes desconocían en su vida cotidiana (y por ello se produjo este film, con el firme propósito de limpiar su figura); sin embargo, hoy es reconocido incluso por los que fueron menospreciados por él, dándonos a entender que, o bien no saben quién era, o bien lo hayan olvidado, o bien no quieren saberlo, o bien desean ocultarlo.    



   

lunes, 9 de octubre de 2017

madre!

   Si hoy existe una película verdaderamente engañosa en la cartelera, esa es madre! (Darren Aronofsky, 2017), el último trabajo del autor de Cisne negro (id., 2010). Sin embargo, ello no es debido al propio largometraje, sino a la infame campaña promocional que ha padecido en nuestro país. Ciertamente, el tráiler que todos hemos podido ver nos lo presentaba, o bien como un film de terror al estilo de The Haunting (La guarida) (Jan de Bont, 1999), o bien como un thriller parecido a De repente, un extraño (John Schlesinger, 1990); pero como no aborda ninguno de estos dos géneros, su proyección ha causado abandonos masivos de la sala, abucheos y desconciertos a partes iguales. Aquí comprendemos la reacción del público, pero culpamos del fracaso a su productora, que, al no saber clasificar este título, ha conseguido que la gente se pierda un interesante discurso acerca del hombre y la creación. Sin embargo, advertimos que no se trata de un largometraje cristiano, sino de una apología naturalista que ayuda a conocer los postulados de la nueva religión imperante: el ecologismo. Y es justo aquí donde radica su interés.




   Jennifer Lawrence es una mujer que vive junto a su marido (Javier Bardem) en una solitaria casa de campo. Ella desea a toda costa quedarse embarazada, pero él parece más preocupado por culminar su obra, pues se trata de un poeta en horas bajas muy necesitado de inspiración. Cierto día, su soledad se ve alterada por un matrimonio que decide vivir con ellos y que aquel, no obstante, recibe con suma amabilidad. Esto conllevará un inesperado e incómodo número de visitantes que perturbará la paz de la que Lawrence y Bardem deseaban disfrutar.

   Ante todo, debemos apuntar que Darren Aronofsky es un cineasta muy particular, ya que desde que estrenara su ópera prima, Pi, fe en el caos (id., 1998), hasta hoy, solo ha dirigido siete películas. Sobre todo, ello es indicio de que se trata de un director meticuloso y exigente, que no selecciona un proyecto al azar, sino que, más bien al contrario, trabaja en él de manera exhaustiva, para ofrecer al espectador una obra coherente con sus principios y fiel a su estilo cinematográfico. De este modo, nos ha regalado títulos tan interesantes como Réquiem por un sueño (id. 2000) y La fuente de la vida (id., 2006), en las que muestra su preocupación por la oferta de un mundo engañoso que seduce al hombre arteramente para deshacerse luego de él (en este sentido, la segunda película le servía de acicate para disertar sobre la vida de ultratumba, que en su opinión es más plena que la terrenal). 




   De esta forma, para el guion de madre! toma prestada la premisa de la célebre El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962), en la que un grupo de nobles es incapaz de abandonar un comedor después de la cena, generándose así entre ellos unas situaciones que ponen en entredicho sus pretendidos cánones de comportamiento. Sin embargo, Aronofsky otorga a su obra un aura simbólica que deja en pañales el argumento de aquella, elaborando un discurso universal acerca del hombre como criatura de Dios y habitante del mundo. En efecto, a medida que avanza el metraje, comprendemos que no estamos viendo una historia sobre la vanidad y la frustración de un poeta, que abandona a su esposa en favor de su amor propio, sino que presenciamos una alegoría en la que Bardem es el Creador, Lawrence es la tierra (entendida como Gaia), la vivienda es el hogar común de todos, y los visitantes inoportunos son el conjunto de la humanidad. En opinión del autor, esta última es tan desagradecida con los dos primeros que corrompe una y otra vez su entorno, aprovechándose impunemente de él, porque sabe que siempre cuenta con el perdón del Padre, un ser benévolo y comprensivo que nunca la culpa de nada.

   Pero como hemos indicado, este argumento, que podría parecer un discurso vagamente cristiano, se convierte en una disertación ecologista que se opone de modo explícito a él. Por supuesto, no queremos denunciar aquí ningún movimiento destinado al cuidado del planeta, un ejemplo loable que ya es mandado por Dios en el Génesis, sino el razonamiento pseudorreligioso que se oculta detrás de muchos de ellos, y que subyace tras el guion de este filme (aquí). En efecto, a juicio de su director, Dios, cuya existencia no niega, es un ser omnipotente y generoso que ha creado el mundo, pero que se ha desentendido de él en favor de su propio desarrollo. A su vez, la tierra es un inmenso ser vivo (Gaia) que sirve de hábitat al hombre, por lo que este le debe una veneración mayor que la que le rinde a aquel, enfrascado en sus propias tribulaciones. De este modo, la religión más auténtica es la que prima la ecología por encima de cualquier otro credo, pues es la que consigue unir verdaderamente al ser humano con su origen, que es la tierra misma (estos días hemos alcanzado el paroxismo de este pensamiento con los ecosexuales, es decir, con las personas que se unen carnalmente al planeta Tierra: aquí).




   Así pues, como decíamos arriba, la mala gestión publicitaria de la distribuidora de madre! ha conseguido que el público se pierda un interesante filme sobre los postulados del ecologismo moderno, muy vinculado a la desastrosa New Age de nuestro tiempo, algo que el autor ya abordó en la olvidable Noé (id., 2014). En el fondo, esto es de agradecer, puesto que dicho credo humanista no deja de ser anticristiano, por lo que así el espectador deja de financiar un discurso opuesto a nuestra fe; sin embargo, sería beneficioso que lo conociera, porque es muy fácil adherirse inocentemente a él a través de algunas campañas de concienciación, o mediante festividades laicas que postulan ciertas conmemoraciones de carácter ecológico (v. gr., el Día de la Tierra o el Día de los Océanos).




domingo, 11 de junio de 2017

La promesa

   La semana pasada deplorábamos en este mismo blog el trato que suelen recibir las películas de temática religiosa en nuestro país. Efectivamente, es un género que parece suscitar poco interés en los espectadores españoles, a pesar de contar con excelentes títulos y de dar a conocer, en algunos casos, fragmentos de la historia que ellos ignoran. En concreto, aludíamos a la película Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), que relataba el sufrimiento de un grupo de monjas a manos del Ejército soviético de la postguerra, pero que también enlazaba con la actualidad al presentar un discurso a favor de la vida muy elocuente. 

   Casualmente, estos días podemos ver en nuestros cines un largometraje que corre el peligro de enfrentarse a la misma situación. Se trata de La promesa (Terry George, 2016), un drama que pretende divulgar entre los espectadores el genocidio armenio, un capítulo de la historia que todavía es negado por los herederos de sus responsables, es decir, el Gobierno turco. Por desgracia, la cinta está padeciendo multitud de críticas negativas, que, o bien la acusan de una falsa apologética disfrazada de romance, o bien la tildan de plúmbea y de manida. Aunque no profundizaremos mucho en estos argumentos para defenderla, creemos que, pese a sus errores, es un título valiente e imprescindible. Por ese motivo, y ya que aquí no queremos que corra la misma suerte que la mayoría de filmes cristianos, animamos a los lectores a su visionado.




   Michael desea estudiar Medicina. Para ello, debe partir a Constantinopla, donde vivirá con sus tíos. Pero, antes de marchar, se compromete con su novia a casarse con ella en cuanto regrese. Sin embargo, en la capital conoce a una mujer de la que se enamora, por lo que verá cómo su promesa se tambalea. Todo ello, enmarcado por los albores de la Primera Guerra Mundial y por el genocidio contra los armenios perpetrado por el Imperio otomano.

   Para empezar, es necesario abordar sucintamente la historia. Los armenios conforman un pueblo nacido en la península de Anatolia, en el Asia Menor. Como tantas otras naciones del entorno, asumió muy pronto el cristianismo como religión oficial, ya que, según sus propios anales, había sido evangelizado por los apóstoles san Bartolomé y san Judas Tadeo. Debido a esta conversión tan precoz, el Gobierno otomano, una vez establecido, le concedió el estatus de dhimmi, es decir, de pueblo gentil tolerado por el islam, pero de clase inferior. Sin embargo, esta situación de relativa paz estalló en 1915, cuando aquel aprobó su deportación o su ejecución. Aunque, en la actualidad, muchos armenios viven en la moderna república que lleva su nombre, la mayoría de ellos están dispersos en el mundo como fruto de dicha masacre.




   De este modo, la película se convierte en el testimonio de un capítulo histórico injustamente olvidado. Como prueba de ello, es posible preguntar sobre él a cualquier persona, que sin duda lo ignorará por completo. Sin embargo, esa misma persona conocerá al dedillo todo lo relativo al holocausto judío, que cuenta a sus espaldas con una numerosa filmografía destinada a este propósito. Por esta razón, y aprovechando el loable trabajo del pueblo diezmado por el nazismo, que ha sabido divulgar su tragedia mediante el séptimo arte, esta cinta recuerda también el sufrimiento del pueblo cristiano, en el que el genocidio armenio es solo una muestra.

   Con este fin, podemos acercarnos a títulos que también pasaron inadvertidos en el momento de su estreno, a pesar de narrar acontecimientos de la historia desconocidos por el público actual. Un buen ejemplo de ello puede ser Cristiada (Dean Wright, 2012), que describe la persecución religiosa en México y la respuesta popular en auxilio de la fe. Pero también Un Dios prohibido (Pablo Moreno, 2013) y Bajo un manto de estrellas (Óscar Parra de Carrizosa, 2013), que afrontan el odio a la Iglesia vivido en la España de principios del siglo XX.




   Volviendo a la película que nos ocupa, concedemos que presenta varios errores que impiden que se trate de un título redondo. En este sentido, es cierto que el triángulo amoroso vivido por el protagonista decae muy pronto y que tiene un innegable aspecto de telefilm que le resta credibilidad. Sin embargo, rechazamos la acusación de película engañosa por utilizar el genocidio armenio como marco para el romanticismo, pues ¿no fue esa la excusa usada por Doctor Zhivago (David Lean, 1965) para relatar la Revolución soviética? O bien, ¿no la aprovechó la afamada Titanic (James Cameron, 1997) para poner en boga el entonces olvidado hundimiento del navío? Sin duda, se trata de un elemento narrativo común y, por tanto, aceptable.

   A nuestro juicio, se trata de un gran largometraje que está sufriendo gratuitamente el menosprecio de la crítica y del público, pero que es un título valiente y correcto. Además, y como ocurría con el argumento de Las inocentes, que podía ser extrapolado a nuestro tiempo, cuenta una historia cuyo eco resuena en la actual matanza de cristianos perpetrada por el islam en Siria y en Iraq. Por estos motivos, recomendamos su visionado y animamos al espectador a que viaje por otros filmes de la misma índole, para que descubra que, más allá del sufrimiento judío, existe el que ha padecido la Iglesia a lo largo de los siglos.   



miércoles, 14 de septiembre de 2016

La redención de Mel Gibson

   La historia de Mel Gibson da para escribir un libro, o bien, y haciendo honor a su profesión, para filmar una película, pues ha pasado de ser un sinónimo de éxito en la taquilla a ser su evidente antónimo. En efecto, habiendo liderado los escalafones cinematográficos durante décadas, el actor es hoy despreciado por su vida privada, por lo que aún no ha sido capaz de volver a ostentar ese renombre que ganó meritoriamente a lo largo de su carrera profesional. Sin embargo, en la actualidad, ha demostrado su profundo arrepentimiento por la conducta que lo ha empujado a esta suerte de ostracismo público y, además, ha manifestado un humilde propósito de la enmienda, que puede servir de ejemplo a muchas personas que padecen sus mismas dificultades. Por este motivo, el presente post está dedicado a él, un hombre que lucha por rehacerse y por recuperar el estatus que ha perdido.



   Que nuestro amigo Mel nació entre los fotogramas con un pan debajo del brazo, nadie lo pone en duda, pues, ya desde su primera película como actor, la imperecedera Mad Max. Salvajes de autopista (George Miller, 1979), cautivó al público de todo el mundo y se erigió, con apenas veintitrés años, en una nueva estrella del firmamento cinematográfico. Por supuesto, este éxito no pasó desapercibido en la industria del celuloide de su país de adopción, Australia, que aprovechó su apostura interpretativa, con un marcado cariz de rebeldía, no solo para prolongar la saga iniciada con aquella (lo vimos en la buenísima Mad Max 2. El guerrero de la carretera y en la menos buena Mad Max. Más allá de la cúpula del trueno), sino también para otorgarle papeles de notable peso dramático, como la conmovedora Gallipoli (Peter Weir, 1981) y la emotiva El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1982). Su espaldarazo definitivo, empero, le llegó algunos años más tarde, cuando, después de haber hecho algunas incursiones en el cine norteamericano mediante Mrs. Soffel, una historia real (Gillian Armstrong, 1984) y Cuando el río crece (Mark Rydell, 1984), fue convocado por este para encarnar, en el film Arma letal (Richard Donner, 1987), al sargento Martin Riggs, personaje que lo catapultó de inmediato al plantel de tipos duros que protagonizaban las cintas de acción del momento (por cierto, muy bien homenajeados por Sylvester Stallone en su trilogía de Los mercenarios). 

   Tal vez por ello, todos los aficionados quedaran sorprendidos cuando, al revelar su legítimo interés por la dirección, eligió un largometraje que se situaba en las antípodas del estereotipo que él mismo había forjado en torno a su propia persona: El hombre sin rostro (Mel Gibson, 1993), una historia que versaba acerca de la relación entre un niño poco querido y su tutor, que hacía las veces de padre. Por suerte, su experimento resultó de lo más satisfactorio, pues, no obstante la usual premisa en la que se fundamentaba la película, supo decorarla con una sensibilidad y con un arte narrativo que hicieron de ella el gran título que hoy aplaudimos. Pero su consagración como director tuvo lugar dos años después, cuando regaló al espectador su indiscutible obra maestra Braveheart (Mel Gibson, 1995), que fue galardonada por la Academia, no en vano, con cinco premios Óscar, entre los que se incluían la mejor cinta y el mejor autor, reconocimientos casi inéditos en los anales de dicho palmarés (recordemos que estamos hablando de su segunda película como responsable de la misma; el gran Clint Eastwood, por ejemplo, que también había pasado de interpretar a dirigir sus propios filmes, tuvo que esperar a su decimaquinta obra, Sin perdón, para recibir el primero).


  

   Por aquel entonces, el bueno de Mel, en pleno auge artístico, ya había protagonizado algunos altercados como consecuencia de su arraigado problema con el alcohol, al que, según su propia confesión, se había aficionado durante la adolescencia; asimismo, había motivado un discreto alboroto entre los medios de comunicación debido a unas desafortunadas palabras contrarias a los homosexuales, de las que, además, nunca se ha retractado (en este último caso, debemos subrayar el moderado alcance que tuvieron, a la sazón, dichas intervenciones, pues internet no gozaba del peso que tiene hoy, ni el lobby gay disponía de la fuerza que ejerce en la actualidad, por lo que no hubo el eco que posteriormente se les atribuyó: aquí). Sin embargo, y tal vez a causa de la elevada categoría que ostentaba en el estrellato hollywoodense, ambas polémicas le fueron disculpadas con rapidez, por lo que se vieron desleídas muy pronto entre las noticias de la prensa rosa, contingencia que logró salvaguardar su reputación durante un tiempo.

   Pero esta cobertura mediática no evitó que el cineasta tomara conciencia de su pobre situación, por lo que, auspiciado por su esposa, Robyn Moore, acudió a un centro de autoayuda, en el que, según parece, encontró momentáneamente el auxilio que necesitaba para resolver sus problemas. Años más tarde, sin embargo, reveló que, durante el tratamiento, había valorado la posibilidad del suicido, pero que su antiguo cristianismo, que él mismo había postergado en favor de su próspera vida de aplausos, lo había disuadido de tal empeño. Este reencuentro con la fe perdida lo conmovió tanto, que decidió divulgársela al mundo mediante su tercera película como director: la soberbia La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004).


  

   Una vez más, el éxito no tardó en llamar a su puerta, porque, pese a las aceradas diatribas a las que se vio sojuzgado el film, este supuso un rotundo taquillazo en las salas de cine de todo el planeta y hoy es considerada la mejor película de la historia dentro de su género. No es de extrañar, por tanto, que, poco tiempo después, se embarcase de nuevo en un desconcertante proyecto que lo volvería a alejar de los convencionalismos dictados por el cine norteamericano: Apocalypto (Mel Gibson, 2006). En esta cinta, rodada en un idioma desconocido para la práctica totalidad de los espectadores, como ya hiciera con La pasión de Cristo, grabada en latín y en arameo, incide en su visión cristiana del mundo, contraponiendo, metafóricamente, los valores actuales con los tradicionales (ese amor a la familia que exhibe el protagonista) y refrendándola con la esperanzadora llegada de aquellos que, en América, la confirmarían.  

   Pero, del mismo modo que la fortuna se había fijado en Gibson para concederle su particular cornucopia, dejó de hacerlo en julio de 2006, cuando, tal vez desbordado por la creciente popularidad, retomó el triste hábito de la bebida, que, por desgracia, lo arrastró de nuevo a cometer sus acostumbradas imprudencias. En esta ocasión, sin embargo, no le fueron condonadas. A pesar de las duras penas que le fueron impuestas (multa de varios miles de dólares, tres años de libertad condicional, reuniones de autoayuda y asistencia obligatoria a un programa de recuperación de criminales), posiblemente fuera el divorcio de su cónyuge la que más lo afligió, ya que, en el instante de su arresto, vaticinó que eso es lo que ocurriría (aquí).




   No obstante las duras consecuencias a las que el actor se vio abocado, reconoció que su tropiezo le había servido para percatarse del derrotero que estaba tomando su existencia, apartada de la fe cristiana de la que, desde aquel reencuentro citado arriba, no ha vuelto a abjurar (aquí). Tal vez por esto, recibió numerosos elogios por parte de los mismos jueces que lo habían condenado (aquí) y aseguró que nunca más volvería a tomar una gota de alcohol, pues este lo había alejado de su amada familia, a la que él siempre había estimado como el principal fundamento de su vida. En el cine, hemos contemplado esta decisión, pues, resuelto a cumplir su empeño, se ha distanciado notablemente de las pantallas y solo ha aparecido en unos pocos filmes, entre los que caben destacar El castor (Jodie Foster, 2011) y Vacaciones en el infierno (Adrian Grunberg, 2012).

   Esta semana, sin embargo, ha regresado discretamente a nuestras salas cinematográficas con un título que, al mismo tiempo, puede ser visto por el espectador como si de su propio testamento se tratase: Blood Father (Jean-François Richet, 2016). En él, en efecto, podemos ver a un envejecido Mel Gibson que, tras haber sufrido un largo proceso de rehabilitación del alcohol y de las drogas, tiene la oportunidad de recuperar a su hija, perdida a consecuencia de sus excesos; por supuesto, él no dejará pasar esta ocasión y, por ello, se enfrentará a todos los problemas que surjan entre ellos y que procuren impedir esa unión definitiva por la que él suspira. Como decimos, tal vez esa sea la actitud de la que el mismo cineasta haya hecho gala durante su ausencia pública, impulsada, seguramente, por esa fe que también le sirve de sustento en el film.

   A finales de este mismo año, por último, regresará por la puerta grande a nuestras pantallas, ya que estrenará entre nosotros Hacksaw Ridge (Mel Gibson, 2016), película que versará sobre el primer objetor de conciencia que, durante la Segunda Guerra Mundial, fue condecorado con la medalla de honor del Congreso; además, ha anunciado la secuela necesaria de La pasión de Cristo (aquí), que tratará, como no podía ser de otra manera, la resurrección del Señor, que, tal vez, sea afrontada como una analogía de su propia recuperación. Ojalá estos filmes sean rodados con la maestría que Gibson ha demostrado a lo largo de su carrera, lo reconcilien con el mundo del espectáculo y, a modo de premio, recaben todo el éxito que merece el arduo esfuerzo que ha desempeñado con el fin de arreglar su vida.