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miércoles, 29 de agosto de 2018

Vivir (Ikiru)

   Ya se nos acabó el verano (al menos, sus vacaciones). Como siempre en estas fechas (si no antes), nos vemos obligados a volver a la rutina, a nuestros quehaceres diarios y a nuestras sempiternas preocupaciones (principalmente, a aquellas que habíamos relegado en el trabajo cuando franqueamos el umbral de su puerta). Es posible que muchos hayáis disfrutado tanto del sol como de la playa, tanto del monte como de algún chalet con piscina, o del lugar al que soláis acudir cuando queréis descansar. Pero, sobre todo, espero que hayáis gastado (y desgastado, que no malgastado) el tiempo con vuestras familias. En efecto, muchas veces nos preocupamos tanto de la desconexión veraniega que incluso desconectamos de los nuestros, que es con quienes más deberíamos estar. Viajes con los amigos, barbacoas con los antiguos compañeros de colegio, escapadas solitarias... un largo etcétera que nos llena el mes de agosto (o de julio) de muchísimas experiencias, pero que a veces nos privan de la experiencia familiar, que es la que más debemos cuidar.




   Este verano, he tenido la oportunidad ver de nuevo Vivir (Ikiru), una de las grandes obras maestras del genio japonés Akira Kurosawa, autor de las más conocidas Los siete samuráis y La fortaleza escondida (falsilla confesa de La guerra de las galaxias, de George Lucas). En ella, el señor Watanabe, un funcionario de reconocido prestigio, se viene abajo cuando descubre que padece cáncer de estómago. En efecto, a partir de ese momento, comienza a replantearse su vida, puesto que ostenta el dudoso récord de asistencia diaria (¡ni una sola ausencia, ni una sola baja médica!) a su despacho en el ayuntamiento: de este modo, y en la soledad de su alcoba, empieza a pensar en las veces que pudo estar con su hijo, pero que no quiso, puesto que priorizó el trabajo; en los momentos en que pudo demostrarle su cariño, pero se abstuvo (algo que solo consiguió que el hijo lo tratase como una mera fábrica de hacer dinero, no como su progenitor); e incluso (¿por qué no decirlo?) en los momentos en que pudo divertirse con él, pero creyó que era más relevante solazarse con los compañeros de oficina. Es por ello que, en un momento dado (después de varios minutos de reflexión, porque el cine japonés no escatima en duración), decide que ha de divertirse y, de esta manera, recuperar el tiempo de vida que él cree perdido.

   El señor Watanabe (imponente Takashi Shimura, un clásico interpretativo del séptimo arte nipón, visto también en una cinta que se encuentra en las antípodas de esta: Japón bajo el terror del monstruo) contrata para su propósito a un vagabundo borrachín, que sabe más de la vida ociosa que él, y le pide, pues, que lo lleve a los locales nocturnos más exitosos de Tokio (o de la ciudad donde se desarrolle la acción, que ya no me acuerdo). De este modo, conoce multitud de sitios donde puede divertirse bebiendo, bailando o hasta retozando con alguna meretriz de ojos rasgados. Pero llega un momento en que descubre que esa falaz diversión solo está profundizando más su soledad y su tristeza, puesto que no logra desasirlo del remordimiento que lo unce. Por este motivo, cuando menos lo espera su advenedizo compañero, se echa a llorar y entona una melancólica canción que espeluzna a todos los circunstantes: "La vida es corta". Es entonces cuando zanja que debe replantearse su replanteamiento vital, y no dedicarse a la diversión, sino a la caridad (o a hacer el bien a los demás, ya que, al no ser cristiano, es probable que Kurosawa desconociese dicho término); y que esta caridad debe culminar con su propio hijo, al que ha desatendido la mayor parte de su vida.




   A muchos, este argumento os evocará la famosa máxima latina "carpe diem", es decir, "aprovecha el instante", una de las expresiones más usadas por todos nosotros (especialmente, durante la adolescencia, cuando nos tomamos todas las cosas tan en serio); con ella, y como bien sabéis se pretende exhortarnos a exprimir la vida al máximo, viviendo cada momento como si fuera el último de nuestra existencia (en este sentido, y al hilo de la adolescencia, recuerdo a un profesor del instituto que, tal vez amargado por su incipiente vejez, nos la repetía hasta la saciedad). Pero ese aprovechamiento de la vida suele ser mal entendido, porque, como al señor Watanabe del filme, se invita al sujeto (la mayoría de las veces, al joven) a que se divierta cuanto pueda, derroche cuanto tenga, peque cuanto desee (entiéndase lo que quiero decir) y etcétera, ocultándole que los excesos traen desastrosas consecuencias (aún resuena en mis oídos la voz de un excompañero de colegio, abatido por la mala vida, diciéndome que había que exprimir al máximo esta última...). Es por ello que el carpe diem tiene un sentido más profundo y humano, que es el que debe ser cultivado.

   Este sentido del que hablo está precisamente representado en la película Vivir (Ikiru). Así es, como ya hemos señalado, el señor Watanabe intuye en ella que esa diversión plena en la que se vuelca para ocultar su tristeza solo está sembrando más pena en su interior, por lo que ve que no debe derrochar su existencia en sí mismo, sino en los demás: de este modo, lo hace con unas señoras que no paran de quejarse de las aguas fecales que anegan su barrio; lo hace también con la exempleada que le pide un despido voluntario para buscar un empleo que la satisfaga más, y hasta lo invierte con la persona que se cruza con él por la calle. Pero, sobre todo, quiere derrochar su vida (gastarla y desgastarla, ¿recordáis?) con su hijo, a quien ha olvidado en los largos años de trabajo (¡incluso durante las vacaciones que debería haberse cogido!); así, no solo se redime de ese mal que lo atormenta, sino que también, y de manera principal, encuentra el verdadero sentido de la vida (¿os acordáis de aquella famosa sentencia de la Biblia, "hay más alegría en dar que en recibir"?).




   El año que viene, cumpliré (si Dios así lo quiere) diez años de ministerio (¡diez años sirviendo al Señor en el sacerdocio!). Como comprenderéis, durante este tiempo he presidido multitud de funerales (alguno de ellos, incluso de personas muy cercanas a mí), y no ha habido ninguno (o casi ninguno) en que los familiares del difunto no me hayan confesado (no de manera sacramental) que sienten la pena de no haber pasado con él más tiempo. En efecto, cuando ese padre con el que apenas había relación, o ese hermano con el que me había peleado, fallece (ya no va a estar de verdad nunca junto a mí), me doy cuenta de que podría haberme reconciliado con él, arreglar nuestras dificultades y ser otra vez una familia unida y feliz. Por supuesto que ahora puedo rezar por él e incluso pedirle interiormente perdón por mis ausencias, pero ¿qué pasa con esas que he tenido mientras él vivía (he conocido gente que todavía no se las perdona)? Por este motivo, y como esos deslices ya son irrecuperables, lo mejor es aprovechar el momento ahora (carpe diem): estar con la familia todo el tiempo que sea posible, queriéndola y haciendo siempre el bien por ella. Claro que hay que divertirse con los amigos en las barbacoas de verano (¡hasta es necesario!), pero no las veneres tanto que olvides hacer una (¡al menos una!) con tus padres y hermanos.

   En este sentido, debo decir que tengo un vecino al que veo pasear al perro todas las mañanas, siempre y a la misma hora. Sin embargo, hace poco me enteré de que el citado can no es suyo, sino de una vecina que no lo puede sacar a la calle; por otro lado, también supe que se quedó sin madre hace un tiempo, que su hermano se fue a vivir con la novia (¡vaya una novedad!) y que, por todo ello, ahora está cuidando de su padre, que está enfermo, y al que le hace la comida, lo lava, lo viste, etcétera. Pues bien, es posible que este vecino mío no vaya de barbacoas con sus amigos siempre que puede, ni haga una escapada rural cuando se agobia, ni un viaje con los amigos en agosto, ni se reúna mensualmente con sus excompañeros de colegio, puesto que debe atender a un padre que ya no sale de casa; pese a ello, creo que está aprovechando la vida al máximo, puesto que está derrochando caridad con quien se la dio (¡qué olvidado tenemos el cuarto mandamiento de la ley de Dios!). Cuando hablo con él, se queja (¿y quién no? Es innegable que lleva una existencia muy dura), pero siempre me habla con la sonrisa de satisfacción de alguien que le ha encontrado sentido pleno al carpe diem.

   Por todo ello, y ahora que volvemos a nuestra rutina ordinaria, os exhorto a que no releguéis a vuestros familiares, que son quienes más os quieren; que el trabajo del que habéis descansado este verano no os absorba tanto que ni siquiera tengáis un momento para hablar con ellos. Aprovechad este momento, que es el único instante que tenemos para reconciliarnos (si es que estamos llamados a ello), demostrarles nuestro amor y gozar del suyo. Este es el instante que tenemos para decir (y vivir realmente) nuestro particular carpe diem.




domingo, 28 de mayo de 2017

La tortuga roja

   El cine no está muerto. Esta es la conclusión a la que cualquier espectador puede llegar después de ver esta película. En efecto, pese a que hoy parece que todas las ideas han sido abordadas por el séptimo arte, títulos como este nos demuestran que todavía existe mucho talento por descubrir. En este caso, estamos ante un largometraje de animación, género que suele ser destinado al público infantil, pero que aquí se arriesga con un film mudo para adultos. Por suerte, el experimento aprueba holgadamente, ya que ofrece unas imágenes bellísimas a lo largo de su metraje y transmite una profunda historia sobre el amor, la vida y la familia.


    

   Un náufrago llega a una isla desierta. Después de un tiempo intentando sobrevivir en ella, decide abandonarla mediante una balsa improvisada. Sin embargo, no se interna mucho en la mar, ya que, tras navegar unos metros, la embarcación es hundida por una fuerza misteriosa. Pese a ello, lo intenta varias veces, aunque siempre obtiene el mismo resultado. Al final, descubre que su enemigo es una inmensa tortuga roja, que, no obstante, oculta un asombroso secreto.

   En realidad, poco más se puede decir acerca del argumento de esta cinta, si queremos evitar el manido spoiler. Ciertamente, a partir de ese momento, la película se convierte en un relato metafórico, de tintes fantásticos, que no dejará impasible a nadie. Pero, como se trata de una producción del famoso estudio Ghibli, solo advertimos que encontraremos en ella ciertas reminiscencias a sus títulos más emblemáticos: Totoro (Hayao Miyazaki, 1988), La princesa Mononoke (íd., 1997) y El viaje de Chihiro (íd., 2001).

   


   En efecto, la misteriosa tortuga roja del título parece una encarnación de la biografía humana, que avanza inexorablemente sin que ningún hombre pueda frenarla. Por este motivo, no solo la vemos convertida en mujer, sino también en esposa y madre, simbolizando así las etapas que recorre una persona durante su vida. Es por ello que, asimismo, la película nos ofrece una bella parábola sobre las distintas adversidades que el hombre arrostra en su existencia y que están indefectiblemente unidas al amor, como la educación y el cuidado de un hijo o su emancipación. Todo esto, descrito bajo el silencio al que antes aludíamos, un solemne marco que nos ayuda a distinguir el omnipresente ruido que nos acecha y que nos impide respetar con sobrecogimiento el milagro que nos circunda.

   Para disfrutar mejor de la película, es conveniente ver dos de las obras que hicieron famoso a su autor, el holandés Michaël Dudok de Wit: The Monk and the Fish (aquí) y, sobre todo, Padre e hija (aquí), ganador del Óscar al mejor cortometraje de animación en el año 2000. En ambas, descubrimos una pasión por el amor, la amistad, la familia y la vida que continúa estando muy presente en La tortuga roja. Por este motivo, se trata de un film imprescindible, de una belleza sin igual, que nos recuerda que el cine no está muerto y que a nadie dejará indiferente.








domingo, 12 de febrero de 2017

El cielo sobre Berlín

   Hay películas que resultan fascinantes por el mundo que abren a los ojos del espectador. Habitualmente, son cintas de corte fantástico, ya que este es un género puede jugar sin límites con la imaginación del hombre. Un ejemplo de ello podría ser el conocidísimo futuro que nos plantea Blade Runner (Ridley Scott, 1982), pero también el que describe Brazil (Terry Gilliam, 1985) o el universo que presenta Dune (David Lynch, 1984). Sin embargo, también hay filmes de otros géneros que han sabido hipnotizar de la misma manera gracias a ese particular, como Tigre y dragón (Ang Lee, 2000), El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) o Amelie (Jean-Pierre Jeunet, 2001). Entre estas últimas, se encuentra la cinta que nos ocupa.  




   En efecto, El cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987) nos presenta una ciudad poblada por miles de ángeles. Estos, invisibles al ojo humano, caminan entre los hombres con el propósito de ayudarlos en sus tribulaciones. Para ello, les basta con acariciar su espalda o con sentarse a su lado, ya que su sola presencia les otorga la luz del consuelo.

   Cierto día, sin embargo, uno de estos ángeles le manifiesta a su compañero el deseo de convertirse en una persona. El motivo es que quiere ver el mundo como lo hacen los hombres y, por ende, compartir con ellos su destino. El paroxismo de este anhelo llega cuando se enamora de una mujer, con la que quiere compartir su posible vida mortal.




   Indudablemente, lo más enriquecedor del film es la imagen de esos ángeles caminando entre nosotros y auxiliándonos en nuestras dificultades. Resulta entrañable y esperanzador comprobar cómo no dan por perdida a ninguna persona, puesto que la acompañan en todo momento con el propósito de salvar su vida. Aunque también describe la realidad humana, que es libre para escuchar su consuelo y para rechazarlo, como insinúa el suicida que cubre sus oídos con los auriculares.

   Pero también son impresionantes las disertaciones acerca de la vida que hacen tanto los hombres como los ángeles. Especialmente profundas son las del protagonista, Bruno Ganz, que aspira a disfrutarla como ser humano. Para ello, no se centra solo en las cosas materiales de las que podría gozar, sino también en lo que ya pasa desapercibido para nosotros, como las sensaciones y los sentimientos. Resulta impagable y emocionante que desee asimismo experimentar las limitaciones humanas, que se manifiestan sobre todo en la enfermedad y en la muerte. 




   La película sobrecogió de tal manera al espectador que su responsable afrontó una secuela varios años después: ¡Tan lejos, tan cerca! (Wim Wenders, 1993). En ella, aunque retomaba los personajes que habían dado pie a su anterior obra, los enfrentaba a una situación diferente: el mal. Ciertamente, aunque el amor por la vida podía ser entrevisto aún en el largometraje, este se centraba en cómo la maldad era capaz de arruinar la existencia del hombre.

   Para ello, el film arranca con un ángel que se plantea la posibilidad de ayudar físicamente a las personas. A lo largo de su vida espiritual, ha podido sugerir esperanza y bondad en ellas, pero no siempre las ha auxiliado, ya que estas gozan de libertad para aceptar o rechazar sus sugerencias. Él piensa, no obstante, que lo conseguiría si fuese de su misma naturaleza.

   Sin lugar a dudas, la película supera la original. En efecto, propone un mismo y fascinante mundo poblado por ángeles, pero profundiza en la libertad del hombre, que solo había sido insinuada en aquella. Además, y aunque describe con mucho detalle hasta qué punto se puede corromper una persona gracias a sus decisiones erróneas, es un canto bellísimo al amor y al libre albedrío. Por otro lado, afirma explícitamente que los ángeles provienen de la voluntad de Dios, un dato que no aclaraba El cielo sobre Berlín y que la hace todavía más emotiva. 




   La fascinación casi hipnótica de este cosmos angelical fue confirmada por el cine norteamericano algunos años después. En efecto, adaptando la historia de amor que cerraba el film original, pudimos ver City of Angels (Brad Silberling, 1998). Pese a que relegaba aspectos tan profundos como las disertaciones que pululaban en los otros dos títulos, contó con muchos aciertos. Entre ellos, destaca la controversia suscitada en la científica mente de la protagonista, que es médico, cuando se enamora de un ángel, es decir, de un ser que no debería existir.

   A mi juicio, pues, estos tres filmes nos proponen un mundo arrebatador, que difícilmente olvidará quien los haya visto. Además, nos otorgan una esperanza que tal vez hayamos perdido, puesto que nos indican que no estamos solos y que el Amor, que es más grande que todos nosotros, nos acompaña siempre. Por último, y en consecuencia, este universo resulta más cautivador cuando descubrimos que no es imaginario, sino que se trata de la realidad que nos circunda.



domingo, 11 de diciembre de 2016

Hasta el último hombre

   Hace unos meses, dedicamos un extenso artículo a Mel Gibson en este mismo blog (aquí). El motivo era el estreno de su última película como intérprete, Blood Father (Jean-François Richet, 2016). Como veíamos en dicha crónica, este largometraje fue acogido por el cineasta como una confesión de su propio pasado, puesto que, igual que él, el protagonista de la cinta luchaba por desprenderse de sus antiguos problemas con las drogas y el alcohol; asimismo, pretendía recuperar la vida familiar que estos habían arruinado. Al final del escrito, además, anunciábamos la inminente llegada de su siguiente film a nuestras pantallas, la presente Hasta el último hombre (ibíd., 2016), que intentaba ser su regreso definitivo al mundo del espectáculo. Pese a las excelentes críticas que está recabando, no se trata de su mejor obra (reconocimiento que tal vez merezca Braveheart), pero sí de un título muy personal que aquí procuraremos analizar.



   
   La película narra la hazaña emprendida por el soldado Desmond Doss en el asalto a la colina de Hacksaw, en Okinawa, durante la Segunda Guerra Mundial. En su firme propósito de no tocar un solo arma por motivos de conciencia, salvó la vida, sin embargo, a muchos de sus compañeros a lo largo del cruento combate. Esta heroicidad fue recompensada con la medalla de honor del Congreso, que es la máxima condecoración que puede otorgar el presidente de los Estados Unidos a un miembro de sus Fuerzas Armadas. De esta manera, Doss se convirtió en el primer objetor de su país en recibir tal galardón.

   Como hemos indicado, nos encontramos ante el regreso a la dirección del siempre controvertido Mel Gibson. Desde que estrenara su magistral Apocalytpo (ibíd., 2006), se había mantenido apartado de las cámaras con el fin de recuperarse de una biografía marcada por los excesos. Precisamente durante la presentación de este largometraje, fue arrestado por conducir ebrio y por encararse al agente de Policía que lo detuvo. Sin embargo, lejos de amilanarse o de truncar su vida por completo, asumió su equivocación y procuró resarcirla concurriendo a un programa de autoayuda para alcohólicos, decisión que lo auxilió a superar el grave trance por el que pasaba (tanto fue así, que los jueces del caso elogiaron públicamente su comportamiento y su buena disposición).    

   Durante ese período, Mel Gibson fue objeto de desprecio por parte de sus colegas cinematográficos, que lo abandonaron a su suerte cuando se destaparon sus comentarios acerca de los inmigrantes, de los judíos y de los homosexuales (aquí). De hecho, nadie que anteriormente se considerase su amigo quiso testificar a favor suyo cuando aquellas se filtraron (aquí). Pero este desamparo solo fue el colofón de una problemática que había nacido cuando estrenó La pasión de Cristo (ibíd., 2004). Efectivamente, este largometraje había sido denunciado por la comunidad israelí como antisemita (aquí), hecho que a la sazón volvió a la palestra y sirvió para ridiculizarlo a él y para ridiculizar la fe que profesaba.




   Por este motivo, la analogía que Gibson establece entre él mismo y Desmond Doss es evidente. Por un lado, tenemos al soldado estadounidense, que, por mantenerse fiel a su credo, recibe los ultrajes de sus compañeros; por el otro, a un cineasta que nunca ha abjurado de su fe, pese al desprecio al que es sometido por culpa de esta y a la orfandad a la que fue condenado durante la etapa citada en el párrafo anterior. Asimismo, es un hombre consciente de su notable talento y de los obstáculos que este encuentra debido a su condición religiosa (aquí), como el citado Desmond tropieza con los impedimentos de sus conmilitones cuando destaca sobre ellos gracias a sus aptitudes físicas (algo que aquellos no soportan, puesto que no entienden que alguien así se niegue a disparar un arma). Por último, y del mismo modo que el héroe norteamericano salvó la vida de aquellos que lo habían injuriado, él ha entonado su particular arrepentimiento y no ha demostrado ningún tipo de rencor a quienes lo abandonaron cuando más necesitaba de ellos (aquí).   

   Particularmente, opino que la infamia contra Mel Gibson es más grave cuando repaso los diferentes escándalos que han cometido sus colegas de Hollywood, a quienes parece que se les han perdonado sin reparo aun siendo muchos de ellos de mayor calado que los protagonizados por él (aquí y aquí). Por supuesto, no quisiera ensalzar como mártir moderno al cineasta, ni siquiera justificar sus pecados, aunque de ellos no nos libremos ninguno de nosotros; pero sí me gustaría limpiar su imagen, abusivamente dañada por unos medios tendenciosos, que han pretendido arrinconarlo en una esquina del actual cuadrilátero artístico. Por este motivo, retomando esa semejanza que él mismo establece con Desmond Doss, me gustaría que al final fuera reconocido de nuevo por su labor, y que aquellos que algún día lo vituperaron, aplaudan otra vez su regreso a la gran pantalla. 



lunes, 28 de noviembre de 2016

Cinema Paradiso

   No sabría decir cuál es mi película favorita, pues este reconocimiento ha ido variando a medida que he cumplido años. De esta manera, comenzó siendo Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941), pues es el primer film que recuerdo haber visto en una pantalla de cine (aquí); posteriormente, cuando ya el séptimo arte se había convertido en mi pasión, fue desbancado por las (entonces) trilogías de Indiana Jones y La guerra de las galaxias, rebautizada hoy con el nombre de Star Wars (aquí); más adelante, en mi etapa contestataria, La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) y El club de la lucha (David Fincher, 1999), y actualmente son todos aquellos largometrajes que enlazan con el niño que fue creciendo con todos ellos. Entre todos los que son, descuella Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988).




   Como cualquier aficionado sabe, esta película narra la historia de Salvatore Di Vita (Jacques Perrin), un renombrado cineasta italiano que vuelve a su pueblo natal para asistir a las exequias de su amigo Alfredo (Philippe Noiret). A partir de ese momento, el metraje se convierte en una larga analepsis que nos muestra la infancia y la adolescencia del citado director. Gracias a ella, descubrimos la profunda amistad que lo unía a aquel, el primer amor que experimentó, y que lo marcó para siempre, y, sobre todo, su intenso romance con el celuloide.  

   Mi favoritismo por esta película nace como consecuencia de la identificación con el entrañable Salvatore, que es conocido durante su infancia por el seudónimo de Totó (Salvatore Cascio). En efecto, del mismo modo que él, siempre que recuerdo mi niñez, lo hago embebido en un film, frente a una pantalla de cine o ante un viejo televisor. En aquella época, no me importaba quién dirigía una película, quién la interpretaba o en qué año se había rodado, sino que mi preocupación se centraba en la historia que me contaba y el modo en que esta enriquecía mi fértil imaginación: un elefante que podía volar, un arqueólogo que vivía mil peripecias o una batalla espacial que acontecía en una galaxia muy lejana.




   Pero estas historias no solo consolidaron las aventuras con las que yo soñaba de niño, sino que también me ayudaron a forjar los sentimientos que la adolescencia me exigía, como al joven Totó del film (Marco Leonardi): mis nuevas aspiraciones, la relevancia de mis amistades, mis crecientes pasiones, mis constantes desilusiones, mis hondas cuitas y mis intensas alegrías. De esta manera, cuando el amor me asaltó por primera vez, fui incapaz de detallarlo sin referirme a alguna película que ya me lo hubiera mostrado con anterioridad; tampoco habría podido conquistarlo y mantenerlo sin las instrucciones que el celuloide me había dictado, y no pude llorarlo cuando se fue sin evocar alguna triste secuencia que me impulsara a sobrellevar la vida sin él.

   Por esta razón, si tuviera que elegir mis escenas favoritas de este largometraje, optaría por las dos que aún me conmueven cuando las veo. La primera es aquella que nos muestra el encuentro entre Totó y Elena (una guapísima Agnese Nano), a quien aquel graba a escondidas con su tomavistas, verdadero depositario de su amor más profundo; la segunda, relacionada con esta, aquella en la que el cineasta, ya adulto, observa esa misma grabación proyectada sobre la pared de su dormitorio. En este último caso, la amarga lágrima que deja caer mientras contempla dichas imágenes es el epítome de una vida que ha presenciado el desmoronamiento de las ilusiones construidas durante la adolescencia.
   



   Posiblemente por este luctuoso motivo, Giuseppe Tornatore, su director, quiso mostrar al público el montaje original de la cinta. En él, Totó buscaba a su amada Elena después de haberla visto otra vez en la mencionada proyección. Sin embargo, pese a las expectativas de aquel, esta se niega a reanudar la historia de amor que ambos comenzaron, puesto que la vida los ha conducido hacia destinos muy diferentes. Por tanto, a pesar de la esperanzadora premisa de esta edición, la película concluye de nuevo con la amargura propia de una ilusión perdida.

   Pero no debemos ver en ello una visión apesadumbrada de la realidad, sino precisamente una descripción muy fiel de ella, puesto que nuestra vida se construye a veces sobre las ruinas de un sueño muy querido. Así, es el primer amor el que articula y moldea los siguientes, de manera que estos no dejan de ser una búsqueda y una perfección de lo que se alcanzó con aquel; y son las primeras aspiraciones las que forjan las sucesivas, ya que, durante la infancia y la adolescencia, nos apasionamos más por ellas y, en consecuencia, aprendemos a dar la vida por un ideal o por una persona.

   Este es el motivo por el que Cinema Paradiso siempre se encuentra entre los diferentes listados de mis películas favoritas. No se trata de una simple historia acerca de un niño aficionado al cine, sino de una veraz biografía en la que entran en juego el amor, la amistad y la desilusión. Estos tres son los sentimientos que han marcado mi vida en algún momento de su desarrollo, y son los mismos, a la vez, que han sabido edificarla. Por tanto, pese al tiempo que transcurra, siempre me veré reflejado en Totó, que hizo del cine su primera pasión y aprendió con él a forjar todas las demás. 





sábado, 24 de septiembre de 2016

Los siete magníficos (2016)

   Cuando analizamos Cazafantasmas (aquí), decíamos que un buen remake no es aquel que sigue punto por punto los derroteros de su predecesora, como la horrorosa Psycho (Psicosis) (Gus van Sant, 1998); tampoco es aquel que intenta superar al original, que es una manera de despreciarlo, como ocurre con la terrible Conan el bárbaro (Marcus Nispel, 2011). Un buen remake, por el contrario, es aquel que, o bien ofrece la misma historia de la primera película desde una perspectiva distinta a la que esta presentaba, o bien la actualiza debidamente, es decir, respetando su esencia, pero adaptándola a los tiempos que corren, como sucedía con La mosca (David Cronenberg, 1986) y con La cosa (The Thing) (Matthijs van Heijningen Jr.). Por fortuna, la nueva Los siete magníficos (Antoine Fuqua, 2016), que ha llegado esta semana a nuestras pantallas, se integra dentro de esta última opción, por lo que podemos decir que se nos ofrece como una película muy recomendable.




   Antes de centrarnos en ella, no obstante, conviene recordar que su predecesora, de homónimo título, ya se basaba en un film imprescindible para cualquier cinéfilo: Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954). En ambas películas, contemplábamos la historia de un grupo de hombres que, pese a encarnar el modelo de virilidad de sus respectivos países de origen, es decir, el samurái en la obra nipona y el cowboy en la americana, se sentían abatidos por el peso de sus pecados, cometidos, sobre todo, a lo largo de una vida pasada, de la que desean desprenderse; de esta manera, la orgullosa masculinidad de cada uno de ellos estaba enterrada bajo la humillación de su propia vergüenza. Pero, a la vez, veíamos cómo esa vida, que se les había tornado tan onerosa, les brindaba una oportunidad para liberarse de la condena que ellos mismos se habían infligido: ubicarse en el lado del débil, a quien ellos, probablemente, también extorsionaran en el pasado, y defenderlo del asedio del poderoso, facción que ellos habrían apoyado (es por ello que ninguno de los siete, en ninguna de las versiones, se plantea en serio la recompensa de los aldeanos, sino que aceptan con gusto el trabajo por lo que significa para ellos).

   Afortunadamente, y como hemos indicado, Antoine Fuqua, que otrora dirigiese las irregulares Asesinos de reemplazo (1998) y Training Day (Día de entrenamiento) (2001), respeta la esencia de ambos filmes, que es, por otro lado, la eterna historia del hombre que busca su redención, y lo hace con mucho acierto, pues en su película está más presente que en la obra de Sturges (no así que en la de Kurosawa, pues este es el evidente leitmotiv de su extenso metraje). En efecto, en esta podemos ver una descripción rápida, pero detalla, de la pesadumbre que persigue a cada uno de los protagonistas (especialmente, al personaje interpretado por Ethan Hawke, mejor perfilado que el que abordase su alter ego Robert Vaughn en la versión de 1960, quien teme la muerte que él mismo ha proporcionado en infinidad de ocasiones) y su deseo, por tanto, de encontrar el alivio que necesitan; pero también podemos ser partícipes de la omnipresencia de la iglesia como lugar de refugio y de salvación, y de, por ejemplo, una melodía que silba Denzel Washington como seña de identidad y que es, en verdad, un anhelo por librarse de la carga que porta sobre su alma.




   La película, como también hemos insinuado, tiene elementos modernos en su guion, que, bien mostrados, como hemos dicho, son prueba de un excelente remake. En este caso, lo encontramos en la figura del villano, que ahora representa el capitalismo atroz, que devora sin misericordia a los pueblos débiles en su propio beneficio; también lo encontramos en el personaje de Haley Bennett, ejemplo de la mujer fuerte e independiente (¡eso sí que es verdadero feminismo, y no el exhibido por Cazafantasmas!), y en el grupo de los siete, que son un plantel interracial de las comunidades étnicas que moran en los Estados Unidos (principalmente, orientales, hispanos, indios y negros, o afroamericanos, por seguir en la línea de lo que es correcto a nivel político). Esto último desemboca en una graciosa tesitura, a la que también se enfrentó la nueva versión de El libro de la selva (aquí): como dicho grupo es una representación de las culturas que viven en América, todas y cada una de ellas deben ser respetadas, y ninguna, por tanto, debe sentirse discriminada (en adelante, spoiler); por este motivo, en la matanza final, común a sus predecesoras, son asesinados TODOS los blancos, por lo que sobreviven todos los que no los son (excepto el chino, que debe de formar parte de una comunidad que traga con lo que le echen). Solo tenemos que ver los disturbios que hay actualmente en Norteamérica a causa de los negros asesinados, para imaginar qué habría sucedido si, en el film, también hubiese fallecido Denzel Washington...

   En definitiva, Los siete magníficos, versión 2016, es un buen largometraje, que respeta la esencia de su predecesora y que la actualiza de manera correcta, por lo que pueden disfrutar de ella tanto los recalcitrantes del clásico como aquellos que no lo han visto nunca: los primeros gozarán de las referencias que existen a aquel, incluida en su banda sonora; los segundos, de un humor socarrón que ya estaba presente en aquella y de una aventura trepidante y entretenidísima. Sin duda, es un buen remake.



       

lunes, 29 de agosto de 2016

¿Para qué vivir?

   Reconozco que no sé por qué continúo hojeando El País: cada vez que lo hago, leo en él alguna información o algún reportaje que me enfada. Esta vez, se trata del que le han dedicado, en la edición digital de hoy, a la deportista paralímpica Marieke Vervoot (aquí). En sus líneas, como no podía ser de otra manera, a tenor de las apologías a la que dicho diario nos tiene acostumbrados, nos tropezamos con una defensa sin tapujos del suicido o del suicidio asistido, que es como se ha denominado en algunos momentos a la cruel práctica a la que alude; ciertamente, ninguno de los dos términos aparece ni por asomo en el texto, ya que la tolerante sociedad actual no soporta que le recuerden la existencia de palabras crudas o explícitas que le evoquen la dureza de la vida (o, en este caso, de la muerte): es por ello que usa el más aceptado y hasta benévolo de "eutanasia", que, a un nivel etimológico, se traduce algo así como "buena muerte" o "muerte dulce", pero que los paladines de la misma prefieren interpretarlo como "muerte digna".

   En efecto, a pesar de que en los primeros renglones del texto podemos leer un estupendo elogio a esta mujer, que, no obstante su enfermedad, que comenzó cuando solo contaba con catorce años de edad, ha sabido superar sus limitaciones, obteniendo incluso un par de medallas en los Juegos Olímpicos de Londres (2012), muy pronto llegamos a la manida falacia ad misericordiam que siempre esgrimen los caritativos abanderados de este crimen encubierto; así, y siguiendo este hábito, durante la lectura del escrito, somos acechados por pertinaces estocadas emponzoñadas de lágrimas que apuntan directamente a nuestro débil corazón, de manera que no solo comprendamos las motivaciones de la sujeta, sino que también las apoyemos y hasta que roguemos por su asesinato (eso sí, de forma poco desagradable, porque a ninguna persona que respalda la muerte de otra le gusta que la denominen "asesina"). Pero hay otra perversa finta en este artículo que, desde hace un tiempo, es usada con maestría por los bienhechores de este compasivo suicido (sigo preguntándome por qué, si tanto les gusta, no se quitan ellos mismos de en medio): el heroísmo. Es decir, el hombre o la mujer que se mata es hogaño el ejemplo que todos debemos aplaudir y, en un brete determinado, seguir.




   Todo esto me recuerda a la polémica que trajo consigo el suicido del tristemente famoso Ramón Sampedro, el cual, según las crónicas periodísticas del momento, fue el primer ciudadano español que solicitó de manera abierta dicha práctica sobre sí mismo, así como la inocencia de aquellos que se la administrasen (en este caso, la de su amiga Ramona Maneiro, que le facilitó una dosis mortal de cianuro potásico). Aún me acuerdo de cómo se hacían eco de esta penosa reivindicación los mass media del año 1998, ofreciéndonos insistentes bitácoras sobre la azarosa jornada del gallego, numerosos op-eds en los que, mayoritariamente, se abogaba a su favor, y cuantiosos vídeos caseros en los que él impetraba la misericordiosa muerte a una España anclada en la carcunda más rancia (hasta en mi casa debatíamos acerca del pobre tetrapléjico, postrado sin remedio en el eterno colchón de su alcoba). Por supuesto, mediante su gesto, solo consiguió impulsar una problemática que no ocupaba a casi nadie, pues aún está prohibida la eutanasia activa en nuestro país, y granjearse una canonización laica entre sus adláteres y demás eutanasiadores (como ejemplo, tenemos el busto que lo consagra en la playa de las Furnas y la película Mar adentro, del cineasta Alejandro Amenábar, que nos describe su hagiografía como si de una moderna Catalina Emmerick se tratase).

   Particularmente, estoy harto de héroes así, que hoy son equiparados con un Superman cualquiera (¡como si el kryptoniano decidiera morir cuando dejase de volar!); por el contrario, me parecen más dignas de aplauso las personas que, aun encontrándose en situaciones de similar o de mayor gravedad, resuelven enfrentarse a ellas con una valentía y con un arrojo encomiables (por ejemplo, admiro a Aron Ralston, que pese a su desgraciado estado, supo sobreponerse a la desesperación y valorar su vida más que la de su extremidad, como vemos en la excelente 127 horas, de Danny Boyle). Asimismo, me llenan de emoción los filmes que, siendo ficción, nos presentan como modelos a personajes que no sucumben a la tristeza o a la autocompasión, sino que arrostran ambas con inusitada fiereza, obteniendo, de este modo, la recompensa de su propia vida, como nos enseñan el Matt Damon de Marte (The Martian) (Ridley Scott, 2015) (ver reseña aquí) o la Sandra Bullock de Gravity (Alfonso Cuarón, 2013).




   Por tanto, mientras que los que pugnan a favor del suicidio asistido y subvencionado erigen como héroes modernos a personas que han caído bajo el poder de la pena o de la desesperación, yo prefiero tener como ejemplo a aquellas que se superponen a ellas y ven un hálito de confianza en cada sol que nace por la mañana; mientras que ellos aseveran que inocularse una inyección envenenada es la muerte digna a la que todos aspiramos, yo denuncio que la auténtica dignidad en una muerte es la que acontece siendo cuidado y atendido hasta el final por las personas a las que amamos y que nos aman (¡aunque solamente sea la enfermera que esté de turno esa noche, que ama su trabajo y, a través de él, a todos los pacientes!), y, por supuesto, defiendo que la vida debe ser exprimida y luchada hasta la última gota, pese a que la agonía no le agrade a nadie, pues es un hermoso regalo que siempre oculta bellas sorpresas y del que, por ende, no debemos desprendernos hasta que nos sea reclamada. Para terminar, pues, y ya que estos defensores de la muerte siempre alardean de su cultura y menosprecian a los poco leídos, me gustaría citar una frase del clásico literario Crónicas marcianas (1950), del estadounidense Ray Bradbury (1920-2012): "Los hombres de Marte se preguntaban: "¿Para qué vivir?". La respuesta era la vida misma".       



viernes, 19 de febrero de 2016

El renacido (The Revenant)

   Dedicamos la última entrada de este blog a la Cuaresma, el tiempo litúrgico en el que actualmente nos encontramos (aquí). Como explicamos en ella, es el período que la Iglesia católica dedica a la oración y a la penitencia, pues conmemora el importante hecho del exilio de Jesús en el desierto, momento que podemos ver en El evangelio según san Mateo. Tal vez no sea casualidad, pues, que recientemente haya llegado a nuestras pantallas El renacido (The Revenant), film que, sin identificarse con el género religioso, aborda su temática, ya que ofrece al espectador una certera visión de lo que este tiempo litúrgico supone para el cristiano.

   Efectivamente, la película que hoy nos ocupa relata grosso modo las peripecias de un aventurero que, habiendo sobrevivido al ataque de un animal, se encamina hacia su hogar; por supuesto, a lo largo de su periplo se topará con multitud de dificultades, que intentarán impedir dicho retorno, pero que él superará gracias a este anhelo. A pesar del ímprobo esfuerzo, el protagonista descubrirá que las sendas que realmente ha recorrido en su viaje son las que vertebran el interior de su espíritu, ya que este se verá abocado a un colofón que ni siquiera había previsto.



   Cuando tratamos Los diez mandamientos, apuntábamos que el pueblo de Israel abandonó la esclavitud de Egipto, para encaminarse a través del desierto hacia la Tierra Prometida, donde habitaría eternamente si cumplía los preceptos de la ley divina; a la vez afirmábamos que, para restaurar los pecados cometidos por dicho pueblo a lo largo de ese tiempo, Cristo se aisló en el mismo lugar, donde fue fiel a la observancia contra la que aquel atentó. Desde ese instante, la tradición eclesiástica ha visto en el éxodo judío una imagen de la vida del propio cristiano, ya que este debe liberarse del sometimiento de su propio pecado, para dirigirse hacia la patria definitiva, que es el cielo; asimismo, y como señalamos, ve en el exilio de Jesús el ejemplo que ha de adoptar aquel en su andadura, ya que en esta aparecerán multitud de peligros a los que él deberá hacer frente.

   En El renacido (The Revenant) vemos cómo también su protagonista emerge de la tumba en la que ha sido levemente inhumado, pues el pecado mata al hombre, aunque no entierra por completo su libertad; como el pueblo judío, y como cualquier cristiano, pues, abandona ese inerte estado, para alcanzar el de la vida, que solo puede ser hallado en el hogar del que salió (curiosamente, aquel cubre su desnudez con la piel del oso, que ha sido instrumento de su condena, como el cristiano anda por su sendero con la marca de la cruz, que es, a la vez, señal de pena y de triunfo). Por fortuna, no recorrerá este camino en la soledad, ya que siempre lo acompañan la idea de un padre protector, que el cristiano identifica con el Dios providente, y la imagen de un árbol fuerte que se mantiene erguido en cualquier tormenta, algo que el cristiano equipara con su propia fe, que se enraíza en lo más profundo de su alma y que arroja sus ramas al cielo con la esperanza de una vida mejor.    



   El cristiano sabe que esa vida mejor está al final del camino que él mismo debe recorrer con la ayuda de Dios, quien lo espera para otorgarle su abrazo misericordioso. Es posible que esta sea la verdad que el protagonista descubre en su propia aventura, pues, no obstante el haber retornado a su hogar, halla la auténtica paz cuando concede el indulto al asesino de su hijo; con este piadoso gesto, pues, no solo se desunce del yugo del odio, que corroía su espíritu, sino que obtiene su anhelado sosiego.
  
   Como el protagonista del relato, también el cristiano combate en esta vida por alcanzar esa paz eterna que Dios le promete, pero de la que ya puede participar en este mundo si vive conforme al corazón de Jesucristo, que se caracteriza por su piedad. La Cuaresma es el tiempo propicio para recordar esta verdad, que el cristiano está llamado a vivir; por este motivo, este largometraje sirve de excelente acicate para ello.




jueves, 12 de noviembre de 2015

Kung-fu... ¿Panda?

   Reflexiones de un páter cinéfilo también está abierto a colaboraciones de sus lectores. Para participar en el blog, pónganse en contacto conmigo a través del formulario que aparece en el margen del mismo.
   A continuación, una de las citadas colaboraciones:


   No pocas veces, vemos ejemplos de películas hechas, al menos en apariencia, para niños, pero que, de fondo, contienen un mensaje que difícilmente un niño podría percibir. Un ejemplo reciente de esto es la magistral Del revés (Inside Out), de los estudios Pixar, película ya abordada en este mismo blog. Creo que Kung-Fu Panda también cumple esta característica de cine infantil con un fondo adulto.
 

   El film nos presenta la historia de un oso panda llamado Po. Este vive enamorado del kung-fu, y sueña con llegar a ser como sus héroes de la infancia, cinco grandes maestros de dicho arte marcial, algo que logra, por supuesto, tras una hilarante y particular odisea. Sin embargo, y aunque Po es de vital importancia en el desarrollo del metraje, este parece girar realmente alrededor de otro personaje, que es quien nos va a acompañar en lo que creo que se puede presentar como el fondo de la película, que es el nada sencillo tema de la formación y acompañamiento personal. Este personaje es Chi-Fu, el mapache. La película, pues, nos presenta dos formas negativas de vivir dicho acompañamiento, y dos formas positivas.
 



   En un primer punto, se puede ver la historia entre Chi-Fu y Tai-Lung, el leopardo. En las escenas que cuentan el pasado entre ambos, se puede extraer un gran peligro, que es el de la falta de objetividad: Chi-Fu se proyecta en su hijo-discípulo, es decir, trata a Tai-Lung desde sí mismo; de este modo, llevado por el orgullo y por el cariño que le tiene, cree que Tai-Lung debe ser el guerrero del dragón, y, como él mismo expresa en la película, no ve en qué se va convirtiendo verdaderamente su discípulo. Lo curioso es que Tai-Lung justifica sus actos culpando a su maestro, diciendo que fue él quien le metió en la cabeza que sería el elegido. La historia, pues, empieza con la inocencia de un Tai-Lung de niño que se convierte en la soberbia de un adulto que cree merecer lo que no le corresponde. Por tanto, cuando esto le es negado, reacciona como se ve en la película, es decir, rebelándose, y, como Chi-Fu es incapaz de detenerlo, es finalmente Hu-Wei, la tortuga, quien lo hace.
 

   En un segundo punto, se puede extraer el peligro diametralmente opuesto al anterior. Esto se ve claramente en la relación entre Chi-Fu y los Cinco Furiosos. La relación con Tai-Lung lo ha cambiado profundamente. Primero, vemos un Chi-Fu cariñoso, cálido y amable; después, lo vemos frío, implacable, incapaz de dar una mínima muestra de afecto (desde la primera escena, en la que salen juntos, se ve con claridad). En última instancia, la actitud de Chi-Fu es la misma, aunque lo manifieste de forma diferente: Chi-Fu vive desde sí mismo; su mala experiencia hace que tenga una actitud tan dura con los Cinco Furiosos y con Po. Cuando llega al Templo de Jade, Chi-Fu no soporta a Po, cree que es imposible que pueda ser el Guerrero del Dragón, y se niega a entrenarlo, intentando, por todos los medios, que se vaya.
 


 

   Esto cambia gracias a la otra actitud que, curiosamente, también muestra el propio Chi-Fu. Esta actitud es la de mirar al otro; es la relación con su maestro, Hu-Wei. En las distintas partes en la que se los ve juntos, se nota que, a pesar de no comprenderlo muchas veces, le hace caso, porque lo respeta, y, lo más importante, porque confía en él. Muy especialmente se ve esto en la escena en la que Hu-Wei muere. Cuando le pone el ejemplo del melocotón, intenta hacerle ver que tiene que aprender a mirar hacia fuera, dejar de pensar en lo que quiere. Finalmente, Chi-Fu, aunque se muestra a veces terco y soberbio (“puedo controlar la caída, dónde plantarlo…”), cede ante la respuesta de su maestro (“pero siempre te dará un melocotonero”). Al volver a plantearle el problema de que es imposible que Po se enfrente a Tai-Lung, ante la respuesta de su maestro (“a lo mejor sí que puede, si estás dispuesto a guiarlo y a educarlo”), Chi-Fu le promete que creerá en Po.
 

   Es muy bonito, y tal vez el punto más fuerte de la película, el cambio de mentalidad de Chi-Fu y su influencia en Po: el maestro experimenta, por un lado, la sensación de vértigo por no saber muy bien cómo actuar, ya que ha “perdido” a su maestro; se siente solo y se ha dado cuenta de que educar a alguien no es meterlo en un molde. Por otro, experimenta la gran emoción de lo que significa verdaderamente la educación, es decir, un crecer mutuo (una frase que vale su peso en oro es la de Chi-Fu a Po: “Tendrás que aprender a confiar en tu maestro de igual modo que yo aprendí confiar en el mío”): nadie nace sabiendo ser padre, o profesor, o sacerdote, o lo que sea; se aprende haciéndolo. No pocas veces resulta frustrante este proceso: cabe pensar en unos padres que ven cómo sus hijos no son como a ellos les habría gustado que fuesen, o en un sacerdote que ve cómo una de sus almas no avanza tanto como él quisiera. De fondo, no pocas veces es el reflejo de la actitud de ver en el otro una oportunidad de realizase a uno mismo, en vez de mirar al otro y tratar que dé lo mejor de sí mismo. Creo que es la idea más importante: sin ayuda, no se crece, y, de un modo u otro, todos estamos llamados a ser guía de otros (los padres, de sus hijos; los curas, de sus fieles, etc.), de igual modo que otros nos guiaron y nos siguen guiando.
 
 
Javier Orozco de Donesteve