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domingo, 17 de septiembre de 2017

Fences

   Si la semana pasada abordábamos la relación paternofilial que proponía la cinta Últimos días en el desierto (Rodrigo García, 2015) [aquí], hoy debemos acometer la maternofilial. Para ello, sugerimos la película Fences (Denzel Washington, 2016), tercera incursión del célebre actor de El vuelo (Flight) (Robert Zemeckis, 2012) como realizador tras Antwone Fisher (id., 2002) y The Great Debaters (id., 2007). Se trata de un largometraje denso, pero muy provechoso, por lo que optó al premio a la mejor obra del año en la última edición de los Óscar. Desgraciadamente, se vio ensombrecido por la inferior Moonlight (Barry Jenkins, 2016), aunque recibió su justo galardón a la mejor actriz secundaria, Viola Davis, que interpreta a la madre y esposa que aquí queremos analizar hoy.




   Troy Maxson (Denzel Washington) es un padre de familia negro con un pasado glorioso en el mundo del béisbol, pero que actualmente trabaja como basurero en su ciudad. Él acusa a los blancos de su suerte, por lo que ha cultivado durante mucho tiempo un odio muy grande hacia ellos, rencor que ha procurado inculcar en los suyos. Lo acompañan su esposa Rose (Viola Davis) y sus hijos Lion (Russell Hornsby) y Cory (Jovan Adepo), con quienes mantiene una relación distante; además, cuida esporádicamente de su hermano Gabriel (Mykelti Williamson), que volvió de la Segunda Guerra Mundial con serios problemas mentales.

   Como hemos dicho arriba, la película fue presentada en la última edición de los Óscar, pero no obtuvo el reconocimiento merecido, pese a que se ubicaba en un contexto idóneo para ello. En efecto, a nadie le pasa por alto que la Academia de Hollywood ha querido congraciarse este año con la sociedad negra americana, que pasó desapercibida en las galas anteriores, definidas por aquella como "demasiado blancas" (aquí). De este modo, competían por el título cintas del calibre reivindicativo como esta que nos ocupa, la magnífica Figuras ocultas (Theodore Melfi, 2016) [aquí] y la mencionada Moonlight (suponemos que este año le tocará el turno a la reciente Detroit). Ciertamente, es posible que esta última incidiera más en los problemas raciales de los Estados Unidos que Fences, pero pensamos que el film de Washington, además de su cruda descripción de la vida cotidiana de una familia negra en dicho país, presenta un situación más asequible para el público de todo el mundo: la mujer como madre y esposa.




   En efecto, en una escena particularmente dura del metraje, Denzel Washington le confiesa a su esposa la frustración que siente a diario, pues piensa que ha echado a perder su propia vida; pero ella lo recrimina, advirtiéndole que nunca se ha separado de su lado, pese a las oportunidades que ha tenido para ello, por lo que su queja no tiene ningún sentido. De este modo, se erige como una mujer fuerte y consecuente, que ha sido leal a su esposo y a su familia a pesar de las múltiples adversidades que han experimentado juntos. Para él, ella es el ejemplo del cónyuge que no se amilana frente a la tribulación (¿recordáis el consentimiento mutuo del rito matrimonial: "Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad"?) , que no tira la toalla cuando las cosas van mal, que no desprecia a su marido cuando este pasa por malos momentos; es un ejemplo de perdón, de misericordia, de paciencia y de constancia; de la persona que alienta y tiene esperanza, que es optimista y que busca la alegría incluso en los peores instantes del matrimonio. Pero también es la buena madre que quiere a su prole, que comprende la tensión que media entre un hijo y un padre (en la cinta, es muy similar a la que aparece en Últimos días en el desierto), por lo que procura ser el eje amoroso de unión y comprensión entre el uno y el otro.

   Sin duda, la película toca otros temas de interés, como la barrera del título (recordemos que Fences significa precisamente "barrera"), una metáfora sobre los impedimentos que pone una persona en su relación con los demás. Pero el que aquí presentamos no debe pasar desapercibido, puesto que se trata de una lección magistral de lo que debe ser una esposa y una madre. Por desgracia, es un concepto de mujer de muy poco calado en la actualidad, ya que hoy se pretende buscar una realización femenina lejos de tales roles. Sin embargo, este es el motivo por el que aquí la recomendamos esta semana y por el que animamos a todos los lectores a que la mediten conforme a estos criterios.



lunes, 10 de julio de 2017

Día de patriotas

   El pasado 15 de abril se cumplieron cuatro años del atentado de Boston. En efecto, durante una de las maratones más famosas del mundo, dos bombas caseras estallaron en medio de la ciudad, causando multitud de heridos y tres muertos. De inmediato, los agentes de seguridad del Estado se pusieron manos a la obra para investigar lo ocurrido y localizar así a los culpables, objetivo que cumplieron pocas horas después. Posteriormente, el hecho se resolvió con el fallecimiento de uno de los autores y con el encierro del otro, algo que fue recibido con vítores por todo el pueblo norteamericano. Por esta razón, no es extraño que hoy llegue a nuestras pantallas este título, que homenajea a los héroes que intervinieron en esta hazaña y que rinde tributo a los que perecieron en ella.




   Respecto del argumento, poco se puede añadir a lo que ya sabemos. El largometraje cuenta la historia del oficial de policía Ed David (Mark Wahlberg), que investiga los acontecimientos citados arriba. Pero lo hace de manera exhaustiva, ofreciéndole al espectador un documental preciso más que una dramatización cinematográfica. De este modo, se suma a otras películas del género que siguieron su mismo derrotero, como World Trade Center (Oliver Stone, 2006), La noche más oscura (Zero Dark Thirty) (Kathryn Bigelow, 2012) o las recientes Snowden (Oliver Stone, 2016) [aquí] y Sully (Clint Eastwood, 2016). Ciertamente, el propósito de estas cintas consistía en relatar los hechos tal y como sucedieron, alejándose en lo posible de su interpretación, con el fin de divulgar la estricta verdad entre el público.

   Por supuesto, esta intención solo es comprendida desde la óptica norteamericana. Así, la industria hollywoodense siempre se ha sentido responsable del espectador, por lo que ha entendido que debe ofrecerle un tipo de cine que le ayude a enorgullecerse de su país (indudablemente, hablamos acerca del grueso de la industria, no de los títulos menores, que pueden ser más críticos con el sistema). Para ello, nunca ha dudado en presentarle personajes anónimos que han luchado por la libertad y el bienestar de su pueblo, como podrían ser sus propios vecinos, con el fin de hacerle ver que él mismo podría convertirse en héroe. Sin duda, esta es la idea que fundamenta las dos cintas de Oliver Stone, que muestran, respectivamente, la biografía de un hombre que vela por la independencia de los suyos y las gestas que sucedieron tras el atentado de las Torres Gemelas; la película de Bigelow, que narra la captura del autor de este último, empeñado en destruir el sistema de vida occidental, y el largometraje de Eastwood, que presenta a un piloto de avión cualquiera enfrentándose y superando una prueba complicada.

  


   En España, difícilmente hallaremos un título de estas características. Así, pese a las proezas diarias que todos conocemos, nunca el cine patrio verá la necesidad de reflejarlas en la pantalla grande. Por supuesto, ello se debe al acomplejado esnobismo que padece, pues considera que el arte que él representa está por encima de cualquier gesto patriótico; o que este es un reminiscente franquista que ya no tiene lugar en nuestro tiempo (léase la crítica de 1898. Los últimos de Filipinas: aquí). Sin embargo, no se percata de que lo que ha hecho poderoso a Estados Unidos ha sido precisamente el elogio a sus héroes, el recuerdo de su historia y el enorgullecimiento de sus signos; ni de que, a pesar del chovinismo del que acusa a este último, dicho sentimiento ha permitido que continúe abogando por la libertad y el bienestar de todos sus ciudadanos.

   En honor a la verdad, debemos apuntar que un título así ha asomado tímidamente la cabeza a la cartelera española de este año, Zona hostil (Adolfo Martínez, 2017), y que ha obtenido unos resultados aceptables; además, debemos hacernos eco del proyecto de animación que pretende dar a conocer la aventura de Magallanes y de Elcano (aquí), un film que será bien recibido cuando se estrene. Pero los aficionados que amamos nuestra patria todavía estamos esperando la película decisiva sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid (y no vale No habrá paz para los malvados, que afronta el tema de manera tangencial y casi a hurtadillas); sobre el secuestro de Ortega Lara, oculto durante más de un año en un minúsculo zulo etarra; sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco, tiroteado cobardemente en la nuca hace dos décadas, o sobre el gesto heroico de Ignacio Echeverría, que se encaró a un terrorista musulmán cuando este agredía a una mujer. Los espectadores conocerían la verdad de los hechos y todos nos enorgulleceríamos de sus protagonistas. Pero, como asegurábamos arriba, nunca veremos algo así en nuestras salas.   

   Por este motivo, considero que Día de patriotas (Peter Berg, 2016) es un film excelente, que no debería pasar desapercibido para nadie. No se trata de una simple narración de los hechos que conmovieron a Estados Unidos en 2013, sino también de un vivo retrato del orgullo que siente el pueblo norteamericano por sus héroes. Y es por último un ejemplo de lo que el cine español debería producir para sus espectadores.