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jueves, 11 de febrero de 2021

Madre Juana de los Ángeles

 

   La historia de la Iglesia está repleta de hechos curiosos, cuyas causas se pierden todavía entre las brumas de la incertidumbre. Es el caso, por ejemplo, de las endemoniadas de Loudun, en Francia. Y es que, en efecto, allá por el siglo XVII, un grupo de monjas ursulinas de esta localidad fue supuestamente poseído por toda una legión de demonios. El hecho alcanzó tal relevancia que hasta el mismísimo cardenal Richelieu se interesó por él e incluso ordenó que varios sacerdotes se dirigieran al convento, con el fin de liberarlo del presunto poder del maligno. Pero parece que en todo este asunto hubo también otro tipo de intereses, que actualmente ponen en duda el origen demoníaco.

   Corría el año 1617. A la sazón, el sacerdote Urbano Grandier, que ha sido ordenado recientemente, es enviado como párroco de San Pedro y canónigo de la Santa Cruz (ambas iglesias, en la citada ciudad de Loudun). Muy pronto alcanza gran fama entre sus feligreses gracias a sus ardorosos sermones, que exhortan a todo el mundo por su profunda teología y su notable piedad. Sin embargo, también recaba cierta popularidad como amante, puesto que no duda en dar rienda suelta a su pasión con las jovencitas del lugar. De este modo, deja embarazada a su propia discípula, de tan solo quince años, y contrae matrimonio con una huérfana pobre (en la ceremonia, él mismo ejerce de contrayente, sacerdote y testigo).

   Pese a esta vida disoluta, es reclamado como confesor por la madre Juana de los Ángeles, superiora del convento de ursulinas, que según se cuenta, está enamorada secretamente de él. Por desgracia para ella, el sacerdote declina la oferta, puesto que lo acucian otras preocupaciones, que no son religiosas ni sensuales, sino políticas, pues está embarcado en la defensa de la ciudad (y es que esta, donde conviven hugonotes y católicos, está en el punto de mira del cardenal Richelieu, que pretende su destrucción). Es por ello que quien responde al llamado es Mignon, que también es canónigo en la iglesia de la Santa Cruz, pero enemigo declarado de Grandier.

   Pasado un tiempo, Mignon afirma que el convento está endemoniado, pues sus monjas se confiesan constantemente de cometer pecados carnales. Y así, cuando es convocada para dar explicaciones, la madre superiora asegura que se trata de un hechizo de Grandier. Según ella, este trepa cada noche los muros del cenobio para poseerla a ella y poseer a las otras mujeres, que no pueden hacer nada para impedirlo. Por supuesto, el sacerdote acusado niega tales incriminaciones, pero como ya pesa sobre él esa fama de truhan, nadie le cree. Es por ello que el cardenal Richelieu ordena una investigación, en la que, en efecto, se le declara culpable y se le condena a morir en la hoguera.

 


 

   Como se suele decir en español: “Muerto el perro, se acabó la rabia”, pues esto es lo que parece que ocurrió. Y es que, en efecto, no bien fue incinerado el libidinoso sacerdote, las monjas quedaron libres del acecho del demonio. Pero no solo eso, sino que también la ciudad de Loudun quedó desamparada y Mignon creció en el favor de Richelieu. Es más, hay quien acusa a estos dos últimos de confabularse con la madre Juana de los Ángeles, para acusar a aquel y librarse de él, algo a lo que ella habría accedido por despecho. De este modo, lo que pretendidamente hubiera sido un extraño caso de posesión diabólica, se habría convertido en uno de desamor e histeria colectiva.

   Pese a esta interesante premisa, el cine solo se ha hecho eco de este asunto en dos ocasiones: en 1961, mediante la película Madre Juana de los Ángeles, y en 1971, con la cinta Los demonios. De entrambas, la que hoy recomendamos es la primera, puesto que la segunda, aunque pretenda ser más fiel al dato histórico, solo sirve de excusa para presentar un retrato pseudoerótico y blasfemo de lo que ocurrió en Loudun (y por ello actualmente es considerado un film de culto: cosas que tiene el séptimo arte). Bien es cierto que no se trata de un largometraje muy conocido, pero no por ello deja de ser interesante, pues parte de la base de que la posesión de las ursulinas fue real y que, por ende, todo el entramado que hemos señalado fue algo que añadió la historiografía posterior, siempre anticlerical.

   De esta manera, la película se inicia varios años después de que Grandier haya sido incinerado. A la ciudad francesa, es enviado el padre Suryn, un sacerdote con fama de santo, que ha de liberar al convento de la presencia demoníaca. Durante sus conversaciones con la madre superiora, el improvisado exorcista detecta que tal vez la posesión no fuera consecuencia de las malas artes de aquel, sino de las propias monjas, que habrían abandonado su vida de piedad y, por tanto, le habrían dejado la puerta abierta al diablo. Es por ello que él se empeña en que las religiosas vuelvan a la senda de su vocación, en vez de procurarles un auténtico exorcismo (aunque este también tenga lugar).

   Como decimos, no por poco conocida, la película deja de ser interesante, puesto que, en efecto, presenta un discurso muy acertado sobre la virtud, la tentación y el pecado. Y es que todo el desarrollo de la cinta pretende ser un llamamiento a la advertencia por parte de los consagrados –clérigos o monjas–, puesto que, conforme anuncia la Escritura, el maligno anda como león rugiente, buscando a quién devorar (cfr. 1 Pe 5, 8). En este sentido, es necesario que prestemos atención al personaje de la joven novicia que se escabulle cada noche a la taberna para hablar con la “gente del mundo”, o al del propio sacerdote protagonista, que ve cómo le afecta su trato con la madre Juana de los Ángeles.

   La película es de origen polaco, por lo que el cinéfilo encontrará en ella todo el sabor del cine nórdico, el mismo que nos cautivó mediante Ordet (La palabra), El séptimo sello o El manantial de la doncella, con la que mantiene ciertos puntos en común. Su director ya era bastante conocido en Polonia, pero no en el resto del mundo, por lo que esta cinta lo catapultó a la fama allende las fronteras de su propio país. De hecho, como este estaba aún bajo el yugo comunista, muchos críticos de la época entendieron que se trataba de una diatriba velada al ideario bolchevique. Pero, aunque no dudamos de que esto sea cierto, lo más interesante del film radica en esa advertencia que lanza a todos los religiosos (y por extensión, a todos los cristianos), que siempre están bajo la asechanza de un enemigo que pretende destruir sus almas.  

 


 

 

 

lunes, 1 de febrero de 2021

Viacrucis del Señor en las tierras de España


   Es curioso ver cómo el cine sobre la persecución religiosa en España brilla por su ausencia. Ciertamente, hoy tenemos cintas que han procurado subsanar este error –Bajo un manto de estrellas, Poveda, Un Dios prohibido…–, pero ni por asomo conforman una minoría significativa. De este modo, y por ejemplo, mientras que el cinéfilo aficionado puede elegir entre las innumerables películas que versan sobre el Holocausto –y eso es encomiable–, tiene muy pocas opciones a la hora de ver una sobre la mentada persecución (y eso que se trata quizás del mayor genocidio cristiano de la historia de la humanidad).

   En época de Franco no fue mejor, puesto que solo dos largometrajes se hicieron eco de ella: Raza y Cerca del cielo. La primera, en solo una escena, donde se muestra cómo son asesinados varios monjes; la segunda, financiada exclusivamente por la Acción Católica Española, que se avergonzaba de que este genocidio hubiera sido silenciado[1]. Quizás debamos encontrar el motivo de esto en la ola de reconciliación que inundó el país (sí, de reconciliación, no de venganza), a la que se sumó de inmediato el séptimo arte. Y así, como no se debía hurgar en la herida que había dejado la guerra, sino restañarla, todas las películas de entonces se produjeron en ese sentido (véase Frente de Madrid, que aquí ya hemos analizado).

   Pero la persecución religiosa en tiempos de la Segunda República y la Guerra Civil había sido una realidad, por lo que no se podía pasar por alto, pese a la directriz indicada. Es por ello que uno de los mejores cineastas de nuestra nación, José Luis Sáenz de Heredia[2], quiso plasmarla en un cortometraje: Vía crucis del Señor en las tierras de España (1940). Hoy se trata de una obra prácticamente –o totalmente– olvidada, pero que, como casi todo lo que él tocó, demuestra el genio artístico que siempre mantuvo y la fortaleza ideológica de la que constantemente hizo gala.




   De incuestionable importancia para conocer la historia española de principios del siglo XX (esa misma que hoy se pretende olvidar –o peor aún, modificar–), este cortometraje-documental se posiciona sin tapujos a favor del concepto teológico que alentó a los miembros del bando nacional: la cruzada. En efecto, conmovido por los estragos causados por el Ejército Republicano entre los católicos de España, el cardenal Isidro Gomá no vaciló ni por un instante en denominar así a la misión de liberación que tenían aquellos. Es por ello que, nada más empezar el metraje, se especifica lo siguiente: «Para constancia del dolor que hicieron las furias del comunismo al Señor en su santa Iglesia española».

   Y es que, ciertamente, como la Iglesia es el cuerpo de Cristo, este volvió a padecer en España el mismo viacrucis que en Jerusalén lo había conducido al Calvario y a la muerte (aquella vez, instigado por judíos y romanos; esta, por comunistas y republicanos; en ambas ocasiones, con idénticos odio y saña). Por este motivo, Sáenz de Heredia recurrió a esta célebre devoción para demostrarlo, equiparando cada una de las catorce estaciones[3] a las diferentes vejaciones sufridas por los cristianos en tiempos de la República y la Guerra Civil. Y para mayor impacto visual del espectador, aprovecha imágenes de archivo y fotografías de la época para acompañar a cada una de las citadas estaciones: de este modo, podemos constatar en primera persona la quema de conventos, la matanza de sacerdotes y monjas, la profanación de tumbas o el famoso –aunque triste– fusilamiento del monumento al Sagrado Corazón del cerro de los Ángeles.

   Todo ello manifiesta que en España padecimos quizás el mayor genocidio cristiano de la historia de la Iglesia (superior incluso al vivido en tiempos del Imperio romano y al padecido en México durante los años 20). Sin embargo, hoy –como ayer– se quiere silenciar (antaño, por razones conciliadoras; hogaño, por motivos ideológicos), o peor aún, modificar y aun justificar. Y es que no son pocos los historiadores y políticos que, de aceptar la existencia de la persecución religiosa española, minimizan su alcance hasta extremos irrisorios o defienden que la Iglesia tenía un poder que el pueblo le debía arrebatar. Pero ¿qué poder podían tener unas monjas que rezaban en la clausura de su monasterio, como indica la primera imagen del film?, ¿o de qué peso político iba a gozar el sacerdote que atendía el culto de su parroquia o las personan que asistían a él?, ¿o qué autoridad –y esta, moral– podría tener un obispo más allá de los límites de su diócesis?

   Por tanto, Viacrucis del Señor en las tierras de España es el testimonio perfecto de una parte muy negra de la historia de nuestra patria. Sus imágenes nos recuerden el dolor padecido por la Iglesia a manos de sus enemigos (esos mismos que hoy quieren que nos olvidemos de ello), pero al mismo tiempo nos indican aquellas palabras del Evangelio en las que debemos enraizar nuestra esperanza: «Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará» (Mt 16, 18).






[1] Además, procuró potenciar con esta cinta la beatificación de Anselmo Polanco, obispo de Teruel, que había sido ejecutado en Barcelona por los milicianos.

[2] Otro de los autores denostados en la actualidad: pese a haber dirigido grandes películas de nuestro celuloide –Historias de la radio, Raza, El indulto, ¡Se armó el belén!–, es más recordado por su vinculación familiar con el fundador de la Falange y por su compromiso político con el general Franco.

[3] Recordemos que, antes de la reforma del papa san Juan Pablo II en 1991, este era el número de estaciones que componían el viacrucis (la decimoquinta de ahora sería la resurrección del Señor).

lunes, 25 de enero de 2021

La esclava libre

 

   Antes de empezar, quiero decir que escribo este artículo desde el más profundo de los desconocimientos, aunque, a la vez, desde la más sincera de las inquietudes. Lo especifico, porque muchas veces los textos nos llevan a formarnos una imagen distorsionada del autor que los publica. Y es que leemos por encima algunos renglones, no entramos a valorar lo que se nos propone… y enseguida tildamos al conjunto de aquello que nos gusta o nos disgusta (casi siempre, en base a nuestra ideología política o a nuestra concepción religiosa). Dicho lo cual, comenzamos.

   Hace un par de semanas, tuve la oportunidad de ver La esclava libre, una película que Raoul Walsh dirigió en 1957. Según parece, esta cinta nació con el claro propósito de desbancar a Lo que el viento se llevó, que, pese a haber sido estrenada veinte años antes, continuaba estando en lo más alto de ranking cinematográfico. Para ello, propone un argumento similar, una ambientación muy parecida y hasta unos personajes prácticamente calcados (tanto es así que incluso Clark Gable parece repetir el papel de Rhett Butler). Sin embargo, no es exactamente igual, sino que a todo ello le da una vuelta de tuerca.

   El motivo es que, desde el principio, la cinta pretende ser una clara apología del modus vivendi de los Estados Confederados del Sur y, por tanto, un acerbo discurso contra el de los Unionistas del Norte. De este modo, sin ocultar en ningún momento sus intenciones, presenta a un ejército norteño compuesto por soldados maleducados, libidinosos y desharrapados –salvo algunas excepciones–, mientras que ofrece una imagen totalmente opuesta de las tropas sudistas –sin ninguna excepción–. Es más, presenta una visión muy amable de la sociedad sureña, al mismo tiempo que deja entrever que la del Norte era por completo despreciable.

   Esto alcanza su culmen a la hora de describir cómo vivían los negros a un lado y otro de la frontera, que es, como se suele decir, el quid de la cuestión secesionista. De esta manera, y conforme a la película, los del Sur (tradicionalmente, los más explotados y, por ende, los más necesitados de liberación) viven como familiares de sus amos, no como esclavos; los del Norte, en cambio, todo lo contrario. Incluso, en el colmo de la sorpresa, el negro protagonista, un estupendo Sidney Poitier, que vive en el Sur, odia a su señor…, ¡porque este lo trata como un hijo, no como lo que es en realidad: un esclavo!

 


 

   Esto me llevó a recordar una conversación que mantuve hace mucho tiempo con un amigo. Según este, todo lo que nos habían contado acerca de la Guerra de Secesión era un bulo, puesto que los negros del Sur no vivían tan mal como se nos había hecho creer. Y lo razonaba de la siguiente manera: los negros sureños tenían estatus de criados –no de esclavos–, mientras que en los norteños era al revés. El problema es que el Norte quería imponerle al Sur su visión de la sociedad, por lo que divulgó entre los suyos que en los Estados Confederados se atropellaban los derechos de las personas, y mediante células infiltradas, se les hizo pensar a los negros que incluso dejarían de ser criados (esto se ve muy bien en el transcurso de la cinta).

   Por lo tanto, y siempre según mi amigo, fue más una guerra de religión que un enfrentamiento social o político. Y es que en el Sur pervivía una visión católica de la sociedad, heredada de los franceses y los españoles, pero en el Norte había arraigado con fuerza la protestante, más propia de los ingleses y holandeses. Y así, mientras que esta última era completamente individualista e industrial, aquella era hogareña y rural, por lo que no contribuiría a la evolución de los futuros Estados Unidos conforme al criterio capitalista de los norteños. Pero como este ideario seguía necesitando de mano de obra esclava, se les hizo creer a los negros del Sur que serían libres, para que se unieran a la nueva sociedad norteña y se convirtieran así en siervos “voluntarios”. Y para rubricar esta idea, me espetó la siguiente frase: «Lincoln escribía sobre la libertad de los esclavos, mientras desde su ventana veía a los suyos recoger el algodón de sus plantaciones» (sic). No sé si esto es estrictamente cierto, pero como mi amigo es historiador y publicó sus tesis conforme a estas pautas, tomo en consideración sus palabras. 

 


 

   Sea como fuere, lo cierto es que hemos asumido como auténtica una concepción de la historia: la de los vencedores. De este modo, es muy difícil ver hoy películas que, como La esclava libre, se atrevan a refutar esta idea. Supongo, pues, que en América ocurrirá los mismo que en España, donde, al haber asumido que los republicanos eran los buenos y los nacionales los malos (antes era al revés), es imposible hallar una cinta que exponga lo contrario (antes también era al revés). Por esta razón, es bueno acercarse a títulos como este, ya que nos ofrecen discursos muy alejados de los que tenemos que repetir por boca de ganso.

   Por este motivo, antes de comenzar el texto, he querido especificar que hablo desde la más estricta de las ignorancias. Y es que desconozco absolutamente todo lo que tenga que ver con la Guerra de Secesión Americana (más allá de lo que todos sabemos… o de lo que creíamos saber hasta ahora). No estoy a favor de los confederados ni en contra de los unionistas, ni al revés, pues todo me coge tan lejos que mi opinión no repercute para nada en el devenir histórico actual. Si es verdad todo lo que os he expuesto, puede que sienta más afinidad por los Estados del Sur que por los del Norte (¿recordáis lo que os decía en el párrafo introductorio?), pero siempre me quedará la duda de cuál tuvo razón en ese conflicto. Mientras tanto, podremos seguir indagando en el asunto gracias a películas como esta.

 


 

jueves, 26 de septiembre de 2019

La guerra de la Vendée


   Desgraciadamente, la guerra de la Vendée pasa hoy desapercibida para muchos católicos. Así es, pese a la gran entereza que demostraron los vendeanos al alzarse en armas contra toda una nación que pretendía abolir la monarquía y desterrar a Dios de Francia, son muy pocos los católicos que han oído hablar siquiera de esta hazaña. ¡Y eso que se cuentan por miles los mártires que dieron su vida en defensa de la fe! Napoleón mismo, al parecer, reveló que él admiraba a los vendeanos por la integridad que habían demostrado en su lucha contra la Revolución.

   Sabiendo esto, resulta extraño que el cine nunca se haya hecho eco de esta parte tan importante de la historia (aunque si tenemos en cuenta que la cronografía oficial francesa la ha silenciado constantemente, no nos debería sorprender). Sí podemos encontrar, sin embargo, bastante literatura, pero que también pasa desapercibida, ya que “altera” la versión aceptada por todos de lo que supuso para el mundo la manida Ilustración. De entre todos estos libros, nosotros recomendamos dos: El conde de Chanteleine, una novela del célebre Julio Verne que ha sido vetada durante muchos años en la “Francia de las libertades”, y La guerra de la Vendée, del profesor Alberto Bárcena, que recoge fiel y crudelísimamente los estragos causados por los revolucionarios en dicha región francesa. Pero en lo que se refiere al cine, que es quizás uno de los medios más influyentes de nuestro tiempo, nada. Hemos tenido que esperar a que una productora muy pequeña (insignificante, diría yo) y de ideario católico recogiera y filmara los hechos: Navis Pictures.




   La Vendée (o la Vandea, como era conocida antiguamente en español) es un departamento francés, situado al oeste del país galo, que se integra hoy en la región de los Países del Loira. En 1793, cuando la Revolución alcanza el territorio vendeano, este organizó un auténtico enfrentamiento contra ella, algo que lo abocó a una verdadera guerra civil que se perpetuó hasta 1796, y que en la actualidad, como ya hemos señalado, permanece ignorada por muchos (y entre ellos, muchos católicos). El motivo de este enfrentamiento no solo radica en la lucha por la legitimidad del rey, sino también, y sobre todo, en la pugna por la pervivencia de la fe católica. Y es que una de las consignas de la Ilustración era la erradicación de la Iglesia, o a lo sumo, su subyugación mediante el célebre Juramento de Fidelidad de sus curas a la Constitución Civil del Clero. En cuanto a los seglares, fueron sometidos a vejaciones y torturas que ejemplifican la crueldad que siempre han manifestado los perseguidores de la fe (un general francés se jactaba de que las aguas del río Vendée bajaban rojas por la sangre de las embarazadas que había ahogado en ellas). Y así, a pesar de que el Gobierno ilustrado propugnaba la defensa y la libertad de todos los ciudadanos franceses, los de la Vendée solo recibieron de su parte muerte, sometimiento y destrucción.

   No obstante la dureza de estos hechos, puede sorprender que la película esté protagonizada exclusivamente por niños. El motivo es que su productora, la citada Navis Pictures, tiene como propósito educar a estos en la fe y despertarles cierta curiosidad por el séptimo arte. Así es, como afirma Jim Morlino, su creador, la gran pantalla transmite hoy valores equivocados, algo de lo que se embeben los niños, por lo que es necesario que estos aprendan valores correctos, y eso se consigue mediante cintas adecuadas (ya lo hizo mediante la historia de santa Bernadette con bastante éxito). Pero ello no significa que la película sea ingenua, puesto que afirma a las claras el sustrato demoníaco que auspició la Revolución y vincula el martirio de las famosas carmelitas de Compiègne al fin de esta. Es decir, habla abiertamente del mal (cosa que hoy se les niega a los más pequeños) y de entregar la vida por un bien mayor (cosa que se les niega aún más).

   Sin duda, se trata de un film sorprendente y con muchísimas virtudes. Sitúa al espectador muy bien en el contexto histórico y aporta un relato fiel de los hechos acontecidos en la Vendée durante la Revolución francesa. Y principalmente, es un testimonio vivo de la valentía de unos hombres que prefirieron morir antes que renunciar a Dios y al rey de Francia.

  

domingo, 1 de abril de 2018

Pablo, el apóstol de Cristo

   Creo que es de mala educación empezar un texto autorreferenciándose, pero el caso es tan flagrante que hoy, de manera excepcional, lo voy a hacer. Y es que os lo dije: cuando una película religiosa es ampliamente publicitada, tiene gato encerrado, mientras que, si pasa desapercibida, tiene más posibilidades de ser buena. Es lo que ocurrió hace unos días con María Magdalena (Garth Davis, 2018), un panfleto de feminismo rancio, disfrazado de religiosidad reivindicativa, que nos fue vendido hasta en la sopa por las distribuidoras cinematográficas y que fue avalado, como no podía ser de otra manera, por la crítica especializada, que siempre se pirra por los filmes que ponen en tela de juicio la figura de Jesús o todo lo que la rodea: casi a la vez que llegaba esta a nuestras pantallas, se estrenaba Pablo, el apóstol de Cristo (Andrew Hyatt, 2018), concretamente una semana después, pero ningún medio se hizo eco (salvo las honrosas excepciones de los religiosos) y los pocos críticos especializados que la vieron se dedicaron a vapulearla, amparándose para ello en la manida propaganda cristiana que dicen que divulga. Sabiendo esto, ¿qué podemos pensar a priori de ella? Pues que merece la pena y que es infinitamente mejor que el ideologizado biopic de la Magdalena, y acertaremos.

   Pero, antes de meternos en harina, me gustaría preguntarles a los críticos especializados que me lean un par de cosas. En primer lugar, y aunque caiga en el pecado de generalizar, ¿por qué os molesta tanto que un film sea abiertamente cristiano? Por ejemplo, no os gusta esta de san Pablo, porque supuestamente lo es (aquí); no os gustó Converso (David Arratibel, 2017), porque también lo es (pese a que se trate de un documental que parte de la duda y no de la confesión cristiana); La cabaña (Stuart Hazeldine, 2017) os pareció melosa y proselitísticamente patética (aquí), aunque, a pesar de sus fallos, represente muy bien la onerosa tragedia humana; El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) os gustó hasta que descubristeis que su autor es cristiano (aquí), y La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004) la habéis relegado a una mera cinta catequética o parroquial (¡como si a un niño chico se le pudiera poner la escena de los latigazos!), pese a que ya se trata de un film histórico para el séptimo arte. Os parece muy bien que se haga propaganda del travestismo con La chica danesa (Tom Hooper, 2015), de la homosexualidad pedófila con Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017), de la eutanasia con Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004) o con Una razón para vivir (Andy Serkis, 2015), y del feminismo hiperrancio con la citada María Magdalena; pero, cuando se trata de un filme cristiano, que es la base moral de nuestra cultura, de nuestros valores familiares y sociales, ¿por qué os lleváis las manos a la cabeza? En segundo lugar, ¿no os dais cuenta, en el caso de la película que nos ocupa, que lo que vosotros identificáis con propaganda religiosa no es más que rigor histórico, algo que no encontráis ni por asomo en la supuesta biografía de la apóstola de Cristo? Tal vez sea mucho pedir, pero, así como pedís a los cristianos que vamos al cine que dejemos a un lado nuestros prejuicios religiosos a la hora de acercarnos a una película que verse sobre nuestra fe (siempre nos suelen atacar con La vida de Brian, La última tentación de Cristo El código Da Vinci), vosotros deberías dejar también a un lado los vuestros, que los tenéis más arraigados que los nuestros a la hora de valorar un filme religioso; así que, "romanes eunt domus" (¿o debería decir: "romani, ite domum"?).


  

   Nos encontramos en la Roma del año 64 d.C. A la sazón, el emperador Nerón ha incendiado la urbe para construir una nueva ciudad, con el fin de que esta satisfaga sus particulares gustos arquitectónicos y sus aspiraciones megalómanas; pero, como no puede reconocer su delito, puesto que ello enfrentaría a todos sus súbditos contra él, ha culpado del hecho a los cristianos, que son miembros de una nueva fe que se está divulgando con suma rapidez entre los habitantes del Imperio. El chivo expiatorio de estos últimos es san Pablo, a quien el citado emperador culpa de ser el cabecilla y principal instigador de los supuestos crímenes cristianos, por lo que ordena su prisión en la célebre cárcel Mamertina y su ulterior decapitación. Pero, afortunadamente, en estos últimos instantes de su vida, el apóstol no está solo, ya que es visitado cada noche por su discípulo san Lucas, quien ha resuelto transcribir el pensamiento y las vivencias de su maestro, con el fin de que ambos sirvan para testimoniarle al mundo la autenticidad de la fe cristiana.

   Como vemos, nos encontramos ante un film eminentemente histórico, que pretende detallar por ello la cruda realidad a la que se enfrentaban día a día los cristianos de la antigua Roma: persecuciones, decapitaciones, torturas, fieras, hogueras y el largo etcétera que conforma el grueso número de tormentos que aquellos padecían a causa de su fe. Por este motivo, no especula sobre ideas que no existen, sobre supuestas doctrinas ocultas a los fieles ni sobre escritos desconocidos, que, sin autoridad suficiente, pretenden ser más auténticos que los que nos presenta la Biblia; sus únicos fundamentos son la historia y la Escritura, puesto que esta última es la única que nos dicta la fe de los primeros cristianos, la cual, por otro lado, no ha variado en el seno de la Iglesia desde entonces (recordad que María Magdalena venía a decirnos más o menos que los apóstoles, machistas a más no poder todos ellos, habrían frustrado por conveniencia propia el mensaje feminista y liberador de Jesús). Ciertamente, como se trata de un guion original, se toma la licencia de introducir algunos elementos no necesariamente históricos, pero que, como afirma la máxima italiana, "se non è vero, è ben trovato"; en concreto, me refiero a todo el entramado que rodea al alcaide de la prisión y a su familia, algo inventado por el director, pero que responde a la autenticidad y a la religiosidad del momento (spoiler alert!: recordemos que, aunque la conversión del citado alcaide no aparezca en la Escritura -ni siquiera tenemos noticias de que existiera-, en los Hechos de los Apóstoles -16, 25-40- aparece el bautismo del carcelero de san Pablo en Filipos, que abrazó la fe después de la predicación del apóstol). Sin embargo, el motivo de esta introducción, lejos de pretender elaborar un discurso anacrónico e ideologizado sobre los intereses sociales y políticos del momento, consiste en reflejar la revolución que le supuso al mundo la llegada del cristianismo (para saber más, échese un vistazo a este interesante vídeo sobre el particular: aquí).




   En este momento, imagino a los críticos que he citado arriba (o al lector embebido de los prejuicios anticristianos) sonriendo con sorna ante mis palabras: ¿revolución? Sin embargo, y pese a su reacción, estoy convencido de que no existe otra palabra que defina mejor la llegada al mundo de nuestra fe. Para ello, recurramos una vez más al film, que, como hemos dicho arriba, supone una recreación histórica perfecta de las vivencias de los primeros cristianos en la antigua Roma. Como hemos señalado, el emperador culpó a estos últimos del incendio de la ciudad, desencadenado así contra ellos toda una oleada de denuncias y torturas que no hicieron sino dificultar su propia supervivencia (en la cinta vemos cómo son usados como teas ardientes, algo que está documentado en las crónicas de la Urbe; o bien, cómo son lanzados a las fieras, algo que todo el mundo sabe sin necesidad de recurrir a los documentos que lo acreditan); sin embargo, y a pesar de ello, ningún cristiano reacciona con odio contra sus opresores (salvo alguno, que es recriminado enseguida), sino que lo hace compasivamente, rezando por ellos y procurándoles el bien que humanamente no merecen (spoiler alert again!: no hay mayor ejemplo de ello que la ayuda que le prestan los cristianos -¡y hasta el mismísimo san Lucas!- al alcaide de la Mamertina, que los ha hostigado hasta la saciedad). Cabe hallar otra prueba en el modo en que la película nos detalla que los cristianos recogen en su seno a los huérfanos, a los ancianos y a las viudas, desechos sociales para los romanos de entonces, que, sin embargo, eran muy valiosos para aquellos, ya que veían en ellos el rostro doliente de Cristo (es muy significativo que, en el film, los romanos afirmen que se trata de un engaño de los cristianos, quienes procuran convencer a los humildes de que se acomoden a su situación, una crítica que ha perdurado hasta nuestros días); esto no solo es probado por los Hechos de los Apóstoles, sino también por los documentos históricos de san Justino, que afirma que los cristianos cuidaban de las personas que Roma consideraba despojos. 

   Pero el secreto de esta revolución es sin duda el amor, la clave que vertebra todo el film. Ciertamente, san Pablo enseña en la película (como enseña en la Escritura) que el amor no es la mera correspondencia al sentimiento de bienestar que nos genera otra persona, sino la respuesta comprometida a la entrega vital de Cristo en la cruz. En efecto, como escribe en su famosa epístola a los corintios, que también sale a colación en la cinta, "el amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad": todos estos son valores que el apóstol aprendió de Jesús, el cual, sin llevar la cuenta de nuestros pecados, quiso morir cruelmente en el madero, para librarnos a nosotros del castigo que arrastrábamos desde la caída de Adán (¡y qué decir de la paciencia o de la falta de engreimiento, cuando vemos al Señor sufrir por nosotros sin abrir la boca!). Pero de todo ello empieza a ser consciente cuando, camino de Damasco, con el propósito de asesinar a un mayor número de cristianos, el mismísimo Jesús resucitado se le aparece y lo hace discípulo suyo (supongo que para el lector esto no será ningún spoiler...): en ese momento descubre que Cristo también murió por él y que, al hacerlo, también le perdonó sus pecados, por lo que ahora él debe hacer lo mismo y vivir perdonando, es decir, amando. Por eso es el amor lo que mueve el corazón de los cristianos al acoger en su seno a los despojos de Roma, o a rezar por sus perseguidores y ayudarlos en sus necesidades, o a conducir sin rechistar al apóstol san Pablo a prisión, pese a que sea inocente del crimen que se le inculpa.




   Comprendo que a un espectador de hoy le resulte un film plúmbeo, puesto que su fuerza está en el diálogo más que en la acción (solo recuerdo una escena trepidante... y tampoco se le puede adjudicar este adjetivo con propiedad), y eso es algo que el cinéfilo actual no soporta (más aún si se trata de un cinéfilo joven, acostumbrado a la narración videojueguil y al arrobamiento técnico -aquí); pero ello no obsta para que se trate de un estupendo largometraje, puesto que, en efecto, las cosas cotidianas más importantes de nuestra vida suelen desarrollarse en la intimidad de una conversación o en la nueva luz que aporta un descubrimiento, como es la conversión a la fe. De hecho, y a mi juicio, creo que se trata de una de las grandes películas que conforman el nuevo panorama del cine religioso y que puede ser vista por ello como complemento perfecto de la siempre reivindicable La pasión de Cristo.

   Por desgracia, y como anunciábamos arriba, es probable que quede relegada muy pronto a las estanterías de las tiendas religiosas, junto a los documentales buenistas sobre la vida de Jesús o a los vídeos catequéticos de consumo parroquial. Y es una pena, porque pasará inadvertida para una legión de nuevos cinéfilos, que descubrirían en ella una buena narrativa, un elaborado guion y una fiel recreación histórica de un momento revolucionario para la humanidad. Los que podáis, navegad por internet, para intentar descubrir en qué cine más cercano está siendo proyectada, puesto que, como suele ocurrir con las cintas religiosas de calidad, esta ha contado en España con muy poca distribución: no os arrepentiréis y, gracias al testimonio de san Pablo en la película (que es el mismo que el de san Pablo en la Escritura), descubriréis que el amor es poderoso y que no pasa nunca (cfr. 1 Co. 13, 8).