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lunes, 26 de octubre de 2020

Karate Kid, el momento de la verdad

 

   Y yo me pregunto: ¿es Karate Kid, el momento de la verdad la mejor película de los 80? Tal vez suene algo exagerado, pero fácilmente podría optar a ese título. Y es que, gracias a la magnífica serie Cobra Kai, muchos están –estamos– redescubriendo esta cinta tan entrañable: nos acordábamos del famoso “dar cera, pulir cera”, de la técnica de la grulla, del señor Miyagi, de la rivalidad entre Danny LaRusso y Johnny Lawrence…, pero habíamos olvidado su esencia, el mensaje que nos quería trasmitir y que tan de moda estaba en aquella década cinematográfica: la familia y el espíritu de superación.

 

 

   A estas alturas, poco podemos decir sobre el argumento de la película. Un joven, Daniel LaRusso (Ralph Macchio), llega a California con su madre. Al principio le cuesta integrarse, porque añora su antigua ciudad, pero poco a poco lo consigue…, hasta que llegan los problemas. Y es que, como es habitual, se enamora de la chica más guapa del instituto, Ali (Elizabeth Sue), que casualmente es la exnovia del matón de turno: Johnny Lawrence (William Zabka). Así que entre este y él nacerá una rivalidad que desembocará en un torneo de karate. Por suerte, Danny contará con la ayuda de Miyagi (Pat Morita), que lo entrenará para que gane. 

 

 

   Como vemos, la sinopsis cuenta con todos los tópicos del momento: adolescente desnortado con problemas en casa (generalmente, ausencia paterna), que se convierte en el perdedor del instituto y que, por ello, es acosado por los gamberros; romance difícil con una chica inalcanzable para él, pero por la que competirá de algún modo para conseguir que eso cambie; compañero y mentor que sale en su ayuda para vencer sus miedos y rellenar el hueco que ha dejado su padre en la familia, y, por supuesto, victoria sobre los matones. Todo ello, evidentemente, aderezado con las lecciones de moralidad e integridad que los rivales no han tenido, pero que el protagonista sí.

 

 

   De este modo, la película se convierte en una historia de superación personal, de autoconfianza, en la que el kárate es solo la excusa para disertar sobre el valor de la familia y la amistad, algo que también caracterizó al cine de los 80. Porque, además del mejor amigo de Danny, ¿quién es el señor Miyagi, sino la figura paterna de la que él careció en casa?, ¿quién le otorga esa seguridad en sí mismo, sino ese “padre” que le ayuda a vencer sus miedos? Igualmente, su rival, Johnny Lawrence, busca con denuedo un ejemplo paterno, que lo guíe en sus primeros pasos por la vida, que le dé los consejos que necesite…, aunque no tendrá la misma suerte que Danny, puesto que se topará con John Kreese, algo que le afectará para siempre (derrotero que luego explorará la citada serie Cobra Kai).

 

 

   Como solía ocurrir con este tipo de cintas, cuya antropología positiva encandilaba al espectador de entonces, Karate Kid, el momento de la verdad fue todo un éxito de taquilla. Y no solo eso, sino que también propició la afición a las artes marciales por parte de una multitud ingente de niños, que copiaron el espíritu de superación del célebre Danny LaRusso. Es por ello que los productores decidieron prorrogar su éxito con dos secuelas directas: Karate Kid II. La historia continúa y Karate Kid III. El desafío final. Respecto de la primera, debemos decir que indaga en el pasado de Miyagi y que, por ende, nos enseña el valor de la comunidad, de la familia y de la tradición (hoy en día, elementos menospreciados); en cuanto a la segunda, enfrenta de nuevo los dos modelos paternos vistos en la primera entrega de la saga, aunque de manera farragosa y poco atractiva.  

 

 

   Con el tiempo, la serie contaría con un pobre reboot femenino, El nuevo Karate Kid, y con un remake nada desdeñable: The Karate Kid (Harald Zwart, 2010). Este continuó la estela marcada por el film original, por lo que indagó de nuevo en la figura paterna y en la autoconfianza, pero demostró que la sociedad había cambiado. Y es que, en efecto, a pesar de sus parabienes, la cinta no interesó a nadie. Muchos achacaron este fracaso a que actualmente han pasado de moda las artes marciales, pero es probable que el motivo tenga otras implicaciones de fondo, y estas, de carácter moral: a nadie le gusta ya la antropología positiva y esperanzadora que ofrece este tipo de películas; a nadie le interesa ya la figura paterna ejemplarizante y fuerte que muestran… ¿O sí?

 

 

   Y es que la serie Cobra Kai recupera el estilo del cine de los 80, presentado de nuevo a un adolescente que necesita a un padre que le dé seguridad, algo que encuentra en Johnny Lawrence, quien, además, aprovechará el chance para redimirse de su turbio pasado. Curiosamente, está teniendo un éxito atronador, pues tal vez nos esté recordando la importancia de valores que hemos desdeñado. Por desgracia, las nuevas temporadas han sido adquiridas por Netflix, que sí desprecia dichos valores y que, por ello, presumiblemente hará lo posible por apartarlos de las nuevas entregas. Aunque, por suerte, siempre nos quedará el Karate Kid original, que nos servirá de referencia en un mundo que parece haber perdido el norte.

 

 

   Retomando, pues, la pregunta que nos hacíamos al principio, ¿es Karate Kid, el momento de la verdad la mejor película de los 80? Sinceramente, no me atrevo a responder, porque los gustos de cada uno son tan variados que temo equivocarme. Pero lo que sí sé es que representa como ninguna una época que hoy aparece como el estertor de una sociedad que aún creía en la familia, que aún tenía esperanza, que aún quería trasmitir unos valores de los que hoy abominamos. Así, pues, si no es la mejor película de dicha década, al menos podría optar fácilmente al título.  

 


 

 

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody


   He de reconocer que esta crítica llega tarde, porque la película se estrenó hace ya algunas semanas. Pero admito también que me alegro de haber esperado a escribirla, porque así he tenido la oportunidad de recabar toda la información que hay sobre ella y leer acerca de la opinión que les ha merecido tanto a los críticos especializados como a los espectadores (estos últimos, más entusiasmados con ella que aquellos). Finalmente, asumo que soy un admirador de la música de Queen (especialmente, de la voz de su líder, Freddy Mercury), y que, como sabía que todo el mundo, por un lado, había aplaudido la manera en que aquella había sido insertada en el metraje y que, por el otro, había alabado la interpretación de Rami Malek (con una modulación perfecta del timbre de aquel), quería disfrutar de ambas cosas sin el alboroto propio de los primeros días en cartel de un largometraje (en efecto, suena a huraño, pero es la manía que uno va cogiendo a medida que crece). ¡Y caray si lo he hecho!




   Ante todo, y a pesar de lo dicho, debemos aclarar que no se trata de una película promocional al uso; es decir, no nos encontramos ante un film que pretenda revivir el éxito de la banda británica o aumentar su número de ventas en las tiendas de discos (cosa, por otro lado, carente de sentido, puesto que Queen no necesita de ningún largometraje para ello), sino ante una cinta que nace con una vocación exclusivamente cinematográfica. Para entenderlo mejor: muchos grupos de música han hecho uso de la gran pantalla con el fin de promocionar su discografía, como es el caso de los Beatles (Qué noche la de aquel día) o de las Spice Girls (Spiceworld) en el país anglosajón, y de Parchís (La guerra de los niños) en el nuestro; sin embargo, esta ya parte del reconocimiento internacional que tiene Queen, por lo que procura rendirle el homenaje que realmente merece con un equipo técnico y artístico de altura (tal vez, incluso con miras a la gala de los Óscar de este año). Con este propósito, pues, no duda en dejarse en manos de un director ya consagrado (nos guste o no, Bryan Singer ha hecho películas tan importantes para el cine actual como Sospechosos habituales, X-Men o Superman Returns) y en presentar a actores emergentes que han triunfado en la televisión (recordemos que Rami Malek, que aquí es un remedo perfecto de Mercury, nos sorprendió a todos con su papel en la serie Mr. Robot).




   Podemos decir, por el contrario, que la intención de la película no consiste en elaborar un biopic detallado del mítico cantante (aunque, en efecto, y como es lógico, aporte datos de su biografía), ni siquiera relatar una crónica de la gestación de la banda (de hecho, podemos ver cómo este apartado acontece con una rapidez inusitada), sino mostrar el aspecto oculto (y triste) que subyació tras la exitosa carrera de Freddy Mercury. Y es que, ciertamente, mientras que este triunfaba en los escenarios del mundo entero con su música, fracasaba estrepitosamente en su vida íntima, puesto que, según revela el film, se rodeó de unas personas que solo quisieron aprovecharse de la fama que ostentaba y que, por ende, lo condujeron a un desengaño atroz y, por tanto, a la soledad más absoluta. Es por ello que la narración no escatima en crudeza a la hora de desmitificar su imagen y de exhibirlo, por esta razón, abatido, drogado y completamente solo (atención al plano en que es descubierto por su amiga Mary durmiendo en el sofá después de haber celebrado una fiesta en su casa la noche anterior). Pero, asimismo, se trata de una película esperanzadora, puesto que vincula su recuperación al amor que le profesan tanto sus verdaderos amigos como su propia familia (el abrazo final que se otorgan padre e hijo en este sentido es sin duda emocionante y significativo).




   Por último, no vamos a negar que la cinta también explota la dimensión nostálgica de la banda, puesto que su música recorre cada minuto de la historia; pero ello no es óbice para que podamos disfrutar de ella como un título cinematográfico solvente y hasta memorable. En este sentido, debemos destacar el tramo final, una minuciosa recreación del famoso concierto Live Aid, que supuso la vuelta a los escenarios de Queen: cualquier fan, aplaudirá y cantará entusiasmado, puesto que creerá estar reviviendo aquellos momentos apoteósicos del rock internacional y, a la vez, pensará estar observando de nuevo al gran Mercury en plena acción (tenemos que elogiar otra vez a Malek, que ha sido el encargado de lograrlo con su ya antológica interpretación). Yo mismo, pese a que me haya reconocido huraño, me deje llevar por la pasión y lo hice (menos mal que ya había pasado el alboroto de los primeros días y estaba prácticamente solo en la sala): show must go on!






domingo, 5 de noviembre de 2017

Spielberg

   Hoy se cumplen cien entradas desde el nacimiento de este blog. En efecto, lo que comenzó siendo un pequeño proyecto con poco futuro, se ha convertido en una cita semanal (y personal) con el mundo del séptimo arte. Así, durante sus dos años de historia, ha sido visitado por más de sesenta mil lectores, que le han dado alas y repercusión tanto en otros medios digitales como incluso radiofónicos y televisivos. En este sentido, cabe destacar el alcance que tuvo el indignado artículo que escribí sobre la cinta 1898. Los últimos de Filipinas (Salvador Calvo, 2016), pues incluso algunos programas de actualidad política contactaron conmigo para hablar sobre él (puedes leerlo aquí), o el que la semana pasada dediqué a Lutero (Eric Till, 2003), que ha servido de revulsivo en algunos sectores del protestantismo actual (puedes leerlo aquí). Como adelanto en el margen de esta misma página, mi intención siempre ha sido la de disertar y aprender a través de la gran pantalla, y no la de manifestar simplemente una opinión acerca de los últimos estrenos; por este motivo, y en consecuencia, se trata de un blog en el que he procurado desvelar mi relación más íntima con el séptimo arte: por ejemplo, en el artículo dedicado a Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941) explico lo que siento cada vez que veo dicha película (aquí), o en el de Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), mi pasión por el celuloide (aquí). 

   Por tanto, como se trata de un blog al que he querido dotar de cierta intimidad, me gustaría dedicar la entrada número cien al director que corona este artículo: Steven Spielberg. El primer motivo se debe al estreno de un documental producido por la cadena HBO que lleva precisamente su nombre: Spielberg (Susan Lacy, 2017). Aunque no se trate del mejor reportaje dedicado a tan célebre figura, es el más actual, por lo que su ayuda a la hora de acercarnos a su pensamiento más reciente resulta del todo imprescindible. El segundo motivo se debe a que fue él, y no otro cineasta, quien me abrió las puertas de este maravilloso mundo, pues su filmografía me ha acompañado a lo largo de los años,  ha alimentando mi imaginación desde que soy niño y ha consolidado dentro de mí esta pasión que aún se perpetúa. De esta manera, será mejor que cojamos nuestras bicicletas, pongamos nuestro extraterrestre en el manillar y echemos a volar con ellas cuanto antes.


   

   Mi relación con Spielberg comienza en una fecha muy concreta: octubre de 1993. A la sazón, llegaba a nuestras pantallas uno de sus títulos más conocidos (y reconocidos) por todos: Jurassic Park (Parque Jurásico) (id., 1993). Como cualquier espectador de entonces, quedé fascinado por la historia que mostraba a un grupo de aventureros adentrándose en una isla plagada de dinosaurios, y me llevó a imaginar, como a cualquier niño de mi edad, que yo mismo recorría aquellos parajes y  que vivía aquellas mismas peripecias que había visto en ella; además, y arrastrado por el inevitable merchandising que generó el film, alimenté dicho entusiasmo con la novela que le había dado pie, con los juguetes que la promocionaron, y con los cómics y los videojuegos que proliferaron por doquier. Ni que decir tiene que las conversaciones que manteníamos mis amigos y yo en el patio del colegio se centraban de manera casi exclusiva en los entresijos de su argumento y en el deseo de ver pronto una secuela, que nos llegó algunos años después con El mundo perdido. Jurassic Park (id., 1997). Evidentemente, no quiero decir con ello que esta fuera mi primera película de Spielberg, pues ya había gozado con Encuentros en la tercera fase (id., 1977), E.T., el extraterrestre (id., 1982) o la saga Indiana Jones, aunque sí debo advertir que fue la que me enamoró definitivamente del séptimo arte.

   En efecto, a partir de ese momento, y con solo once años, resolví consagrar mi ocio al mundo del cine; para mí, este había dejado de ser un mero entretenimiento para convertirse en una auténtica pasión, que rayaba sin duda en la obsesión. Por este motivo, comencé a comprar revistas y libros dedicados a él; a escuchar programas radiofónicos o a ver programas de televisión que aumentaban mis conocimientos; a alquilar cintas de vídeos que ponían en imágenes todo lo que leía u oía, e incluso a asistir a proyecciones en los modestos cineclubs de mi entorno. Pero como esa devoción se la debía principalmente al director de En busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1981), quise acercarme más a su figura, por lo que procuré estudiar su biografía y ver todas sus películas, sin excepción; de este modo, conseguí visualizar desde sus primeras incursiones televisivas (Galería nocturna, El diablo sobre ruedas y Algo diabólico) hasta sus cintas más adultas a la sazón: El color púrpura (id., 1985), El imperio del sol (id., 1987) y Always (Para siempre) (id., 1989). Aunque no hallé en estas últimas la espectacularidad que había visto en sus anteriores obras, porque seguía siendo un niño que adoraba los efectos especiales, encontré en ellas la sombra de un hombre versátil y apasionado que se expresaba a través del celuloide.




   Ciertamente, gracias a las múltiples biografías que había leído sobre Spielberg, descubrí que este había crecido en un hogar muy feliz, en el que siempre había encontrado el refugio que no hallaba en sus compañeros de colegio (al contrario de lo que se pueda deducir de su obra, no tuvo muchos amigos durante su niñez, pues todos se reían de él a causa de su desbordante imaginación). Sin embargo, esta dicha se quebró el día en que sus padres se divorciaron, lo que provocó un dolor tan intenso en él que quiso representarlo en cada una de sus películas, a fin de que nadie experimentase su misma tragedia (de ahí que la familia o el reencuentro de la misma cobre tanta importancia en su filmografía). De hecho, una cosa que he aprendido con este documental es que la mencionada E.T., el extraterrestre pretendía ser una metáfora de la ausencia (o de la necesidad) del padre (¿no es también algo palmario en Hook (El capitán Garfio)?), algo que él experimentó y que suplió a través del cine (rodando películas con sus hermanas y con sus pocos amigos), de su mundo imaginario (en este documental reconoce que estaba todo el día frente al televisor, y escribiendo o ideando historias basadas en lo que veía en él)... y de la fe (¿no es evidente la similitud entre el conocido alienígena y Jesucristo? Aunque debemos indicar que esto es un mero recurso narrativo, puesto que él siempre ha sido un devoto judío).   

   Pero lo que más me entusiasmó (y me llenó de envidia) fue que, siendo niño, ya lograse su propósito de rodar una película: Firelight (id., 1964), una obra de 140 minutos de duración  sobre una invasión extraterrestre que grabó con cámaras de alquiler y con un grupo de aficionados como él. Hoy no queda nada de esta obra amateur, pero gracias a internet podemos visualizar unos cuantos fragmentos de la misma, aunque interrumpidos por viejos comentarios de su director (puedes verla aquí). Para mí, se trata de un excelente testimonio de su amor por el cine, que lo llevó a movilizar a casi todos sus vecinos con el fin de cumplir su ansiado empeño. Sin lugar a dudas, es un ejemplo para todos aquellos que alguna vez hemos acariciado el sueño de imitarlo y de seguir sus pasos, pues con esta película demostró lo que siempre nos ha transmitido mediante sus largometrajes posteriores: que los sueños se hacen realidad.




   Por supuesto, el paso del tiempo es inevitable, por lo que, a medida que he ido cultivando esta pasión por el celuloide a lo largo de mi vida, he ido descubriendo otros directores que me han entusiasmado más que Spielberg (¿dónde has estado todo este tiempo, Clint Eastwood?); además, este no ha vuelto a ser el mismo desde que rodara La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), puesto que su obra se ha convertido en algo más artesanal que pasional, incluso en cintas de corte infantil y juvenil, como la infravalorada Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (id. 2008), Las aventuras de Tintín. El secreto del unicornio (id., 2011) o Mi amigo el gigante (id., 2016). Pero ello no obsta para que le siga profesando esta devoción que aquí he demostrado, pues fue él, y no otro cineasta, quien me abrió las puertas de este magnífico universo.

   Por otro lado, pienso que el cine comercial de hoy le debe muchísimo a Spielberg, ya que la infancia con la que ha soñado toda una generación de cinéfilos se fundamenta en la que retrató él durante sus primeras películas; así, cintas de enorme éxito como It (Andrés Muschietti, 2017), o series tan populares como Stranger Things (Duffer Brothers., 2016), jamás habrían existido si aquel no las hubiese cimentado con su imaginario (recordemos que los respectivos autores de estas nunca han ocultado su pasión por este director). Por este motivo, creo que no existe un mejor reconocimiento por mi parte que el dedicarle esta entrada número cien de mi blog, que, como su fulgurante carrera, comenzó siendo un pequeño proyecto, pero que hoy ha llegado a abrirse un modesto hueco dentro de esta amplia blogosfera (se sobreentiende el mutatis mutandis). Por supuesto, él jamás leerá este artículo, pero quiero que a todos los que sí lo hagáis os sirva de humilde testimonio de lo que por mí ha hecho este genial cineasta, un hombre que cautivó desde niño mi imaginación y que logró que me enamorarse para siempre del séptimo arte.



domingo, 6 de noviembre de 2016

Tortugas ninja

   Indudablemente, los ochenta están de moda. Es normal que así sea, puesto que hoy somos mayores quienes vivimos nuestra juventud en aquella década tan recordada. Tampoco es cuestionable que el mundo del espectáculo ha sabido aprovechar esta súbita melancolía con el fin de arrastrarnos al cine o al televisor y conseguir, así, nuestro aplauso. En ocasiones, esta artimaña ha conjugado nostalgia y maestría a partes iguales, regalándonos un buen producto, como es el caso de Stranger Things (aquí); otras veces, empero, ha flirteado tanto con la primera, que nos hemos sentido estafados (es lo que ocurrió con El despertar de la Fuerza, cuya crítica, aunque benévola, puedes leer aquí). Entre estas últimas decepciones, se encuentran las tortugas ninja.




   Las tortugas ninja llegaron a nuestras vidas a través del cómic, pero fue la pequeña pantalla la que supo acercarlas a los niños del momento. En efecto, mientras que las historietas podían resultar algo violentas para ellos, la serie animada les otorgó el infantil sentido del humor que necesitaban para serles asequibles. No resulta extraño, pues, que aquellos se congregasen semanalmente delante del televisor con el propósito de disfrutar de sus múltiples aventuras. Tampoco es raro, por tanto, que enseguida apareciese una famosa línea de juguetes y, a continuación, un exitoso largometraje: Tortugas ninja (Steve Barron, 1990). 

   Evidentemente, el reconocimiento del film se debió a la popularidad que ostentaban nuestros héroes en aquellos momentos, pero no debemos relegar un factor que lo convirtió de inmediato en un clásico del cine ochentero. La película se estrenó en 1990, por lo que supuso el cierre cinematográfico de la década que añoramos; sin embargo, esta permanecía aún tan vigente, que su estilo empapó cada fotograma del largometraje. De este modo, nos encontramos con la historia de un adolescente, Rafael, que, pese a formar parte de una familia unida, se siente solo, por lo que busca con obstinación su lugar en el mundo; por otro lado, observamos la problemática de un joven que, padeciendo la misma inquietud que aquel, cae en las redes del clan del Pie, una organización sectaria que le proporciona el amor del que carece en su hogar. Uno y otro, al final, descubren que esa ubicación que anhelan se halla entre sus padres y sus hermanos, por lo que entienden que estos deben ser el pilar de su propia existencia.  




   Por desgracia, este mensaje de la película, que tanto promovió el cine juvenil de los ochenta, fue rápidamente sustituido en sus inmediatas secuelas por la comedia vacía, muy característica de la década siguiente. De esta manera, en Las tortugas ninja II. El secreto de los mocos verdes (Michael Pressman, 1991) y, sobre todo, en Las tortugas ninja III (Stuart Gillar, 1993), solo contemplamos una pueril parodia de lo que gozamos en su predecesora (ciertamente, muchos quisieron ver en ellas el retorno al espíritu infantil de la serie mencionada, pero esto no es más que la ingenua justificación de una verdadera tomadura de pelo). Y, aunque con el tiempo llegó una olvidada (y mejor) cuarta entrega, Tortugas ninja jóvenes mutantes (Kevin Munroe, 2007), esta ni siquiera le hizo sombra al estupendo film de 1990.   

   Hoy, el incombustible Michael Bay, autor de la saga Transformers y de la divertidísima Armageddon (1998), no obstante, muy en la línea de esa comedia hueca a la que aludíamos, ha pretendido beneficiarse también de nuestra melancolía por estos personajes; para ello, ha producido un par de esperpentos que se sitúan incluso por debajo de los tres filmes que siguieron al clásico ochentero (como ocurre con el cine actual, son historias pobres presentadas bajo el revestimiento de la espectacularidad). Por este motivo, se hallan entre las decepciones de nuestra nostalgia. Sin embargo, lejos de apenarnos por este traspiés, debemos volver la vista atrás y recuperar aquella película que tanto nos entusiasmó, pues, aunque los ochenta ya queden lejos, continúa siendo un buen ejemplo de la maravillosa década que en ella vivimos.  





lunes, 3 de octubre de 2016

Super Mario Bros.

   Ahora que la cultura ochentera está viviendo su manido revival, me gustaría decir que echo de menos, en nuestros círculos nostálgicos, a un personaje que marcó mi infancia durante aquella década: Mario. Estoy convencido de que no solo yo disfruté de su compañía durante mi edad más tierna; probablemente, muchos de mis lectores también hayan gastado multitud de horas frente al televisor contemplando sus saltos y capturando las setas o las estrellas que los bloques dorados nos proporcionaban (¿hay alguien que no recuerde la conocida melodía con la que se iniciaba cada partida?). La videoconsola que nos lo presentó fue la NES, que hoy también está gozando de su merecido renacimiento (aquí), pero el éxito que alcanzó gracias a ella fue tan grande que trascendió sus limitados ocho bits y se internó en el mundo de los dieciséis y en el de las portátiles (para el recuerdo, quedarán las sagas Super Mario World y Super Mario Land, pertenecientes, respectivamente, a Super Nintendo y Game Boy).

   Tal vez, el secreto de su popularidad quepa encontrarlo en la propia historia que ofrece el videojuego, prácticamente inalterada a lo largo de todas las ediciones que han ido ocupando nuestras estanterías: el hombre que debe rescatar a la princesa encerrada en el castillo después de vencer mucho peligros. Como hemos explicado alguna vez (por ejemplo, en el artículo dedicado a la saga de las galaxias -aquí-), es la esencia de la vida, que tiene como fin la conquista de un bien que se encuentra detrás de un ingente número de dificultades. Con toda seguridad, a ello también se sume la presentación que el mismo juego hace de dicho relato, que se caracteriza, sobre todo, por su innegable tono infantil, que despierta nuestra aletargada conciencia de niño y nos hace conectar con el cosmos de la ingenua inocencia que aún pervive en nuestro interior (¿no os habéis dado cuenta de lo colorido que es el reino Champiñón, de que no existe una violencia explícita o de que Mario es una persona bondadosa del que nunca desaparece su afable sonrisa?), amén, por supuesto, de su magistral jugabilidad.




   El olvido al que está siendo sometido nuestro fontanero se torna más doloroso cuando intento traer a colación su (desafortunada) aventura cinematográfica, que hoy no cuenta con muchos defensores entre los nostálgicos ochenteros (otros, ni siquiera parecen recordarla). Yo, sin embargo, me acuerdo a la perfección de aquel lejano año de 1993, cuando, con un grupo de incondicionales amigos, me dispuse a ver por fin, en pantalla grande y con actores reales, lo que hasta el momento solo había sido un pixelado juego en mi televisor: la película Super Mario Bros. Para nosotros, que aún no éramos duchos en la materia cinéfila, fue todo un espectáculo, aunque salimos con un amargor en nuestros labios difícilmente disimulable, pues habíamos visto algo que tenía muy poca relación con lo que esperábamos encontrar. Además, con el tiempo supe que el film había sido un rotundo fracaso económico, pues había cosechado solamente la mitad del dinero que había costado; que el rodaje se había desarrollado en un escenario de pesadilla (para su conclusión, tuvo que intervenir el director Roland Joffé, que nunca había mostrado interés por la sci-fi), y que sus intérpretes, en especial Bob Hoskins, se arrepintieron tras participar en él (aquí). Para colmo de males, todo ello había logrado que Nintendo rechazase avalar la consabida secuela y que desaprobase cualquier nueva incursión de su compañía en el séptimo arte.

   Sin embargo, cuando vuelvo a ver la película, alejado ya de aquel infantil entusiasmo (y de su consecuente desengaño), me percato de que la traté injustamente, pues ofrece unas virtudes que no fui capaz de observar el día de su estreno. Por supuesto, no quisiera encararme con los especialistas, que la vapulearon hasta la saciedad, pero sí me gustaría que tuviésemos en cuenta varios factores que hacen de este largometraje un film reivindicable. En primer lugar, quisiera recordar que fue la primera adaptación cinematográfica de un videojuego, por lo que sobre ella pesaba una responsabilidad que no se les ha atribuido a ulteriores (y peores) películas con idéntico propósito (a este respecto, recordemos Street Fighter, la última batalla o la más reciente Warcraft. El origen); en segundo lugar, quisiera destacar el buen ritmo que ofrece y que no decae pese al transcurso de los años (el tratamiento de la acción es tan válido como el que manejaban las producciones del momento); en tercer lugar, es elogiable su acercamiento a la ciencia-ficción más eficaz, pues nos encontramos con mundos paralelos, dinosaurios que sobrevivieron al letal meteorito que acabó con su presencia en la Tierra y que evolucionaron a humanos y con puertas dimensionales que conectan su universo con el nuestro (además, nos alegra la vista con un claro homenaje a la obra cumbre del género, Blade Runner, nada desdeñable), y en cuarto lugar, es pionera en su oscura visión de un personaje tan blanco como Mario, algo que hoy es plato común en los menús cinematográfico gracias, por ejemplo, a El hombre de acero (Zack Snyder, 2013).

   Tal vez, aquel niño entusiasmado que acudió al cine para ver a su héroe en pantalla grande no haya muerto del todo dentro de mí y, por ello, me emocione recordar esta película; tal vez, quiera forzar la nostalgia que me evoca este personaje tan querido y le disculpe, de este modo, su encarnación; o tal vez, sea cierta mi defensa de Super Mario Bros. Sea como fuere, la verdad es que los nostálgicos ochenteros parecen haber olvidado a este héroe bigotudo que nos ha hecho pasar momentos extraordinarios y que, más bien al contrario, es merecedor de un puesto importante en nuestro recuerdo, pues nuestra infancia o nuestra adolescencia están irrenunciablemente ligadas a él. Por ello, es conveniente que recurramos a sus aventuras en nuestras melancólicas disertaciones y que, a modo de homenaje fílmico, retomemos esta despreciada película, que es digna de un segundo visionado. 





martes, 23 de agosto de 2016

Stranger Things

   Este verano, me he topado con una sorpresa televisiva sin parangón: Stranger Things (Matt y Ross Duffer, 2016). Es evidente que la industria mediática de hoy está empeñada en tocar la fibra nostálgica de quienes nos criamos en la década de los ochenta, pero, asimismo, es notorio que, detrás de todo este aparato, no hay más que un mero interés crematístico (la última prueba de ello, la tenemos en el remake, que no reboot, de Los cazafantasmas: aquí). Por regla general, y debido a ese objetivo pecuniario, los productos que nos llegan de su mano no solo no satisfacen esa melancólica caricia que nos prometen, sino que consiguen enfadarnos, puesto que manchan el grato recuerdo que albergamos de los originales en nuestra memoria (para la basura, quedan títulos como Conan, el bárbaro y Poltergeist... las nuevas versiones, claro); sin embargo, hay ocasiones en las que se le escapa una pequeña joya, que consigue esbozarnos la atontada sonrisa de quien se reencuentra con su pasado, como ocurrió con la reivindicable Super 8 (J.J. Abrams, 2011). Tal vez por el ejemplo que dio este film, la serie que nos ocupa se desarrolla en su misma línea, algo que nos consigue devolver, como él, al universo que ya dejamos atrás, pero que aún seguimos añorando.




   En efecto, mediante esta magnífica obra, podemos viajar de nuevo al microcosmos cinematográfico que cautivó nuestra imaginación hace algo más de treinta años, cuando soñábamos con vivir en aquellas casas que aquí difícilmente encontrábamos, descubrir por casualidad el mapa del tesoro de Willy el Tuerto en el desván de alguna de ellas, sorprender a un afable extraterrestre en nuestro invernadero o navegar hacia las estrellas, a bordo de un viejo vagón de feria, con nuestros mejores amigos; pero también nos enfrenta otra vez a aquellos temores que se tornaban reales en nuestros oscuros dormitorios antes de dormir, como la posibilidad de fenecer durante un sueño a manos de un asesino onírico, de pelear contra unas indómitas y hambrientas criaturas erizadas llegadas del espacio o de preguntase si nuestros mogways se habrían atrevido a comer después de la medianoche.

   La historia comienza en la ciudad de Hawkins, en el Estado de Indiana, un 6 de noviembre del lejano año de 1983. Después de una partida de Dragones y mazmorras (tal vez, el primer role play game que todos hemos probado, junto con El señor de los anillos), un grupo de amigos se despide hasta el día siguiente; uno de ellos, empero, no acude a la obligada cita, por lo que todos, especialmente su madre, empiezan a sospechar que ha sido secuestrado o que se ha fugado por algún motivo que desconocen. De inmediato, tanto la Policía de la localidad como la familia del muchacho se vuelcan en su búsqueda, pero, debido a los escasos resultados que esta ofrece, sus compañeros se suman a ella. Gracias a este gesto, estos últimos encuentran, en un bosque cercano, a Once, una extraña niña con poderes sobrenaturales que parece estar vinculada misteriosamente a la desaparición de su amigo, por lo que deciden añadirla al grupo y servirse de su ayuda para localizarlo.




   A partir de aquí, todo el metraje de los escasos ocho episodios de los que la serie se compone es un guiño y una referencia constante a las cintas que han forjado nuestra infancia, como E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), Los Goonies (Richard Donner, 1985) y Exploradores (Joe Dante, 1985). Pero que esto no nos lleve a engaño, ya que no se trata de un simple remedo de lo que vimos en aquellos clásicos, sino un argumento nuevo y diferente que explora, eso sí, los elementos que hicieron imprescindibles a aquellas, como el protagonismo de lo misterioso y lo sobrenatural que nos presentaron, por ejemplo, Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) y Poltergeist. Fenómenos extraños (esta vez, la buena), y la relevancia de la amistad, que quedó grabada en nuestro ideario de virtudes gracias a ellas y a títulos como Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986) y hasta la tardía Mi chica (Howard Zieff, 1991). Por supuesto, el terror está tan presente como lo estaba en Carrie (Brian De Palma, 1976), Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984), Jóvenes ocultos (Joel Schumacher, 1987) o la conocida soap opera Twin Peaks (David Lynch, 1990), puesto que, si de algo también nos advertían estas, es de que la ruptura de esa fantasía se podía quebrar en cualquier lugar, no obstante su serenidad, y de la mano de cualquier individuo, pese al rostro amable o conocido que pudiera tener (en el caso de la serie que nos ocupa, esta idea está encarnada por la amenazante presencia del laboratorio "Hawkins", donde, supuestamente, están teniendo lugar peligrosos experimentos que ponen en riesgo la vida de sus vecinos).

   Por tanto, nos encontramos ante un recomendable ejercicio de buen cine, en el que la nostalgia ochentera es un elemento más de la original trama que nos ofrece la serie, y no una finta tramposa ni un apetecible garlito en el que se nos tienta a caer. De ella, pues, gozarán quienes vivimos nuestra infancia o juventud hace más de tres décadas y los aficionados que nacieron después: los primeros, por el anhelado reencuentro con aquellas; los segundos, por el descubrimiento de una época mágica que sentó las bases de las aspiraciones de toda una generación.