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domingo, 30 de julio de 2017

Mi chica

   Durante el mes de agosto, este blog cerrará sus puertas. Como es de suponer, su autor se tomará unos días de vacaciones, que, aunque tal vez no sean merecidas, sí son urgentemente necesitadas. Pero no podemos despedirnos hasta septiembre sin antes recomendar un film. En este caso, se trata de una cinta que, a nuestro parecer, recoge todo el encanto de esta estación, por lo que cualquier cinéfilo debería verla, si es que no lo ha hecho ya. Hablamos de Mi chica (Howard Zieff, 1991).

   Antes de comenzar el artículo, debemos advertir de que no será una review al uso, puesto que versará sobre el recuerdo que tenemos de la película y acerca de todo lo que aún es capaz de transmitirnos. Por otro lado, no nos hemos atrevido a verla de nuevo para afrontar este texto, y existen tres razones para ello: la primera, su carga nostálgica, elocuente de por sí; la segunda, la buena opinión que nos merece y que no queremos que desaparezca, si es que el verla otra vez causa ese efecto, y la tercera, su trágico final, puesto que no deseamos empezar nuestras vacaciones con un nudo en la garganta.




   Veda (Anna Chlumsky) es una niña obsesionada con la muerte, pues su madre ha perecido recientemente y su padre (Dan Aykroyd) dirige una funeraria. Ella cree que este último ha olvidado a aquella, pues ve cómo flirtea con la nueva maquilladora que él mismo ha contratado para su negocio: Shelly (Jamie Lee Curtis). Aunque no puede evitar su rencor hacia esta situación, se olvida de ella cuando asiste al curso de poesía que imparte su profesor de Inglés (Griffin Dunne), de quien está enamorada. Por suerte, para aliviar la angustia que le causan todos estos problemas, cuenta con el auxilio de Thomas (Macaulay Culkin), que no solo es su confidente, sino también su mejor amigo.

   Como podemos ver, es imposible negar que se trata de un argumento propio de estas fechas. A nuestro juicio, tiene todos los elementos necesarios para hacer de él un éxito que se perpetúe a lo largo de los años, además de la carga nostálgica a la que antes hemos aludido y que hoy parece estar de moda entre el público. En este sentido, el film cuenta con numerosas escenas de bicicleta, baños en el lago, escaladas de árboles, reuniones con amigos, confidencias amorosas... ¡y hasta una que describe el primer beso de unos niños! Porque, en verdad, ¿quién ha olvidado ese momento tan significativo en la vida de cada uno? Pues justamente esa es la intención de la cinta: ahondar en esos recuerdos que nos hacen sonreír con ternura y suspirar con añoranza.




   Sin lugar a dudas, ese verano del amor que parece detallar la película es una etapa importantísima en la vida del individuo. Por supuesto, cualquier persona tiende a amar de forma natural a sus padres y a sus hermanos, pero experimenta la verdadera intensidad de este sentimiento cuando se siente atraída por otra persona: en ese instante, comprende que la presencia del otro se ha adueñado de ella y que, en consecuencia, se le ha hecho sumamente necesaria. ¿Quién no ha estado noches sin dormir pensando en la persona que ama?, ¿quién no ha realizado lo imposible para verla de nuevo, para estar a solas con ella?, ¿quién no le ha dedicado poemas o cartas escritas desde el corazón (el gusto de Veda por la poesía no es casual)? Evidentemente, es un paso imprescindible para encontrar el amor verdadero.

   En efecto, la mayoría de las veces, ese amor veraniego se diluye en el otoño, cuando las clases comienzan y la distancia atempera los sentimientos. Es innegable que su recuerdo continúa batallando en el alma de cada uno, pero también lo es que la pasión que despertó mengua con los fríos del invierno y entre las hojas de los exámenes. Tal vez la primavera renueva la esperanza de volver a sentirlo, pero su intensidad se perdió en el colofón que supuso aquel primer beso (¿es posible que el final de la cinta sea una metáfora de ello?). Sin embargo, es el mismo que nos ayudó a comprender que la felicidad no estriba en una suerte de búsqueda egoísta de la satisfacción personal, sino en la entrega generosa por el bien del otro; el que nos enseñó a identificar en una mujer o en un hombre concretos al compañero de viaje que da plenitud a nuestro propio ser, y el que nos aclaró mediante su fugacidad que existe un amor más pleno y eterno que nos engloba a todos. Por ese motivo, nunca podremos olvidarnos de él.

   Por desgracia, la película contó con una secuela olvidable y olvidada, de la que, de hecho, no logramos recordar nada. Posiblemente, ello se deba a que intentó subsanar ese mal trago que nos legó esta cinta, pero que, como hemos intentado demostrar, resulta imprescindible para conocer el amor de verdad. Pero, por suerte, siempre nos quedará la cinta original: gracias a ella, jamás seremos capaces de oír la melodía de los Temptations sin visualizar ese inocente primer beso entre Veda y Thomas, que simboliza el de cualquiera de nosotros y que permanece en la memoria de cada uno. ¡Feliz verano a todos!



 

domingo, 2 de julio de 2017

Deep Impact

   Confieso que ignoro la mayor parte de las celebraciones del nuevo calendario laico. Me refiero a ese que está sustituyendo progresivamente al cristiano a través de la presentación de días internacionales de algo, como aquel hacía mediante la onomástica de santos. Así, aunque conozco la existencia de una jornada consagrada al cuidado de los bosques, me siento incapaz de recordar su fecha. Pero debo admitir que hay conmemoraciones que se han grabado en mi memoria, más por la sorpresa que por el interés. Es el caso del 30 de junio, día destinado a la prevención sobre la caída de asteroides.

   En efecto, según parece, y con el propósito de advertir a la humanidad del peligro que conlleva el impacto de uno de aquellos contra la Tierra, se determinó el establecimiento de esa fecha en el almanaque. Por supuesto, el día no fue escogido al azar, ya que se corresponde con la jornada de 1908 en la que un aerolito se estrelló en Rusia. El hecho no superó la anécdota, pues colisionó en una zona despoblada, pero suscitó la pregunta sobre lo que habría ocurrido si hubiese caído en cualquier ciudad del mundo (aquí). Por este motivo, y como apuntábamos, cada año en esa fecha se estudian los posibles remedios al problema del cielo.

   Cuando conocí esta efeméride, me vinieron a la cabeza dos películas estrenadas en los años noventa: Armageddon (Michael Bay, 1998) y Deep Impact (Mimi Leder, 1998). Ambas versaban sobre la posibilidad de que un meteorito chocase contra la Tierra, pero lo hacían desde diferentes puntos de vista: la primera, desde la perspectiva de la acción y la comedia; la segunda, desde la del drama. Posiblemente, esta diferencia consiguió que aquella se ganara el favor del público mientras que esta gustó más a la crítica. De cualquier manera, la segunda se acerca más a la intención del día del meteorito que la primera, por lo que le dedicaremos la entrada de esta semana. 



  
   Leo Biederman (Elijah Wood) es miembro del club de astronomía del colegio. Cierto día, descubre una gran mancha blanca en el cielo que resulta ser un cometa. Aunque él no lo sepa, se trata de un bólido que amenaza con caer a nuestro planeta. No obstante, cuando su descubrimiento sale a la luz, todos los gobiernos del mundo se unirán para evitar la colisión y salvaguardar así los intereses de la humanidad.

   Pese a lo que pueda parecer a tenor de su argumento, la cinta no es un largometraje de catástrofes moderno, en los que prima la espectacularidad sobre la vis humana; más bien al contrario, se remonta a la época clásica del género para mostrarnos una historia sobre las personas que padecen cualquier adversidad (véanse a modo de ejemplo Aeropuerto, Terremoto o El coloso en llamas). Por otro lado, la idea del film no es nueva, pues Hollywood ya la había afrontado en títulos como Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951), Meteoro (Ronald Neame, 1979) y la citada Armageddon. Sin embargo, y a diferencia de estas tres, procura ahondar en una respuesta seria por parte de los gobernantes de la Tierra y, sobre todo, en la reacción del hombre ante un peligro de tamaña envergadura. 

   De este modo, nos encontramos en primer lugar con el niño que descubre el meteorito y con la chica de la que está enamorado; en segundo lugar, con la periodista que desvela la amenaza de aquel, oculta por el Gobierno de los Estados Unidos, y en tercer lugar, con el mismísimo presidente de este país, que debe asumir también el mando de la resolución del problema. A pesar de sus diferentes estratos, todos parecen compartir un único sentimiento como respuesta a dicho trance: el amor. Pero no solo lo acusan mediante el afecto, sino también a través del arrepentimiento y la solidaridad. En efecto, al margen de la campaña de salvación del género humano que recorre todo el metraje, estos personajes son hombres necesitados de una redención mayor antes de morir; por eso dedican sus últimos instantes a enmendar su pasado y al auxilio de quienes tienen cerca. Evidentemente, desconozco los planes gubernamentales destinados a socorrer a los hombres llegado el caso que narra la película, pero estoy convencido de que cada uno de estos reaccionará de la manera que esta plantea. Por este motivo, se trata de un gran film.




   Ciertamente, en una época del séptimo arte, la de hoy, en la que proliferan títulos de género catastrófico que parecen regodearse en la maldad de los hombres (véase a modo de ejemplo cualquier producto protagonizado por zombis, muy de moda en la actualidad), cintas como la presente nos recuerdan la bondad a la que estos también están llamados. De hecho, la reacción magnánima parece más común que su antagónica, pues todos conocemos la heroicidad que muestran determinadas personas a la hora de encontrarse ante una injusticia o una tragedia de cualquier magnitud, como un atentado terrorista. Por otro lado, es innegable que la proximidad de la muerte conlleva la acentuación de la fe y el deseo de acallar el remordimiento del alma, por lo que no son extraños el recurso a las oraciones olvidadas ni las postreras peticiones de perdón (en este sentido, recomiendo el film United 93 (Vuelo 93), sobre los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos, ya que aúna ambos arrebatos de sinceridad humana).

   Pese a lo escrito, la película perdió la partida recaudatoria frente a Armageddon, que ofrecía el espectáculo del que esta renegaba. No dudo de que el film protagonizado por el mítico Bruce Willis exhibiera una diversión sin igual de la que todos gozamos en el momento de su estreno, pero le faltó esa vis personal que hace de Deep Impact un título superior. Por este motivo, desde aquí queremos reivindicar este largometraje, que nos devuelve la esperanza en un ser humano que, lejos de volcarse en su propio egoísmo, es capaz de manifestar lo mejor de sí mismo cuando está en peligro.



domingo, 21 de mayo de 2017

Twin Peaks

   Al escribir estas líneas, solo quedan unas horas para el estreno de la tercera temporada de Twin Peaks (David Lynch & Mark Frost, 1990). En efecto, veinticinco años después de la segunda, llega su ansiado colofón. De hecho, este ha sido tan esperado por sus incondicionales seguidores que estos podrán disfrutar esta noche de más de un episodio. Por tanto, es un momento histórico para la televisión, que aprovecharemos aquí para revelar el secreto que condujo a aquella al éxito y para conocer mejor a su responsable: David Lynch.




   David Lynch nació en Montana, Estados Unidos, el 20 de enero de 1946. Desde muy pequeño, sintió gran inclinación por el arte, así que decidió estudiar en distintas escuelas dedicadas a ello. Pero, aunque su verdadera devoción siempre había sido la pintura, resolvió flirtear con el cine, ya que Luis Buñuel era uno de sus directores favoritos. Con este propósito, realizó Seis hombres enfermos (íd., 1966), un extraño cortometraje que, sin embargo, logró cautivar a sus espectadores gracias al uso del sonido y de la particular animación (puedes verlo aquí). Posteriormente, y en la línea de este último, rodó Absurd Encounter with Fear (íd., 1967) [aquí], El alfabeto (The Alphabet) (íd., 1968) [aquí] y, sobre todo, La abuela (The Grandmother) (íd., 1970) [aquí]. Este mediometraje lo catapultó finalmente a la pantalla grande.

   Para su primer largometraje, Lynch escogió Cabeza borradora (íd., 1977), la historia de un hombre que descubre su paternidad sobre un extraño y deforme bebé. Con él, pretendió rendir homenaje al cineasta español antes mencionado, por lo que vemos una cinta en blanco y negro cargada de surrealismo e imágenes metafóricas. Aunque hoy esta película es despreciada por el público que se acerca a ella, se trata de un film de culto, del que Kubrick llegó a decir que era uno de los mejores de la historia del cine. Sea como fuere, lo cierto es que su autor marcó en él la impronta que caracterizaría al resto de su obra.

   En efecto, a lo largo de su filmografía, David Lynch destaca el interés que siente hacia la imagen y la música como catalizadores de emociones. Estas están muy cuidadas en todas sus películas, por lo que llegan a ofrecer, en su conjunción, escenas espeluznantes, como la que podemos ver en Carretera perdida (íd., 1997) -aquí- o en numerosos pasajes de Inland Empire (íd., 2006) -aquí-. Pero también ofrece su preocupación por los malsanos entresijos de las sociedades acomodadas, como en Terciopelo azul (íd., 1986) o en Mulholland Drive (íd., 2001), y por la integridad de las mujeres, que, para él, siempre están sometidas a la violencia del varón, como deja claro en Corazón salvaje (íd., 1990). Todo ello, por supuesto, tamizado por su particular visión del celuloide, que lo conduce a presentar relatos que cabalgan entre el sueño y la vigilia.

   Pero Lynch no siempre ha descollado por este uso tan específico del séptimo arte, que lo engarza directamente con su venerado Buñuel, sino que también ha sabido afrontar títulos más convencionales. Estos, que se cuentan con los dedos de una sola mano, son El hombre elefante (íd., 1980), Dune (íd., 1984) y Una historia verdadera (íd., 1999). El primero y el tercero muestran una sensibilidad pocas veces manifestadas en la pantalla grande; respecto del segundo, ha llegado a convertirse en un título de culto, no obstante su escasa aceptación en el momento del estreno. Esto es, en parte, lo que le ha ocurrido a la serie que hoy continúa: Twin Peaks.




   Justamente, corría el año 1990 cuando llegó esta serie a la pantalla doméstica. Por aquel entonces, triunfaban las nuevas sitcoms, como El príncipe de Bel-Air (Andy & Susan Borowitz, 1990) o Blossom (Don Reo, 1990), aunque comenzaban a sobresalir dramas como Ley y orden (Dick Wolf, 1990). Sin embargo, todos los shows televisivos tenían una particularidad: no evolucionaban. En efecto, una vez presentada la premisa, esta se desarrollaba de forma lineal en cada uno de los episodios. De esta manera, podemos decir que eran capítulos estancos unidos por un fino hilo argumental. Así, si uno quería ver un arco evolutivo en la historia de los personajes, debía ir al cine. Pero esto cambió cuando el cine irrumpió en la televisión mediante la serie de David Lynch.  

   En efecto, el conocido asesinato de Laura Palmer solo servía de arranque para una serie que pretendía indagar en la biografía de cada uno de los personajes de Twin Peaks. De este modo, llegaba un momento en que la identidad del homicida era lo menos relevante, puesto que suscitaba mayor inquietud el onírico argumento que la rodeaba: ¿quién no recuerda el sueño del agente Cooper, protagonizado por un misterioso enano vestido de rojo (aquí)?, ¿quién no tiene presente la posesión de Leland por el espíritu de Bob (aquí)?, ¿o quién no se inquieta todavía con las apariciones del extraño gigante (aquí)? Todo ello llegó a cautivar al público, que entró dócilmente en el universo de Lynch y que descubría cada semana un nuevo misterio que apuntaba a una enrevesada solución.

   Desgraciadamente, los productores de la serie exigieron a su autor que abandonase sus pretensiones artísticas y que se centrase en la resolución del asesinato. De esta manera, poco después de comenzar la segunda temporada, se desvelaba la identidad del homicida y la historia, por tanto, perdía su interés. Esto, sumado al abandono de Lynch, centrado en la promoción de Corazón salvaje, arruinó el espectáculo. En efecto, Twin Peaks ya no volvió a ser la misma, pues, toda aquella calidad que había mostrado hasta el momento, se subyugó a los cánones que requería la televisión de entonces. De este desastre, solo se salvó el último episodio, dirigido por su creador, que hoy promete recuperar el estilo que le imprimió en sus primeros capítulos.

   Por tanto, los aficionados al cine y a la televisión de calidad estamos de enhorabuena. Hoy, finalmente, veremos la serie que quiso realizar Lynch, quien ha contado con una libertad absoluta a la hora de afrontarla. Como suele ser habitual, desconocemos el entramado que nos presentará, pero estamos convencidos de que nos engatusará de nuevo. De esta manera, y ya que la serie se emitirá esta madrugada, solo podemos decir que nos tomaremos un café cargado, "tan negro como una noche sin luna" (Cooper dixit).