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domingo, 10 de junio de 2018

Jurassic World. El reino caído

   Esta semana vamos a dedicar el post a la película que pretende ser el blockbuster veraniego por antonomasia: Jurassic World. El reino caído (J.A. Bayona, 2018). En efecto, tres años después del éxito de su predecesora, Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015), llega a nuestras pantallas su consabida secuela, un film que procurará superar (o al menos igualar) la recaudación y el aplauso de aquella. Para ello, se ha contado esta vez con el prometedor cineasta español Juan Antonio Bayona, el cual, aunque solo tenga en su haber cuatro películas (incluida esta), ha sabido conquistar a la platea de medio mundo con su magnífico arte, heredado directamente y sin disimulo del cine de Steven Spielberg; tanto es así que fue precisamente su penúltimo film, Un monstruo viene a verme (2016), que no deja de ser una versión personal y actualizada de E.T., el extraterrestre, el que le abrió de manera definitiva las puertas de Hollywood, pues propició que el famoso Rey Midas del séptimo arte le encargase esta quinta entrega de la saga jurásica.

   Como veremos a continuación, y como es lógico, lo que ha hecho Juan Antonio Bayona con esta oportunidad que la ha brindado la meca del cine (y con la que probablemente ha soñado más de una vez) es acomodarse servilmente a los requisitos que esta le ha presentado. En efecto, lo que Hollywood pretende en fechas estivales es ofrecer mero espectáculo, para que el público llene las salas, coma palomitas, beba Coca-Cola, profiera algún grito, se emocione y aplauda a rabiar; es decir, y en definitiva, que se lo pase bien durante dos horas delante de una pantalla gigante. No es extraño, pues, que, para esta nueva entrega de la saga, Steven Spielberg, ideólogo máximo del concepto de blockbuster mediante su film Tiburón (1975), el primero de la historia que acuñó dicho término, eligiera al que hoy se presenta como su alumno más aventajado, el mencionado cineasta español Juan Antonio Bayona; por este motivo, tampoco es extraño que este último, acariciador onírico de la meta hollywoodense, al aceptar el encargo de aquel, se sometiera estrictamente a sus órdenes, que pasaban por realizar un filme que se ajustase a la medida de los cánones veraniegos. Por suerte, Spielberg, que sabe lo que hace en el campo cinematográfico, no eligió con Bayona a un cualquiera, sino a alguien que sabe aunar arte y entretenimiento a partes iguales; de este modo, el espectador no se siente como un mero consumidor pasivo de imágenes en movimiento, sino como una persona que, al mismo tiempo que está disfrutando del espectáculo, está recibiendo calidad narrativa y cinematográfica (de hecho, con sus más y sus menos, esto es lo que caracteriza tanto al cine de Spielberg como al cine de Bayona).

   ¿Y es malo este afán por aunar arte y entretenimiento en una sola película? Evidentemente, no. Como ya hemos indicado, el primer cineasta que ideó este concepto, y que él mismo denominó blockbuster, fue Steven Spielberg, quien, a través de su relato sobre el escualo gigante, entretuvo al público a la par que le otorgaba calidad artística; de hecho, su decisión de ocultar al manido tiburón, o de insinuarlo mediante la estupenda música de John Williams, o través de la cámara en primera persona, cautivó a toda la platea y hoy es imitada por multitud de directores exitosos (el otro gran inventor del término fue George Lucas mediante La guerra de las galaxias, que nada tiene que ver con la deriva ideológica que ha tomado actualmente la saga: aquí). El cine nació hace más de cien años en Francia con esta clara vocación al entretenimiento (a la sazón, la gente se agolpaba para ver a los obreros saliendo de una fábrica, al tren llegando a su estación o a un niño gamberro divirtiéndose a costa de un incauto jardinero); pero, como sus iniciadores, los hermanos Lumière, eran fotógrafos profesionales, conocían a la perfección la alegoría de la imagen, por lo que a los espectadores de entonces no solo les ofrecían espectáculo, sino también calidad artística. Por este motivo, podemos decir que, pese a quien le pese, la saga jurásica se inserta en este concepto originario del séptimo arte, que no siempre está llamado al agrado de unos pocos, sino al aplauso de muchos.




   Todo el mundo conoce ya la trama de la película (por desgracia, a uno solo le basta con ver el tráiler de la cinta para ello). En efecto, tres años después de los acontecimientos vistos en Jurassic World, los protagonistas se enfrentan a un nuevo desafío: la extinción de los dinosaurios que ellos mismos han creado. Ciertamente, el volcán que corona la isla Nublar, esa misma donde se construyó el primigenio Parque Jurásico, que luego sería remozado y reabierto bajo el nombre de Jurassic World, está a punto de entrar en erupción, una fatalidad que condenaría a muerte a todos los dinosaurios. La situación es tan peliaguda que incluso llega a las altas instancias del Gobierno norteamericano, que no vacila en abrir el debate sobre lo que han de hacer con ellos: o bien dejarlos morir, o bien rescatarlos. Mientras tanto, una empresa de biogenética vinculada al fallecido profesor Hammond (el mítico Richard Attenborough), se decanta por esta última opción, por lo que decide enviar un equipo de investigación y de rescate a la ínsula, con el propósito de salvar el mayor número posible de criaturas. Para ello, cuenta con la ayuda de Owen (Chris Patt) y Claire (Bryce Dallas Howard), dos supervivientes de los problemas acaecidos en la anterior aventura.

   Evidentemente, la sinopsis de la cinta no es original; uno solo tiene que echar un vistazo a los primeros minutos de ella para percatarse de que sigue los mismos derroteros que, en su día, tomara El mundo perdido. Jurassic Park (Steven Spielberg, 1997), secuela inmediata de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993). De este modo, vemos que la historia del film es propiciada por el deseo que tienen algunos de exportar a los dinosaurios de la isla; que la empresa que tiene esta intención está vinculada a John Hammond; que los primeros que son contratados por esta última son una suerte de cazadores furtivos, cuyos únicos motores parecen ser el éxito y el dinero (además, tanto el Ted Levine de esta como el Pete Postlethwaite de aquella coleccionan colmillos de sus presas); que el protagonismo recae sobre una mujer resuelta que quiere salvar a los animales a toda costa (antes, Julianne Moore; ahora, Bryce Dallas Howard), y que su decisión impulsa la del hombre que le va a la zaga (antes, Jeff Goldblum; ahora, Chris Patt); que tenemos que padecer la presencia de una niña repelente (antes, Vanessa Lee Chester; ahora, Isabella Sermon), y que, finalmente, aumenta el grado de violencia y oscuridad, para alejarse, así, de los compases marcados por sus respectivas predecesoras (por supuesto, tenemos algún giro argumental más que une ambas cintas, pero nos reservaremos aquí el deseo de expresarlas, para evitar caer en el temido spoiler). Pero esta falta de originalidad es normal, puesto que, si lo pensamos fríamente, la película pretende seguir la estela que marcó Jurassic World hace tres años, es decir, actualizar la saga que, en su momento, inició Steven Spielberg con la mentada Parque Jurásico.




   Así es, hace ya la friolera de veinticinco años, el famoso director de Ready Player One (2018) sorprendió al mundo entero con el estreno de Jurassic Park (Parque Jurásico), una película que batió todos los récords de taquilla conocidos hasta el momento. Y no es de extrañar, pues sus efectos especiales nos hicieron creer que los extintos dinosaurios habían vuelto a la vida (los espectadores que la vimos en su momento, nos encontramos reflejados en la sorprendida expresión de los carismáticos Sam Neill y Laura Dern cuando ven a la gigantesca criatura por primera vez, y hasta espetamos la famosa frase que profiere el también entrañable Jeff Goldblum -"ese hijo de... lo ha logrado"-, aunque nosotros, por supuesto, no la dijimos en relación a Hammond, sino al propio Spielberg, autor de esa maravilla); además, y como hemos dicho arriba, se trató de un magistral ejercicio de narrativa cinematográfica, pues remozó para siempre el cine de aventuras exóticas. Desafortunadamente, la inevitable saga que siguió a la película cayó en desgracia muy pronto, puesto que la segunda parte no contó con el mismo entusiasmo de su director (pese a los grandes aciertos que todavía ostenta), ni la tercera contó siquiera con su participación, más allá de las labores de producción (aunque pasó el testigo de la dirección a su buen amigo Joe Johnston, autor de la siempre reivindicable Jumanji); por eso, esta razón fue más que suficiente para cancelar las otras secuelas que estaban previstas (amén de la razón económica, puesto que cada película recaudaba menos dinero que la anterior). Sin embargo, los directivos de Hollywood vieron que este era el momento idóneo para resucitar la dinomanía que se vivió durante la década de los noventa, puesto que, asaltados como estamos por la nostalgia (nunca ha habido tantas secuelas, remakes y reboots del cine que nos gustó), no era una opción descabellada traerla nuevamente a colación; pero, esta vez, no con una cuarta parte que continuara la acción donde acabó la tercera, sino con un saga que corrigiera aquello en lo que la anterior había fallado. La película en cuestión fue Jurassic World, una obra que, ciertamente, ha sabido erguirse como una digna heredera de lo que, hace veinticinco años, consiguió Jurassic Park (Parque Jurásico); por este motivo, además, la nueva entrega de la saga camina sobre las huellas seguras que dejó en el suelo la secuela de esta última, pues pretende ser la segunda parte que en realidad nunca tuvo (misma trama, diferente desarrollo) y abre las puertas a la continuación que Joe Johnston no se atrevió a hacer (atención al plano final... ¡y a la escena postcréditos!), ya que solamente repitió la fórmula de la primera.  

   En cuanto a la dirección de Bayona sobre la película, poco más podemos añadir a lo que hemos advertido arriba, puesto que se trata de un producto made in Hollywood empacado y listo para su consumo rápido, por lo que él tiene poco que ver con el acabado final. Ciertamente, podemos detectar en la película neuras que son propias de su cine (como es la ausencia materna y los problemas que esto origina en los niños), pero no dejan de ser pequeñas concesiones que autoriza el productor (a la sazón, Steven Spielberg) para congraciarse con el cineasta que esté bajo su mandato (por otro lado, esas disfunciones familiares también están muy presentes en el cine de Spielberg, así que a este no le habrá costado mucho ceder a las aspiraciones de Bayona). Es verdad que parece transparentarse el nihilismo que el director ya dejó de manifiesto tanto en Lo imposible (2012) como en Un monstruo viene a verme, sobre todo en la figura del recuperado Jeff Goldblum, que niega la intervención de Dios en las fatalidades que están azotando al antiguo Parque Jurásico (o incluso en la repelente niña interpretada por Isabella Sermon, que tiene una relación antinatural y casi transhumanista con los dinosaurios); sin embargo, no sabemos hasta qué punto forma parte de su malicia (si es que la tiene) o de un discurso más que asumido (aunque a todas luces erróneo). Lo que sí tenemos claro es que el filme no sirve de trampolín adoctrinador a la ideología moderna e infecta que hoy nos invade (como sí lo es la nueva saga de Star Wars), sino que se trata de un estupendo relato de aventuras destinado solo al mero entretenimiento del espectador.




   Para terminar, pues, podemos decir que esta semana nos ha llegado un buen estreno a nuestras pantallas. En efecto, sobre gustos no hay nada escrito, por lo que es probable que haya espectadores que no sientan interés alguno por esta película; sin embargo, a ellos les recomendamos desde aquí que vayan a verla sin prejuicios, puesto que no tiene mayor empeño que el de entretener al respetable. Recordemos que muchos de nosotros comenzamos a amar el cine gracias a títulos como estos, puesto que, aunque ahora apostemos por obras de Dreyer o Ingmar Bergman, lo cierto es que el séptimo arte nos engatusó gracias a directores como Steven Spielberg, George Lucas o Robert Zemeckis. Y es que estos, ciertamente, entendieron que el cine es un arte, pero también un espectáculo, por lo que supieron aunar ambos factores en grandes películas que hoy perduran el magín de muchísimos cinéfilos. El blockbuster de este año, pues, ya está servido, y no da opción a un segundo plato, por lo que solo podemos ceder a la tentación de comprarnos un bol de palomitas y un vaso de nuestro refresco favorito, y disfrutar durante dos horas del regreso de los dinosaurios.





lunes, 23 de abril de 2018

Campeones


   Esta semana, reproducimos en el blog el artículo de Dª. María Pérez Chaves (@mpchvs), experta en audición y lenguaje, que nos narra su experiencia con discapacitados intelectuales a través de una excelente película española de la que aún podemos disfrutar en nuestras pantallas: Campeones (Javier Fesser, 2018).




   Marcos es un entrenador de baloncesto. En uno de los partidos, termina peleándose con otro entrenador y es echado del equipo. Esa misma noche, antes de ir a casa de la madre (no está bien con su mujer), se pasa por un bar y bebe más de la cuenta; coge el coche borracho, le ponen una multa y además debe trabajar para la comunidad: será entrenador de un equipo de baloncesto de niños distintos (hacen lo que no se espera que hagan, o no hacen lo que se espera que hagan), pero, en este caso, ya son adultos.

   Estos adultos han tenido que esforzarse mucho para llegar adonde están: unos son queridos en su familia, pero otros no; algunos se buscaron la vida como cualquier otra persona y tienen un trabajo, pero otros no han sido capaces o ni siquiera tienen familia que los cuide. Para que los niños distintos lleguen a SER, tienen que tener un modelo lo más armónico posible.

   Los personajes de la película quieren ser jugadores de baloncesto, pero no hay una persona que ame a los chicos y los guíe para conseguir su sueño: nadie quiere compartir su vida con los muchachos, nadie quiere responsabilidades, porque nos guste, queramos o no, ser modelo de un niño distinto es una responsabilidad, porque él será como tú seas.




   Marcos, obligado, acude a la demanda, pero no quiere dejar un trocito de su vida en la vida de estos muchachos: cuántas persona hay que no quieren responsabilidades; entonces, ¿cómo van a educar a sus hijos? Va sin ganas y prefiere cualquier otra cosa antes de ser entrenador de "subnormales", como él dice en la cinta.

   No hay que ver a estos adultos distintos con pena, ni pensar que no pueden hacer ciertas cosas: si tienen la capacidad, quieren y hay voluntad, pueden, que es lo que ocurre en Campeones: todos ellos tienen la capacidad de jugar al baloncesto (unos más que otros). A Marcos le cuesta empezar, pero, gracias a la obligación de asistir dos días a la semana durante tres meses, va aceptándolos y él también se ve realizado, porque realmente es segundo entrenador y me parece que no le hace mucha gracia, y con los chicos puede ejercer como primer entrenador.  

   Es muy importante creer en lo que estás haciendo y creer en los demás. Marcos, al principio, no creía en ellos, y eso afectaba al grupo, pero, cuando comenzó a entregarse de verdad y a entrenar a auténticos jugadores, todo cambió. Para él, antes era enseñar a unos subnormales; ahora enseña a unos hombres distintos, cada uno con su capacidad, pero todos con voluntad para jugar, y ya los trata como los jugadores  que son.




   El encargado del polideportivo no le pide a Marcos que los chicos jueguen bien al baloncesto, sino que jueguen, porque, para estos muchachos, es un modo de escape de la rutina. El papel del encargado es muy importante, porque es el que anima a Marcos a seguir adelante, como el angelito bueno que, colocado en nuestro hombro, nos dice las cosas buenas que tenemos que hacer: la conciencia. “Es difícil, pero no imposible” le llega a decir ese Pepito Grillo, y no le falta razón.

   ¡Cómo se vienen arriba cuando se les jalea y qué importante es el que se anime a estas personas con discapacidad! Porque con qué poco se conforman a veces y qué poco nos cuesta animarles a que sigan adelante.

   Los muchachos agradecen a Marcos el trato hacia ellos, ya que este no les habló como si fueran unos pobrecitos, sino que, al contrario, les hizo entrenar duro, les reñía… pero también se preocupaba por ellos. Autoridad con amor. Marcos creó esa identidad que le faltaba al grupo: antes de su llegada, cada uno iba por su cuenta, pero, con el entrenador, todo cambió, ya que él vio que había posibilidad, que podían llegar a ser un grupo, y eso llevó a los muchachos a creer en ellos de manera individual y grupal: “Estoy contento, porque estamos juntos y, si estamos juntos, vamos a ganar”.





domingo, 19 de marzo de 2017

Kong. La isla calavera

   Esta semana, han llegado pocas cintas de interés a nuestras carteleras. Por este motivo, quisiéramos recomendar aquí un título que se estrenó la anterior y que no debería pasar desapercibido. Nos referimos a Kong. La isla calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017). En efecto, pese a recuperar un personaje icónico de la historia del cine y adaptarlo a nuestro tiempo, se trata de una película imprescindible para comprender la esencia misma del séptimo arte: el entretenimiento.

   Como todo el mundo sabe, sin embargo, no se trata de una precuela ni de un remake del clásico de 1933, sino de un reboot. Esto quiere decir que nos hayamos ante un film que pretende reinventar el personaje y establecerlo como protagonista de una nueva saga. Y aunque esta decisión conlleve el rechazo de muchos puristas, debemos señalar que también forma parte de la historia más elemental del celuloide.




   Esta vez, el argumento nos traslada a los años setenta, a una fecha inmediatamente posterior a la guerra del Vietnam. Un grupo de veteranos de este conflicto es reclutado para una última misión: acompañar a una expedición científica en su incursión por una isla perdida del Pacífico. Esta isla se llama Calavera y siempre ha permanecido escondida al ojo humano gracias al banco de niebla que la protege. Pero el secreto que mejor guarda es la presencia de King Kong, un simio gigante que es venerado como un dios por las tribus nativas.

   Por tanto, las únicas relaciones que esta nueva cinta mantiene con la original son el protagonismo de Kong y su ubicación en la isla Calavera. El resto entronca más con las monsters movies norteamericanas de los años cincuenta y con el kaiju eiga japonés. Por este motivo, no encontraremos en ella un desarrollo profundo de los personajes ni un guion muy literario, sino un apabullante show de destrucción y lucha ciclópea. Esto nos conduce a la primera cuestión, es decir, a recordar que el cine nació como espectáculo.




   En efecto, a veces me pregunto si King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933) fue concebida por sus creadores como una verdadera metáfora del amor bizarro. Ciertamente, comienza y termina con el proverbio que asevera que la bestia murió por culpa de la mirada de la bella, pero ¿no es todo su metraje intermedio una simple acrobacia destinada al asombro del público? Tengamos en cuenta que el único monstruo visto a la sazón en una pantalla de cine había sido el diplodocus de El mundo perdido (Harry O. Hoyt, 1925). Como este formaba parte del universo silente, es posible que ella solo quisiera repetir su éxito en el sonoro (de hecho, contó para ello con su mismo y genial creador de los efectos especiales: Willis O´Brien). Además, fueron sus posteriores remakes y la cultura popular los que incrementaron esa poesía que ella insinuaba (o la lujuria, en el caso de la versión de 1976).     

   Respecto de la segunda cuestión, es decir, la creación de una nueva saga, debemos señalar que la mismísima King Kong contó con una rápida secuela: El hijo de Kong (Ernest B. Shoedsack, 1933). Esta, en efecto, pese a su baja calidad, nació con el indisimulado propósito de repetir las ganancias de aquella. Por otro lado, su primer remake también fue seguido por una desastrosa continuación, King Kong 2 (John Guillermin, 1986), que se alejaba notablemente de sus postulados, presentando ahora a la media naranja del simio: Lady Kong (¡!). Y hasta el cine japonés lo enfrentó a su monstruo más conocido en King Kong contra Godzilla (Ishiro Honda, 1962), y a una réplica mecánica en King Kong se escapa (Ishiro Honda, 1967). Por consiguiente, si esto nos pareció bien en su momento y lo disfrutamos ahora, ¿por qué no vamos a aceptar hoy un reboot del simio cinematográfico más famoso del planeta?

   Por todo ello, nos encontramos ante una película que nos recuerda que el cine es ante todo entretenimiento. Sin duda, no está a la altura del King Kong original, pero porque desea crear algo nuevo (por favor, ¡esperad a la escena post-créditos!). Tal vez no identifiquemos ahora grandes aciertos en ella, pero ¿quién sabe si dentro de cien años pasará a la historia ese gorila silueteado por el sol, mientras es atacado por los helicópteros americanos? En fin, puro espectáculo. 



domingo, 5 de febrero de 2017

Manchester frente al mar

   Hace unas semanas, afirmábamos que nos encontramos en un período propicio para el buen cine de actualidad (aquí). El motivo es la inminente ceremonia de los Óscar, donde se premia a la mejor película del año. Para formar parte de esta gala, pues, las grandes productoras se reservan estos meses para estrenar sus largometrajes más acariciados. Asimismo, y con esta intención, suelen rodearlos de los factores que habitualmente gustan a los miembros de la Academia, sus anfitriones: corte clásico, actores consagrados, revisionismo histórico y valores norteamericanos.

   Curiosamente, la película que hoy nos ocupa no cumple ninguno de los citados requisitos. Sin embargo, ha entrado en la lista de candidatas al mayor premio otorgado en Hollywood (además de haber obtenido otras cinco nominaciones). El motivo tal vez estribe en su correcta manufactura o en la tragedia que palpita en el fondo de su metraje, más intensa que la del propio guion. Si se trata de esto último, no deja de ser una llamada de atención acerca del inmenso vacío que experimenta el hombre actual. 




   Lee Chandler (Casey Affleck) es un conserje de Boston. Cierto día, recibe una llamada telefónica de su ciudad natal, Manchester, en la que le informan del fallecimiento de su hermano. Rápidamente, se pone en camino hacia allí, puesto que debe organizar el funeral y todo lo relativo a la herencia. Aunque al principio se muestre preparado para asumir cualquier circunstancia, rechaza toda responsabilidad sobre su sobrino. El motivo es que arrastra una tragedia pasada que le impide hacerse cargo de él.

   Como hemos indicado, la película manifiesta claramente su amargo dramatismo, algo que la separa de los gustos de Hollywood a la hora de entregar el Óscar. Para ello, presenta unas actuaciones frías, una fotografía pausada y una música apenas audible (a excepción del momento culminante del metraje, que es acompañado por el famoso adagio de Albinoni). Asimismo, y para reflejar el estado anímico del protagonista, no duda en ofrecer un Manchester grisáceo y nevado, diáfanas alegorías de la pesadumbre y la tristeza. Pero, como anunciábamos, la verdadera tragedia se oculta detrás de estos fotogramas.




   En efecto, la película versa realmente sobre una persona que es incapaz de perdonarse. Este es el motivo por el que, a lo largo del metraje, vemos que no acepta la triste situación que le sobreviene. La muerte de su hermano, por tanto, se le presenta como un drama irresoluto, como un enigma que añade mayor dramatismo a su desdichada existencia. La soledad y el amargor, por consiguiente, se levantan frente al protagonista como un insalvable muro que nadie puede derribar. Incluso cuando tiene la oportunidad de redimirse, la desprecia, puesto que su pena es más profunda que el deseo de liberarse de ella.  

   Precisamente, esta tragedia remite a la necesidad humana de redención. Ya que el hombre es un ser imperfecto y que no actúa conforme al bien que anhela, ora por error, ora por mala intención, clama por la compañía de alguien que lo perdone y que lo guíe. Por desgracia, muchas veces no encontramos quien supla estas carencias, ya que todos se encuentran en la misma situación que nosotros; o bien, como el protagonista de la cinta, nos aferramos a un dolor del que no queremos desprendernos. 

   El cristiano, sin embargo, sabe que esa necesidad es cubierta por Dios. Este, en efecto, enviando a su Hijo, consiguió perdonarnos incluso aquello que nosotros no somos capaces de olvidar. Asimismo, nos concedió el guía imprescindible de nuestra propia existencia. Por tanto, ya no estamos solos en este mundo ni la desesperación tiene cabida, pues incluso la muerte ha sido dotada de un sentido escatológico.




   Al final, es cierto, la película entreabre una puerta a la esperanza, puesto que resalta el valor de la familia. Sin embargo, este es incompleto si no está cohesionado mediante la fe. Ciertamente, pese al amor que experimentamos en el seno familiar, este puede ser quebrado a través del egoísmo o de cualquier otro tipo de mal, como también insinúa el film. En definitiva, pues, quien suple la soledad del hombre, cura sus tristezas e incluso mantiene unida a la familia es el Dios ausente de esta cinta.

   Pese a todo, el largometraje es correcto, aunque imperfecto. Se trata de un buen film, aunque no es magistral. Por eso resulta extraño que la Academia de Hollywood se haya fijado en él. Tal vez, el motivo sea que hace un preciso detalle de la soledad humana y que esta, en el fondo, sea más una urgente llamada de atención a buscar el consuelo que andamos buscando. Este consuelo es ese Dios que guarda silencio durante la proyección y, quizás por eso, los miembros de aquella quieran hacernos ver cuánta necesidad tenemos de Él.


    

domingo, 22 de enero de 2017

Figuras ocultas

   Enero suele ser un mes propicio para disfrutar del buen cine. Ello se debe a que precede casi de inmediato a la ceremonia de entrega de los Óscar, que habitualmente tiene lugar a principios de marzo (este año, sin embargo, se celebrará el 26 de febrero). Las películas, pues, que optan al citado galardón esperan estas fechas para su estreno, de manera que estén más presentes en la memoria de los académicos estadounidenses, que son a la postre los encargados de elaborar la lista de las nominadas. El film que hoy nos ocupa pretende a todas luces formar parte de esta candidatura, ya que ofrece los requisitos que aquellos acostumbran a exigir: corte clásico, algún actor consagrado, revisionismo histórico y valores norteamericanos. Pero, además, lleva implícita cierta denuncia social, que le otorga mayor actualidad y, por tanto, mayor interés.  




   Katherine G. Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson son tres mujeres dotadas de unas altísimas cualidades intelectuales. Gracias a ello, trabajan como calculadoras en la NASA, un empleo duro, pero bien remunerado. Sin embargo, son incapaces de subir un peldaño más en su vida laboral, puesto que, no obstante su facultades, cuentan con un serio problema: son negras. En efecto, nos encontramos en la década de los sesenta, años en los que aún pervivían en los Estados Unidos las leyes de segregación racial. A pesar de este anacronismo, fue también la época de los grandes avances científicos, puesto que concluyó con la llegada del hombre a la luna. En este período tan paradójico, es donde aquellas debieron pugnar por sus derechos y demostrar sus cualidades.

   Ya hemos indicado que, en el aspecto técnico, se trata de una cinta clásica, que no arriesga en su puesta en escena; más bien al contrario, respeta con suma precisión las normas de la narrativa cinematográfica. Por supuesto, ello no significa que carezca de valor, sino que lo adquiere, ya que hoy nos topamos con muchísimas innovaciones fílmicas que, desgraciadamente, postergan el arte de la narración. Además, cuenta con unas actuaciones medidas, integradas a la perfección en el relato, que por fortuna tiene más peso que los intérpretes. Es destacable la actuación de las tres protagonistas, pero también la de los secundarios: Kevin Costner (repitiendo su papel de Trece días), Jim Parsons (dándole una vuelta de tuerca a su famoso Sheldon Cooper de la teleserie Big Bang) y Kirsten Dunst (ya muy alejada de sus intervenciones en la saga Spider-Man).

   En cuanto al revisionismo histórico de la cinta, es loable que esta haya optado por describir un contexto sombrío sin generar nuevos revanchismos. Ciertamente, la película no pretende construir un discurso político que enfrente a blancos y a negros, sino detallar un momento de la historia que fue superado gracias al trabajo y al empeño de sus protagonistas (para conocer más sobre ellas, recomiendo la lectura del siguiente artículo: aquí). Por supuesto, el ideal norteamericano, que postula que cualquiera puede alcanzar sus ambiciones mediante estos dos, está muy presente.




   Pero la película también ofrece un panorama muy actual. En efecto, en un período de la historia (el nuestro) en que el esfuerzo, el carácter y la competitividad han sido descartados, nos propone el ejemplo de un trío de mujeres negras que, mediante su intelecto, arrostraron todos los prejuicios que había entonces contra ellas. En este sentido, son muy significativas dos escenas: por un lado, aquella en la que Katherine G. Johnson (Taraji P. Henson) explica a sus hijas menores que la mayor tiene más privilegios porque tiene más responsabilidades; por el otro, la que protagoniza Mary Jackson (Janelle Monáe), que acusa a su esposo de repetir consignas y de usar la violencia contra la segregación, en vez de combatirla con sus muchas cualidades.   

   Se trata, pues, de un film clásico, pero moderno; que apuesta por la narrativa más tradicional, pero que plantea una problemática muy actual. Es por ello que merecerá alguna candidatura, aunque tal vez no aspire al máximo galardón, el de la mejor cinta del año. No obstante, continuará siendo un gran largometraje, que tendremos que ver y que nos ayudará a reflexionar acerca de la condición humana.



sábado, 7 de enero de 2017

Silencio

   Esta entrada contiene la resolución del film, por lo que advierto que su lectura es peligrosa para aquellos que no deseen conocerla.


   Martin Scorsese es católico. Nunca lo ha ocultado. Tampoco ha negado que, en algún momento de su infancia, quiso ser sacerdote; muy al contrario, se trata de una anécdota que procura mencionar siempre que puede. Por estos motivos, resulta extraño que su acercamiento al cristianismo a lo largo de su filmografía haya sido tan escaso: podemos intuir esta fe (o una disertación sobre ella) en los protagonistas de Uno de los nuestros (¿tal vez su mejor película?) y en largometrajes como Toro salvaje (1980) y Al límite (1999), pero no encontramos una confesión explícita de la misma. Por desgracia, cuando quiso hacerlo, erró en su discurso y nos ofreció una imagen distorsionada (y blasfema) del Hijo de Dios mediante La última tentación de Cristo (en este sentido, también resulta inaudito que su mejor aproximación al cine religioso, Kundun, se la dedicase al budismo). Particularmente, pensé que, a través de Silencio, corregiría este derrotero; sin embargo, lejos de hacerlo, parece que se ha reafirmado en él. Veamos el porqué.




   La película se hace eco de la persecución religiosa que sufrió la Iglesia japonesa en pleno siglo XVII. Pese a lo que muchos puedan creer, se trataba, entonces, de una comunidad creciente, puesto que, desde la época de su fundación, a manos de san Francisco Javier, hasta el momento narrado por el filme, constaba de unos trescientos mil fieles. No obstante, estos fueron diezmados por las autoridades del país, que consideraron el cristianismo como una creencia propia de otras naciones y, por tanto, intrusa en su suelo y en su cultura. En su empeño por erradicar este supuesto enemigo, no solo ejecutaron a los nativos, sino que también hostigaron a los sacerdotes que los habían cuidado hasta el momento. Entre ellos, se encontraba el padre Ferreira, quien, según afirman las anotaciones contemporáneas, apostató y se convirtió al budismo.

   Esta noticia sorprendió tanto a sus hermanos jesuitas, que muchos de ellos se ofrecieron voluntarios para viajar a Japón, encontrar al sacerdote renegado y, al fin, devolverlo a la fe de la que había abjurado. Sin embargo, no queda constancia de que ninguno alcanzase su propósito, por lo que se resolvió que el padre Ferreira había aceptado de buena gana los tratados de aquel credo y que, por consiguiente, no deseaba retornar a su anterior creencia. Otros, empero, consideraron posible que su apostasía era un ardid encubierto, que albergaba la intención de vivir en secreto el cristianismo y, de este modo, propagarlo a los allegados (todo este relato puede ser leído de manera más detallada aquí). Esta última valoración es la que adopta el film de Scorsese.

   


   Sin embargo, se trata de un mero espejismo, puesto que, en el fondo, la película defiende una vivencia privada de la fe. En efecto, a medida que avanza el metraje, el sacerdote protagonista (un impagable Andrew Garfield) comprende las razones que han conducido al padre Ferreira a apostatar, y, por ello, decide sumarse a él. Por tanto, y según el film, la mejor manera de sobrellevar una asechanza es la rendición, el doblegamiento a las tiránicas imposiciones del perseguidor, que anhela precisamente el ostracismo de la fe (por supuesto, hablamos de la fe cristiana, pues el budismo, que vertebra la vida social japonesa, se presenta como inamovible).

   Como decíamos arriba, esta es la misma tesis que el cineasta mantuvo en La última tentación de Cristo, donde el mismísimo Hijo de Dios se cuestionaba el sentido del sufrimiento. Por esta razón, cuando este alcanzaba su paroxismo en la cruz, aquel imaginaba (o vivía realmente, pues no queda claro en el film) una existencia tranquila junto a una esposa y una prole, es decir, lejos de cualquier dolor causado por su convencimiento religioso. Tanto es así, que, cuando era asaltado por san Pablo, quien le proponía un compromiso mayor con el Padre, Jesús lo rechazaba y se refugiaba de nuevo en su vida reposada y normal (¡como el Andrew Garfield de la película que nos ocupa!). No obstante, y al margen de la blasfemia, el protagonista de aquel film terminaba comprendiendo el sentido del dolor y de la redención, y, por ello, volvía a la cruz, cosa que no hace el de Silencio.




   En esta postura de Scorsese, hay quien ve una confesión de su propia vivencia, que tendría que ser privada por culpa del alejamiento del cristianismo que existe en Hollywood (y que hemos denunciado en los artículos que aquí dedicamos a Mel Gibson: aquí y aquí). Sin embargo, ello no obsta para que considere a los mártires como ejemplos de personas que han preferido entregar su vida antes que apostatar. De otro modo, ¿qué sentido tendrían sus muertes?, ¿por qué merecería la pena ser torturado a causa de la fe, si esta podría ser vivida en la quietud del hogar? Evidentemente, no juzgo al cineasta por su discurso acerca de la lucha interna que conlleva el martirio (por cierto, muy bien expresada por él en este filme), sino por su empeño en proponerlo como un ideal absurdo: ¿acaso los japoneses crucificados no le sirvieron de ejemplo al sacerdote protagonista de la cinta?

   Bajo mi punto de vista, Socorsese ha perdido la oportunidad (otra vez) de hablarle al mundo explícitamente de su fe. Considero que ha partido de un material precioso y envidiable, pero que lo ha aprovechado para dar otro paso en falso (por supuesto, a un nivel moral, puesto que, técnicamente, la película es impecable). Me imagino, por tanto, qué habría sido del film si hubiese prescindido de esa resolución que lo estropea por completo. Una pena.





sábado, 17 de diciembre de 2016

Rogue One. Una historia de Star Wars

   Por fin llega a nuestros cines el primer (y esperadísimo) spin-off de La guerra de las galaxias. En efecto, cuando Disney adquirió los derechos de esta última, no solo se comprometió a rematarla con los tres episodios finales, sino que también aseguró que la completaría mediante pequeñas historias que habían sido sugeridas en la saga central. La película que hoy nos ocupa, por tanto, cumple dicha promesa, y lo hace de manera acertada, ya que presenta un relato correcto que agradará a los fans (aunque sin mucho entusiasmo) y que gustará a la nueva generación de aficionados galácticos.




   Como todo el mundo sabe, nos encontramos ante una película que se ubica después del episodio III e inmediatamente antes del IV. En este último, veíamos cómo el golpe final de la Alianza Rebelde al Imperio galáctico era impulsado por el robo que hacía la primera de los planos de la Estrella de la Muerte, el arma principal y más temible del segundo. El film, pues, detalla la gesta emprendida por el grupo de valientes que arriesgó su vida con el propósito de arrebatarle al enemigo los arcanos de la citada y letal arma. A diferencia de los otros largometrajes, este no está protagonizado por Jedi ni aprendices de la Fuerza, sino por el pueblo libre que se alzó contra la opresión impuesta por el malvado emperador Palpatine.

   Evidentemente, el largometraje nace con vocación de relato menor dentro de la odisea galáctica, puesto que su interés no se centra en el drama de los Skywalker, sino en una historia tangencial que tiene a estos como telón de fondo. Por dicho motivo, su director prescinde de la espectacularidad que caracteriza a aquella y de un reconocible elenco actoral que pudiera ensombrecerla. Ello no significa que el film renuncie a todo lo que siempre ha distinguido al universo Star Wars, pues, más bien al contrario, su distanciamiento propicia un metraje respetuoso con el original y, sobre todo, novedoso para los devotos seguidores.




   Precisamente, uno de los problemas de los que adolecía El despertar de la Fuerza (J.J. Abrams, 2015), película que impulsó esta nueva ola creativa dentro de la saga, era su absoluta dependencia de la trilogía original. En verdad, aunque todos disfrutásemos de ella como nunca lo hicimos con los episodios I, II y III, el film no dejaba de ser un refrito de todo lo que ya habíamos visto con anterioridad en La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), El Imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) y El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983); es decir, un ejercicio de impúdica nostalgia que no hacía avanzar como debiera el entramado narrativo (a pesar de los excesivos defectos de aquellas tres precuelas, es necesario reconocerles su acierto en esto último). Por suerte, y como hemos indicado, ese distanciamiento con el que es concebido Rogue One logra desuncir a esta del restrictivo yugo melancólico y le otorga una libertad que muchos añoramos en el episodio VII (por supuesto, existen varios guiños a lo largo del metraje, pero están mejor insertados que los que vimos en la película de Abrams).

   En cuanto a su vinculación con la cinta original, debemos indicar que bebe ampliamente de la frescura que presentó George Lucas en aquella, puesto que recupera toda el marco bélico en el que esta se desarrollaba (algo que también pudimos ver en la magistral serie de animación Star Wars Rebels, homenajeada aquí en alguna escena), la manera de presentar a los personajes (desenvolviéndolos paulatinamente) y su candoroso sentido del humor (no olvidemos que La guerra de las galaxias fue pensada para satisfacer a los niños). Por desgracia, en los personajes principales de este spin-off estriba su defecto más evidente, ya que carecen de la complejidad que ostentaban en las anteriores películas de la saga (recordemos que Han Solo pasaba de ser un contrabandista escéptico y egoísta a ser un pilar fundamental de la rebelión... ¡en una sola película!, y que Anakin pasa de ser el niño inocente de La amenaza fantasma al malvado Darth Vader de La venganza de los Sith). Además, no encontramos entre ellos ninguno tan carismático o entrañable como el citado Solo, o como Chewbacca o los legendarios R2D2 y C3PO. ¡Ni siquiera lo es la protagonista femenina, que no llega ni por asomo al grado de empatía mostrado por Daisy Ridley en El despertar de la Fuerza! Es posible, no obstante, que, como señalamos arriba, esto forme parte de una estrategia premeditada, puesto que este es un film menor, por lo que debe soslayar todo factor que eclipse a la saga central.     

   Así pues, si este es el propósito de la película, cumple su función: se trata de un film correcto y con pocas pretensiones; no es magistral ni del todo espectacular, pero está bien acabado y hace vibrar al espectador. Como indicamos al principio del texto, conseguirá agradar a los fans incondicionales de la saga y gustará a todos aquellos que ahora se estén adentrando en ella. Por otro lado, sirve de excelente aperitivo para el verdadero plato fuerte del menú Star Wars: el episodio VIII, que podremos ver el año que viene.



lunes, 31 de octubre de 2016

Dr. Strange (Doctor Extraño)

   Hace tiempo, leí un curioso artículo acerca de la religión que profesaban los superhéroes de moda (aquí). Gracias a él, supe, por ejemplo, que Hulk es católico, que el Capitán América asiste a misa todos los domingos y que Lobezno ha declarado en más de una ocasión que es un devoto presbiteriano escocés; asimismo, corroboré la dimensión cristológica de Superman (aquí) y la metáfora vocacional de Spider-Man 2 (Spiderman 2) (aquí). Por entonces, aún no se había estrenado el film que nos ocupa, pues, si lo hubiese hecho, probablemente habría encabezado esta peculiar lista.




   El doctor Stephen Strange es un afamado cirujano que cree poseer todo en la vida, ya que es millonario y goza de un prestigio internacional en el ámbito de la Medicina. Sin embargo, cierto día sufre un accidente automovilístico que lo pone en peligro de muerte y que le obliga a replantearse su propia existencia; además, una vez recuperado, descubre que sus manos han quedado inutilizadas, por lo que ya no podrá continuar ejerciendo su labor curativa. Empeñado, no obstante, en recobrar su antigua rutina, viaja hasta el Nepal, donde descubrirá un universo sobrenatural que, hasta el momento, había pasado desapercibido para él.

   Como podemos comprobar, la sinopsis de la película apunta a la conversión de un personaje que, habiendo gozado de los placeres de este mundo, descubre la existencia de otro que le reporta mayor felicidad, y que, por ello, decide consagrase a su servicio. Pero la metáfora no descansa solo aquí, sino que, a lo largo del metraje, descubrimos constantes referencias a la ley natural, que no debe ser alterada por nadie; a la acción del diablo entre los hombres, que se someten a sus mentiras pensando que así encontrarán la dicha que anhelan, y, finalmente, a la redención de estos, es decir, a la muerte de uno para la liberación de todos.

   Posiblemente, algún lector piense que esta enjundia religiosa sea una forzada visión de la película; sin embargo, debemos recordar que el autor de la misma ya demostró su interés por esta temática en sus anteriores obras El exorcismo de Emily Rose (2005) y Líbranos del mal (2014). Pero, si aun así el citado lector cree que aquí vemos brujas donde solo venden escobas, es preciso que se acerque a este otro artículo, donde el cineasta revela abiertamente sus intenciones: Llega el Doctor Strange. Tiembla el materialismo, triunfa la visión misteriosa de la vida y la cruz. Sea como fuere, la concepción religiosa de los superhéroes de moda es un hecho; por ello, concluimos este texto con la reflexión final del escrito que ha dado pie a este post: "El mundo necesita héroes positivos, impávidos y justos, que, en la eterna lucha entre el bien y el mal, siempre saben de qué parte deben estar. Y, si detrás de ello hay motivaciones religiosas, mucho mejor".   



miércoles, 17 de agosto de 2016

Cazafantasmas

   Muchas veces, cuando nos llegan noticias sobre el rodaje o el estreno de un remake, le diagnosticamos a Hollywood una grave falta de imaginación, pues consideramos que, al ser incapaz de ofrecernos nuevos filmes que cautiven nuestro interés, recurre a argumentos que fueron exitosos en su época, con el fin de obtener el aplauso (y las ganancias) que alcanzó con ellos entonces. Sin embargo, y aunque este motivo sea cierto, la verdad es que la costumbre de elaborar versiones actualizadas de viejos clásicos cinematográficos es un hábito muy antiguo en el séptimo arte: Cecil B. DeMille, por ejemplo, dirigió dos adaptaciones de su película Los diez mandamientos (amén de la conocida, una silente en el año 1923), y Fred Niblo realizó el primer Ben-Hur en 1925, es decir, ¡treinta y cuatro años antes que la obra maestra de William Wyler! Por lo tanto, lejos de ser exclusivamente un síntoma de la debilidad hollywoodense a la hora de afrontar nuevos proyectos (con un claro objetivo crematístico), los remakes pueden ser también una buena oportunidad para presentar las antiguas historias desde un prisma novedoso, con el fin de hacerlas aceptables al público del momento.

   Por supuesto, existen buenos remakes y malos remakes: entre los primeros, se encuentran aquellos que, aun basándose en títulos anteriores, son capaces de ofrecer una historia diferente, pues profundizan en aspectos que sus predecesores relegaron o abordaron someramente (un buen ejemplo de ello son La cosa (El enigma de otro mundo), de John Carpenter, y La mosca, de David Cronenberg); entre los segundos, aquellos que se limitan a copiar la película original, pero pasándola por el tamiz de la técnica moderna o de la tendencia vigente (unos claros paradigmas de esta segunda opción son Psycho (Psicosis), de Gus Van Sant, y El planeta de los simios, de Tim Burton).




   El caso de Cazafantasmas es particular, porque, aun siguiendo casi punto por punto las líneas argumentales de la versión de 1984, que, como hemos dicho, es síntoma de un mal comienzo, propone, sin embargo, la interesante perspectiva que ofrece el grupo de mujeres que releva a los míticos Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis y Ernie Hudson. No obstante, pese a esta loable finalidad, que acercaría la comedia ochentera a las generaciones de hoy, el resultado no es el esperado, puesto que el relato cae muy pronto en un discurso feminista que absorbe cualquier resto del genio que el guion podía presentar. En efecto, mientras que aquella era una sencilla parodia del mundo de la ciencia enfrentado a lo sobrenatural, esta somete el mismo argumento a las reivindicaciones por las que lucha la mujer actual, como su independencia y su igualdad al varón. Por supuesto, no quiero hacer ver con esto que soy contrario a dicha pugna por parte de nuestras féminas, sino que, mediante el uso que se hace de ellas en el film, este pierde la intemporalidad de su predecesor y su nombre queda denigrado (¿en serio hacía falta contraponer a las cuatro chicas con un hombre tan tonto?, ¿es que no eran capaces de destacar por sí mismas? Si nos ponemos quisquillosos, el papel de Rick Moranis ya mostraba esa faceta del hombre... ¡pero llevada con más gracia que aquí!). Por otro lado, el humor del que hace gala la película es de una puerilidad insultante, algo que servirá de reclamo al público más infantil, pero que decepcionará a los que aún guardan en su memoria el recuerdo del primer largometraje.

   Con todo, no quiero decir que la película sea un bodrio, pues tiene algunos aciertos, como la divertida aparición de cada uno de los miembros del reparto original, así como los inevitables guiños a la cinta que protagonizaron, y las interpretaciones de Kristen Wiig y Melissa McCarthy, que parecen estar disfrutando de todos los planos que comparten (dejemos de lado a las otras dos actrices, que sobreactúan hasta la extenuación); sin embargo, podría haber sido mucho más redonda si hubiese relegado el discurso panfletario y cansino (para hacerlo mejor, su responsable debería haber tomado nota de cómo lo hizo Abrams en El despertar de la Fuerza, por ejemplo, donde la joven Rey no necesita de ningún adlátere insulso para demostrar su valía), y hubiese buscado contentar al público nostálgico con un humor más parecido al que gozamos cuando vimos Los cazafantasmas por primera vez (otro ejemplo de buena manufactura en este melancólico sentido es la serie de televisión Stranger Things, que ha sabido captar a la perfección el ambiente fílmico de la época que muchos vivimos).

   Parafraseando, pues, el inicio de este escrito, no todos los remakes están llamados a ser una mera copia de la cinta original, ni todos tienen como único objetivo engrosar la billetera de los directivos de Hollywood, puesto que, si caen en buenas manos, son capaces de superar incluso a la película que les sirve de base. Sin embargo, otros tienen la mala suerte de servir como inocente instrumento de divulgación o de recaudación, aprovechando la moda imperante y, por ende, postergando una buena historia y perdiendo la oportunidad de revitalizar el clásico. Por desgracia, Cazafantasmas, sin ser mala del todo, ha caído en este segundo agujero. Una pena.







miércoles, 10 de agosto de 2016

Escuadrón suicida

   Una gran decepción. Ese es el resumen de mi crítica después de ver esta película: una gran decepción. Que me disculpen los fans de la DC por mi contundencia, pues, posiblemente, a ellos les haya gustado mucho, como puedo interpretar por sus palabras en los diferentes foros que voy visitando; pero juzgo que es un engaño, puesto que, al público en general, nos ha sido vendida de una manera que no se corresponde, en absoluto, con la realidad que presenta.

   Antes de comenzar mi análisis, vaya por delante que no soy imparcial, ya que escribo bajo el hartazgo de las películas de superhéroes al que estoy sometido. En efecto, después de haber visto todos los filmes que tienen a estos como protagonistas, mi saturación ha alcanzado cotas que yo mismo desconocía, pues los clichés se repiten en ellos con tan poca originalidad, que el espectador parece estar viendo siempre un único largometraje, aunque matizado por la indumentaria del héroe en cuestión y por un par de detalles que rodean su biografía (casi siempre, de tintes traumáticos). Reconozco, sin embargo, que hay un nutrido número de estas películas que me cautivaron cuando las vi, o bien porque aún no había irrumpido esta cansina moda en nuestras pantallas, o bien porque encerraban en sus fotogramas cierta maestría cinematográfica y narrativa de las que adolecían (y adolecen) sus contemporáneas y congéneres (stricto sensu). Así pues, y obviando los clásicos, como Superman (Richard Donner, 1978) y como Batman (Tim Burton, 1989), me gustaron los Spider-Man de Sam Raimi, la nueva saga del hombre murciélago, dirigida por Christopher Nolan, y el tándem de X-Men. Orígenes dedicado a Lobezno; pero también me gustaron las controvertidas Hulk (Ang Lee, 2003), Superman Returns. El regreso (Bryan Singer, 2006) y El hombre de acero (Zack Snyder, 2013).




   Sabiendo, pues, por un lado, que no aborrezco todos los productos del género, y que, por otro, el film que nos ocupa había sido precedido por una estupenda campaña de promoción, confié en que este entraría a formar parte del selecto y personal grupo mencionado arriba, que me reconcilia con esta tendencia que ya se prolonga demasiado. Pero, por desgracia, no solo no ha sido capaz de atravesar dicho umbral, sino que, para más inri, me ha insultado a la cara y se ha reído de mí, como si yo fuese un espectador bisoño o un niño con ínfulas de malote, de esos que piensan que, por haber visto esta película, están más curtidos por la vida que aquellos que no lo han hecho. Seamos serios: si yo veo un tráiler en el que aparecen una mujer demente vestida de payaso y un francotirador sin escrúpulos paseándose por una ciudad devastada, al ir a ver el largometraje, espero encontrarme, por lo menos, con una antítesis gamberra de lo que me han ofrecido sus predecesores (al estilo de Deadpool, para que nos entendamos); si, además, el avance es presentado con un recopilatorio musical de excepción (al estilo de Guardianes de la galaxia, para que nos volvamos a entender), el deseo de disfrutar de una cruda parodia de aquellos es mayor. Sin embargo, lo que el espectador contempla ante sus ojos cuando acude a ver Escuadrón suicida, es una sucesión irrisoria de los estereotipos mencionados, en la que, para mas escarnio, se cuida mucho que el vocabulario no sea excesivamente soez y en el que se vela porque la violencia esté suficientemente contenida, de manera que una cosa y otra no hagan saltar la espita de la ira paterna y esta impida que el público infantil llene las salas.

   Pero el enfado adquiere un nivel mayúsculo cuando, después de haber sobrevivido al plúmbeo e innecesario prólogo del film, en el que se describe (¡uno a uno!) a todos sus protagonistas, este cae de lleno en remedar (que no homenajear) una de las grandes obras del cine ochentero: 1997. Rescate en Nueva York (John Carpenter, 1981). En efecto, pese a las decenas de posibilidades que los perpetradores de esta infamia podían haber barajado, decidieron que los antihéroes del relato debían liberar, del marco de esa caótica urbe arriba mentada, a una importante personalidad del panorama político norteamericano; además, y para facilitar la participación de todos ellos, no encontraron mejor acicate que un arma similar a la que se inoculaba en el cuerpo de Serpiente, el rescatador de aquella. Tal vez, si la película hubiese mantenido el tono otorgado por Carpenter en la suya, la indignación no habría pasado de un simple disgusto, pero, como parece reírse de ella mediante su poco disimulada puerilidad, esta barbolla por cada uno de los poros del estafado espectador (¿a quién se le ocurre sustituir a las tribus urbanas de aquel film por los masillas de los Powers Rangers?).

   Según mi parecer, el film está pensado exclusivamente para el goce de los aficionados de la DC, que suelen perdonar casi todo, mientras la versión cinematográfica se asemeje, siquiera de modo casual, al original impreso, como se pudo comprobar en la farragosa Batman v Superman. El amanecer de la justicia (Zack Snyder, 2016). Pero es un engaño para el resto de espectadores, que se encuentran con una película que nada tiene que ver con su promoción, y que, además, reincide en la imagen de superhéroes que estamos viendo desde que se revitalizase este género. Así pues, como decía al principio de este escrito, una gran decepción.