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domingo, 11 de diciembre de 2016

Hasta el último hombre

   Hace unos meses, dedicamos un extenso artículo a Mel Gibson en este mismo blog (aquí). El motivo era el estreno de su última película como intérprete, Blood Father (Jean-François Richet, 2016). Como veíamos en dicha crónica, este largometraje fue acogido por el cineasta como una confesión de su propio pasado, puesto que, igual que él, el protagonista de la cinta luchaba por desprenderse de sus antiguos problemas con las drogas y el alcohol; asimismo, pretendía recuperar la vida familiar que estos habían arruinado. Al final del escrito, además, anunciábamos la inminente llegada de su siguiente film a nuestras pantallas, la presente Hasta el último hombre (ibíd., 2016), que intentaba ser su regreso definitivo al mundo del espectáculo. Pese a las excelentes críticas que está recabando, no se trata de su mejor obra (reconocimiento que tal vez merezca Braveheart), pero sí de un título muy personal que aquí procuraremos analizar.



   
   La película narra la hazaña emprendida por el soldado Desmond Doss en el asalto a la colina de Hacksaw, en Okinawa, durante la Segunda Guerra Mundial. En su firme propósito de no tocar un solo arma por motivos de conciencia, salvó la vida, sin embargo, a muchos de sus compañeros a lo largo del cruento combate. Esta heroicidad fue recompensada con la medalla de honor del Congreso, que es la máxima condecoración que puede otorgar el presidente de los Estados Unidos a un miembro de sus Fuerzas Armadas. De esta manera, Doss se convirtió en el primer objetor de su país en recibir tal galardón.

   Como hemos indicado, nos encontramos ante el regreso a la dirección del siempre controvertido Mel Gibson. Desde que estrenara su magistral Apocalytpo (ibíd., 2006), se había mantenido apartado de las cámaras con el fin de recuperarse de una biografía marcada por los excesos. Precisamente durante la presentación de este largometraje, fue arrestado por conducir ebrio y por encararse al agente de Policía que lo detuvo. Sin embargo, lejos de amilanarse o de truncar su vida por completo, asumió su equivocación y procuró resarcirla concurriendo a un programa de autoayuda para alcohólicos, decisión que lo auxilió a superar el grave trance por el que pasaba (tanto fue así, que los jueces del caso elogiaron públicamente su comportamiento y su buena disposición).    

   Durante ese período, Mel Gibson fue objeto de desprecio por parte de sus colegas cinematográficos, que lo abandonaron a su suerte cuando se destaparon sus comentarios acerca de los inmigrantes, de los judíos y de los homosexuales (aquí). De hecho, nadie que anteriormente se considerase su amigo quiso testificar a favor suyo cuando aquellas se filtraron (aquí). Pero este desamparo solo fue el colofón de una problemática que había nacido cuando estrenó La pasión de Cristo (ibíd., 2004). Efectivamente, este largometraje había sido denunciado por la comunidad israelí como antisemita (aquí), hecho que a la sazón volvió a la palestra y sirvió para ridiculizarlo a él y para ridiculizar la fe que profesaba.




   Por este motivo, la analogía que Gibson establece entre él mismo y Desmond Doss es evidente. Por un lado, tenemos al soldado estadounidense, que, por mantenerse fiel a su credo, recibe los ultrajes de sus compañeros; por el otro, a un cineasta que nunca ha abjurado de su fe, pese al desprecio al que es sometido por culpa de esta y a la orfandad a la que fue condenado durante la etapa citada en el párrafo anterior. Asimismo, es un hombre consciente de su notable talento y de los obstáculos que este encuentra debido a su condición religiosa (aquí), como el citado Desmond tropieza con los impedimentos de sus conmilitones cuando destaca sobre ellos gracias a sus aptitudes físicas (algo que aquellos no soportan, puesto que no entienden que alguien así se niegue a disparar un arma). Por último, y del mismo modo que el héroe norteamericano salvó la vida de aquellos que lo habían injuriado, él ha entonado su particular arrepentimiento y no ha demostrado ningún tipo de rencor a quienes lo abandonaron cuando más necesitaba de ellos (aquí).   

   Particularmente, opino que la infamia contra Mel Gibson es más grave cuando repaso los diferentes escándalos que han cometido sus colegas de Hollywood, a quienes parece que se les han perdonado sin reparo aun siendo muchos de ellos de mayor calado que los protagonizados por él (aquí y aquí). Por supuesto, no quisiera ensalzar como mártir moderno al cineasta, ni siquiera justificar sus pecados, aunque de ellos no nos libremos ninguno de nosotros; pero sí me gustaría limpiar su imagen, abusivamente dañada por unos medios tendenciosos, que han pretendido arrinconarlo en una esquina del actual cuadrilátero artístico. Por este motivo, retomando esa semejanza que él mismo establece con Desmond Doss, me gustaría que al final fuera reconocido de nuevo por su labor, y que aquellos que algún día lo vituperaron, aplaudan otra vez su regreso a la gran pantalla. 



sábado, 24 de septiembre de 2016

Los siete magníficos (2016)

   Cuando analizamos Cazafantasmas (aquí), decíamos que un buen remake no es aquel que sigue punto por punto los derroteros de su predecesora, como la horrorosa Psycho (Psicosis) (Gus van Sant, 1998); tampoco es aquel que intenta superar al original, que es una manera de despreciarlo, como ocurre con la terrible Conan el bárbaro (Marcus Nispel, 2011). Un buen remake, por el contrario, es aquel que, o bien ofrece la misma historia de la primera película desde una perspectiva distinta a la que esta presentaba, o bien la actualiza debidamente, es decir, respetando su esencia, pero adaptándola a los tiempos que corren, como sucedía con La mosca (David Cronenberg, 1986) y con La cosa (The Thing) (Matthijs van Heijningen Jr.). Por fortuna, la nueva Los siete magníficos (Antoine Fuqua, 2016), que ha llegado esta semana a nuestras pantallas, se integra dentro de esta última opción, por lo que podemos decir que se nos ofrece como una película muy recomendable.




   Antes de centrarnos en ella, no obstante, conviene recordar que su predecesora, de homónimo título, ya se basaba en un film imprescindible para cualquier cinéfilo: Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954). En ambas películas, contemplábamos la historia de un grupo de hombres que, pese a encarnar el modelo de virilidad de sus respectivos países de origen, es decir, el samurái en la obra nipona y el cowboy en la americana, se sentían abatidos por el peso de sus pecados, cometidos, sobre todo, a lo largo de una vida pasada, de la que desean desprenderse; de esta manera, la orgullosa masculinidad de cada uno de ellos estaba enterrada bajo la humillación de su propia vergüenza. Pero, a la vez, veíamos cómo esa vida, que se les había tornado tan onerosa, les brindaba una oportunidad para liberarse de la condena que ellos mismos se habían infligido: ubicarse en el lado del débil, a quien ellos, probablemente, también extorsionaran en el pasado, y defenderlo del asedio del poderoso, facción que ellos habrían apoyado (es por ello que ninguno de los siete, en ninguna de las versiones, se plantea en serio la recompensa de los aldeanos, sino que aceptan con gusto el trabajo por lo que significa para ellos).

   Afortunadamente, y como hemos indicado, Antoine Fuqua, que otrora dirigiese las irregulares Asesinos de reemplazo (1998) y Training Day (Día de entrenamiento) (2001), respeta la esencia de ambos filmes, que es, por otro lado, la eterna historia del hombre que busca su redención, y lo hace con mucho acierto, pues en su película está más presente que en la obra de Sturges (no así que en la de Kurosawa, pues este es el evidente leitmotiv de su extenso metraje). En efecto, en esta podemos ver una descripción rápida, pero detalla, de la pesadumbre que persigue a cada uno de los protagonistas (especialmente, al personaje interpretado por Ethan Hawke, mejor perfilado que el que abordase su alter ego Robert Vaughn en la versión de 1960, quien teme la muerte que él mismo ha proporcionado en infinidad de ocasiones) y su deseo, por tanto, de encontrar el alivio que necesitan; pero también podemos ser partícipes de la omnipresencia de la iglesia como lugar de refugio y de salvación, y de, por ejemplo, una melodía que silba Denzel Washington como seña de identidad y que es, en verdad, un anhelo por librarse de la carga que porta sobre su alma.




   La película, como también hemos insinuado, tiene elementos modernos en su guion, que, bien mostrados, como hemos dicho, son prueba de un excelente remake. En este caso, lo encontramos en la figura del villano, que ahora representa el capitalismo atroz, que devora sin misericordia a los pueblos débiles en su propio beneficio; también lo encontramos en el personaje de Haley Bennett, ejemplo de la mujer fuerte e independiente (¡eso sí que es verdadero feminismo, y no el exhibido por Cazafantasmas!), y en el grupo de los siete, que son un plantel interracial de las comunidades étnicas que moran en los Estados Unidos (principalmente, orientales, hispanos, indios y negros, o afroamericanos, por seguir en la línea de lo que es correcto a nivel político). Esto último desemboca en una graciosa tesitura, a la que también se enfrentó la nueva versión de El libro de la selva (aquí): como dicho grupo es una representación de las culturas que viven en América, todas y cada una de ellas deben ser respetadas, y ninguna, por tanto, debe sentirse discriminada (en adelante, spoiler); por este motivo, en la matanza final, común a sus predecesoras, son asesinados TODOS los blancos, por lo que sobreviven todos los que no los son (excepto el chino, que debe de formar parte de una comunidad que traga con lo que le echen). Solo tenemos que ver los disturbios que hay actualmente en Norteamérica a causa de los negros asesinados, para imaginar qué habría sucedido si, en el film, también hubiese fallecido Denzel Washington...

   En definitiva, Los siete magníficos, versión 2016, es un buen largometraje, que respeta la esencia de su predecesora y que la actualiza de manera correcta, por lo que pueden disfrutar de ella tanto los recalcitrantes del clásico como aquellos que no lo han visto nunca: los primeros gozarán de las referencias que existen a aquel, incluida en su banda sonora; los segundos, de un humor socarrón que ya estaba presente en aquella y de una aventura trepidante y entretenidísima. Sin duda, es un buen remake.



       

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La redención de Mel Gibson

   La historia de Mel Gibson da para escribir un libro, o bien, y haciendo honor a su profesión, para filmar una película, pues ha pasado de ser un sinónimo de éxito en la taquilla a ser su evidente antónimo. En efecto, habiendo liderado los escalafones cinematográficos durante décadas, el actor es hoy despreciado por su vida privada, por lo que aún no ha sido capaz de volver a ostentar ese renombre que ganó meritoriamente a lo largo de su carrera profesional. Sin embargo, en la actualidad, ha demostrado su profundo arrepentimiento por la conducta que lo ha empujado a esta suerte de ostracismo público y, además, ha manifestado un humilde propósito de la enmienda, que puede servir de ejemplo a muchas personas que padecen sus mismas dificultades. Por este motivo, el presente post está dedicado a él, un hombre que lucha por rehacerse y por recuperar el estatus que ha perdido.



   Que nuestro amigo Mel nació entre los fotogramas con un pan debajo del brazo, nadie lo pone en duda, pues, ya desde su primera película como actor, la imperecedera Mad Max. Salvajes de autopista (George Miller, 1979), cautivó al público de todo el mundo y se erigió, con apenas veintitrés años, en una nueva estrella del firmamento cinematográfico. Por supuesto, este éxito no pasó desapercibido en la industria del celuloide de su país de adopción, Australia, que aprovechó su apostura interpretativa, con un marcado cariz de rebeldía, no solo para prolongar la saga iniciada con aquella (lo vimos en la buenísima Mad Max 2. El guerrero de la carretera y en la menos buena Mad Max. Más allá de la cúpula del trueno), sino también para otorgarle papeles de notable peso dramático, como la conmovedora Gallipoli (Peter Weir, 1981) y la emotiva El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1982). Su espaldarazo definitivo, empero, le llegó algunos años más tarde, cuando, después de haber hecho algunas incursiones en el cine norteamericano mediante Mrs. Soffel, una historia real (Gillian Armstrong, 1984) y Cuando el río crece (Mark Rydell, 1984), fue convocado por este para encarnar, en el film Arma letal (Richard Donner, 1987), al sargento Martin Riggs, personaje que lo catapultó de inmediato al plantel de tipos duros que protagonizaban las cintas de acción del momento (por cierto, muy bien homenajeados por Sylvester Stallone en su trilogía de Los mercenarios). 

   Tal vez por ello, todos los aficionados quedaran sorprendidos cuando, al revelar su legítimo interés por la dirección, eligió un largometraje que se situaba en las antípodas del estereotipo que él mismo había forjado en torno a su propia persona: El hombre sin rostro (Mel Gibson, 1993), una historia que versaba acerca de la relación entre un niño poco querido y su tutor, que hacía las veces de padre. Por suerte, su experimento resultó de lo más satisfactorio, pues, no obstante la usual premisa en la que se fundamentaba la película, supo decorarla con una sensibilidad y con un arte narrativo que hicieron de ella el gran título que hoy aplaudimos. Pero su consagración como director tuvo lugar dos años después, cuando regaló al espectador su indiscutible obra maestra Braveheart (Mel Gibson, 1995), que fue galardonada por la Academia, no en vano, con cinco premios Óscar, entre los que se incluían la mejor cinta y el mejor autor, reconocimientos casi inéditos en los anales de dicho palmarés (recordemos que estamos hablando de su segunda película como responsable de la misma; el gran Clint Eastwood, por ejemplo, que también había pasado de interpretar a dirigir sus propios filmes, tuvo que esperar a su decimaquinta obra, Sin perdón, para recibir el primero).


  

   Por aquel entonces, el bueno de Mel, en pleno auge artístico, ya había protagonizado algunos altercados como consecuencia de su arraigado problema con el alcohol, al que, según su propia confesión, se había aficionado durante la adolescencia; asimismo, había motivado un discreto alboroto entre los medios de comunicación debido a unas desafortunadas palabras contrarias a los homosexuales, de las que, además, nunca se ha retractado (en este último caso, debemos subrayar el moderado alcance que tuvieron, a la sazón, dichas intervenciones, pues internet no gozaba del peso que tiene hoy, ni el lobby gay disponía de la fuerza que ejerce en la actualidad, por lo que no hubo el eco que posteriormente se les atribuyó: aquí). Sin embargo, y tal vez a causa de la elevada categoría que ostentaba en el estrellato hollywoodense, ambas polémicas le fueron disculpadas con rapidez, por lo que se vieron desleídas muy pronto entre las noticias de la prensa rosa, contingencia que logró salvaguardar su reputación durante un tiempo.

   Pero esta cobertura mediática no evitó que el cineasta tomara conciencia de su pobre situación, por lo que, auspiciado por su esposa, Robyn Moore, acudió a un centro de autoayuda, en el que, según parece, encontró momentáneamente el auxilio que necesitaba para resolver sus problemas. Años más tarde, sin embargo, reveló que, durante el tratamiento, había valorado la posibilidad del suicido, pero que su antiguo cristianismo, que él mismo había postergado en favor de su próspera vida de aplausos, lo había disuadido de tal empeño. Este reencuentro con la fe perdida lo conmovió tanto, que decidió divulgársela al mundo mediante su tercera película como director: la soberbia La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004).


  

   Una vez más, el éxito no tardó en llamar a su puerta, porque, pese a las aceradas diatribas a las que se vio sojuzgado el film, este supuso un rotundo taquillazo en las salas de cine de todo el planeta y hoy es considerada la mejor película de la historia dentro de su género. No es de extrañar, por tanto, que, poco tiempo después, se embarcase de nuevo en un desconcertante proyecto que lo volvería a alejar de los convencionalismos dictados por el cine norteamericano: Apocalypto (Mel Gibson, 2006). En esta cinta, rodada en un idioma desconocido para la práctica totalidad de los espectadores, como ya hiciera con La pasión de Cristo, grabada en latín y en arameo, incide en su visión cristiana del mundo, contraponiendo, metafóricamente, los valores actuales con los tradicionales (ese amor a la familia que exhibe el protagonista) y refrendándola con la esperanzadora llegada de aquellos que, en América, la confirmarían.  

   Pero, del mismo modo que la fortuna se había fijado en Gibson para concederle su particular cornucopia, dejó de hacerlo en julio de 2006, cuando, tal vez desbordado por la creciente popularidad, retomó el triste hábito de la bebida, que, por desgracia, lo arrastró de nuevo a cometer sus acostumbradas imprudencias. En esta ocasión, sin embargo, no le fueron condonadas. A pesar de las duras penas que le fueron impuestas (multa de varios miles de dólares, tres años de libertad condicional, reuniones de autoayuda y asistencia obligatoria a un programa de recuperación de criminales), posiblemente fuera el divorcio de su cónyuge la que más lo afligió, ya que, en el instante de su arresto, vaticinó que eso es lo que ocurriría (aquí).




   No obstante las duras consecuencias a las que el actor se vio abocado, reconoció que su tropiezo le había servido para percatarse del derrotero que estaba tomando su existencia, apartada de la fe cristiana de la que, desde aquel reencuentro citado arriba, no ha vuelto a abjurar (aquí). Tal vez por esto, recibió numerosos elogios por parte de los mismos jueces que lo habían condenado (aquí) y aseguró que nunca más volvería a tomar una gota de alcohol, pues este lo había alejado de su amada familia, a la que él siempre había estimado como el principal fundamento de su vida. En el cine, hemos contemplado esta decisión, pues, resuelto a cumplir su empeño, se ha distanciado notablemente de las pantallas y solo ha aparecido en unos pocos filmes, entre los que caben destacar El castor (Jodie Foster, 2011) y Vacaciones en el infierno (Adrian Grunberg, 2012).

   Esta semana, sin embargo, ha regresado discretamente a nuestras salas cinematográficas con un título que, al mismo tiempo, puede ser visto por el espectador como si de su propio testamento se tratase: Blood Father (Jean-François Richet, 2016). En él, en efecto, podemos ver a un envejecido Mel Gibson que, tras haber sufrido un largo proceso de rehabilitación del alcohol y de las drogas, tiene la oportunidad de recuperar a su hija, perdida a consecuencia de sus excesos; por supuesto, él no dejará pasar esta ocasión y, por ello, se enfrentará a todos los problemas que surjan entre ellos y que procuren impedir esa unión definitiva por la que él suspira. Como decimos, tal vez esa sea la actitud de la que el mismo cineasta haya hecho gala durante su ausencia pública, impulsada, seguramente, por esa fe que también le sirve de sustento en el film.

   A finales de este mismo año, por último, regresará por la puerta grande a nuestras pantallas, ya que estrenará entre nosotros Hacksaw Ridge (Mel Gibson, 2016), película que versará sobre el primer objetor de conciencia que, durante la Segunda Guerra Mundial, fue condecorado con la medalla de honor del Congreso; además, ha anunciado la secuela necesaria de La pasión de Cristo (aquí), que tratará, como no podía ser de otra manera, la resurrección del Señor, que, tal vez, sea afrontada como una analogía de su propia recuperación. Ojalá estos filmes sean rodados con la maestría que Gibson ha demostrado a lo largo de su carrera, lo reconcilien con el mundo del espectáculo y, a modo de premio, recaben todo el éxito que merece el arduo esfuerzo que ha desempeñado con el fin de arreglar su vida.