Mostrando entradas con la etiqueta hecho real. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hecho real. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de julio de 2017

Día de patriotas

   El pasado 15 de abril se cumplieron cuatro años del atentado de Boston. En efecto, durante una de las maratones más famosas del mundo, dos bombas caseras estallaron en medio de la ciudad, causando multitud de heridos y tres muertos. De inmediato, los agentes de seguridad del Estado se pusieron manos a la obra para investigar lo ocurrido y localizar así a los culpables, objetivo que cumplieron pocas horas después. Posteriormente, el hecho se resolvió con el fallecimiento de uno de los autores y con el encierro del otro, algo que fue recibido con vítores por todo el pueblo norteamericano. Por esta razón, no es extraño que hoy llegue a nuestras pantallas este título, que homenajea a los héroes que intervinieron en esta hazaña y que rinde tributo a los que perecieron en ella.




   Respecto del argumento, poco se puede añadir a lo que ya sabemos. El largometraje cuenta la historia del oficial de policía Ed David (Mark Wahlberg), que investiga los acontecimientos citados arriba. Pero lo hace de manera exhaustiva, ofreciéndole al espectador un documental preciso más que una dramatización cinematográfica. De este modo, se suma a otras películas del género que siguieron su mismo derrotero, como World Trade Center (Oliver Stone, 2006), La noche más oscura (Zero Dark Thirty) (Kathryn Bigelow, 2012) o las recientes Snowden (Oliver Stone, 2016) [aquí] y Sully (Clint Eastwood, 2016). Ciertamente, el propósito de estas cintas consistía en relatar los hechos tal y como sucedieron, alejándose en lo posible de su interpretación, con el fin de divulgar la estricta verdad entre el público.

   Por supuesto, esta intención solo es comprendida desde la óptica norteamericana. Así, la industria hollywoodense siempre se ha sentido responsable del espectador, por lo que ha entendido que debe ofrecerle un tipo de cine que le ayude a enorgullecerse de su país (indudablemente, hablamos acerca del grueso de la industria, no de los títulos menores, que pueden ser más críticos con el sistema). Para ello, nunca ha dudado en presentarle personajes anónimos que han luchado por la libertad y el bienestar de su pueblo, como podrían ser sus propios vecinos, con el fin de hacerle ver que él mismo podría convertirse en héroe. Sin duda, esta es la idea que fundamenta las dos cintas de Oliver Stone, que muestran, respectivamente, la biografía de un hombre que vela por la independencia de los suyos y las gestas que sucedieron tras el atentado de las Torres Gemelas; la película de Bigelow, que narra la captura del autor de este último, empeñado en destruir el sistema de vida occidental, y el largometraje de Eastwood, que presenta a un piloto de avión cualquiera enfrentándose y superando una prueba complicada.

  


   En España, difícilmente hallaremos un título de estas características. Así, pese a las proezas diarias que todos conocemos, nunca el cine patrio verá la necesidad de reflejarlas en la pantalla grande. Por supuesto, ello se debe al acomplejado esnobismo que padece, pues considera que el arte que él representa está por encima de cualquier gesto patriótico; o que este es un reminiscente franquista que ya no tiene lugar en nuestro tiempo (léase la crítica de 1898. Los últimos de Filipinas: aquí). Sin embargo, no se percata de que lo que ha hecho poderoso a Estados Unidos ha sido precisamente el elogio a sus héroes, el recuerdo de su historia y el enorgullecimiento de sus signos; ni de que, a pesar del chovinismo del que acusa a este último, dicho sentimiento ha permitido que continúe abogando por la libertad y el bienestar de todos sus ciudadanos.

   En honor a la verdad, debemos apuntar que un título así ha asomado tímidamente la cabeza a la cartelera española de este año, Zona hostil (Adolfo Martínez, 2017), y que ha obtenido unos resultados aceptables; además, debemos hacernos eco del proyecto de animación que pretende dar a conocer la aventura de Magallanes y de Elcano (aquí), un film que será bien recibido cuando se estrene. Pero los aficionados que amamos nuestra patria todavía estamos esperando la película decisiva sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid (y no vale No habrá paz para los malvados, que afronta el tema de manera tangencial y casi a hurtadillas); sobre el secuestro de Ortega Lara, oculto durante más de un año en un minúsculo zulo etarra; sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco, tiroteado cobardemente en la nuca hace dos décadas, o sobre el gesto heroico de Ignacio Echeverría, que se encaró a un terrorista musulmán cuando este agredía a una mujer. Los espectadores conocerían la verdad de los hechos y todos nos enorgulleceríamos de sus protagonistas. Pero, como asegurábamos arriba, nunca veremos algo así en nuestras salas.   

   Por este motivo, considero que Día de patriotas (Peter Berg, 2016) es un film excelente, que no debería pasar desapercibido para nadie. No se trata de una simple narración de los hechos que conmovieron a Estados Unidos en 2013, sino también de un vivo retrato del orgullo que siente el pueblo norteamericano por sus héroes. Y es por último un ejemplo de lo que el cine español debería producir para sus espectadores.


 

domingo, 22 de enero de 2017

Figuras ocultas

   Enero suele ser un mes propicio para disfrutar del buen cine. Ello se debe a que precede casi de inmediato a la ceremonia de entrega de los Óscar, que habitualmente tiene lugar a principios de marzo (este año, sin embargo, se celebrará el 26 de febrero). Las películas, pues, que optan al citado galardón esperan estas fechas para su estreno, de manera que estén más presentes en la memoria de los académicos estadounidenses, que son a la postre los encargados de elaborar la lista de las nominadas. El film que hoy nos ocupa pretende a todas luces formar parte de esta candidatura, ya que ofrece los requisitos que aquellos acostumbran a exigir: corte clásico, algún actor consagrado, revisionismo histórico y valores norteamericanos. Pero, además, lleva implícita cierta denuncia social, que le otorga mayor actualidad y, por tanto, mayor interés.  




   Katherine G. Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson son tres mujeres dotadas de unas altísimas cualidades intelectuales. Gracias a ello, trabajan como calculadoras en la NASA, un empleo duro, pero bien remunerado. Sin embargo, son incapaces de subir un peldaño más en su vida laboral, puesto que, no obstante su facultades, cuentan con un serio problema: son negras. En efecto, nos encontramos en la década de los sesenta, años en los que aún pervivían en los Estados Unidos las leyes de segregación racial. A pesar de este anacronismo, fue también la época de los grandes avances científicos, puesto que concluyó con la llegada del hombre a la luna. En este período tan paradójico, es donde aquellas debieron pugnar por sus derechos y demostrar sus cualidades.

   Ya hemos indicado que, en el aspecto técnico, se trata de una cinta clásica, que no arriesga en su puesta en escena; más bien al contrario, respeta con suma precisión las normas de la narrativa cinematográfica. Por supuesto, ello no significa que carezca de valor, sino que lo adquiere, ya que hoy nos topamos con muchísimas innovaciones fílmicas que, desgraciadamente, postergan el arte de la narración. Además, cuenta con unas actuaciones medidas, integradas a la perfección en el relato, que por fortuna tiene más peso que los intérpretes. Es destacable la actuación de las tres protagonistas, pero también la de los secundarios: Kevin Costner (repitiendo su papel de Trece días), Jim Parsons (dándole una vuelta de tuerca a su famoso Sheldon Cooper de la teleserie Big Bang) y Kirsten Dunst (ya muy alejada de sus intervenciones en la saga Spider-Man).

   En cuanto al revisionismo histórico de la cinta, es loable que esta haya optado por describir un contexto sombrío sin generar nuevos revanchismos. Ciertamente, la película no pretende construir un discurso político que enfrente a blancos y a negros, sino detallar un momento de la historia que fue superado gracias al trabajo y al empeño de sus protagonistas (para conocer más sobre ellas, recomiendo la lectura del siguiente artículo: aquí). Por supuesto, el ideal norteamericano, que postula que cualquiera puede alcanzar sus ambiciones mediante estos dos, está muy presente.




   Pero la película también ofrece un panorama muy actual. En efecto, en un período de la historia (el nuestro) en que el esfuerzo, el carácter y la competitividad han sido descartados, nos propone el ejemplo de un trío de mujeres negras que, mediante su intelecto, arrostraron todos los prejuicios que había entonces contra ellas. En este sentido, son muy significativas dos escenas: por un lado, aquella en la que Katherine G. Johnson (Taraji P. Henson) explica a sus hijas menores que la mayor tiene más privilegios porque tiene más responsabilidades; por el otro, la que protagoniza Mary Jackson (Janelle Monáe), que acusa a su esposo de repetir consignas y de usar la violencia contra la segregación, en vez de combatirla con sus muchas cualidades.   

   Se trata, pues, de un film clásico, pero moderno; que apuesta por la narrativa más tradicional, pero que plantea una problemática muy actual. Es por ello que merecerá alguna candidatura, aunque tal vez no aspire al máximo galardón, el de la mejor cinta del año. No obstante, continuará siendo un gran largometraje, que tendremos que ver y que nos ayudará a reflexionar acerca de la condición humana.



sábado, 24 de diciembre de 2016

Feliz Navidad

   Navidad es una época propicia, en lo cinematográfico, para ver de nuevo filmes que nos recuerden el sentimiento de bondad que debe primar en nuestras vidas. En este sentido, los que amamos el séptimo arte solemos recurrir a Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946), el clásico indiscutible de estas fiestas; o bien, si somos nostálgicos, podemos echar mano de Solo en casa (Chris Columbus, 1990) y Solo en casa 2. Perdido en Nueva York (ib., 1992), y de Los fantasmas atacan al jefe (Richard Donner, 1988), que eran los largometrajes que siempre emitía la televisión cuando éramos niños. Afortunadamente, el cinéfilo católico actual también puede recuperar Natividad (Catherine Hardwicke, 2006), que es una vuelta a la raíz de esta celebración tan entrañable. Pero, por el camino, olvidamos títulos que podrían formar parte de este canon, como Feliz Navidad (Christian Carion, 2005), que es la película que aquí proponemos hoy.




   En 1914, cuando no bien había estallado la Primera Guerra Mundial, un grupo de militares, de bandos enemigos, se reúne para celebrar la Nochebuena. La experiencia satisface tanto a todos, que no dudan en congregarse de nuevo al día siguiente para conmemorar la Navidad. De este modo, surge una amistad entre ellos que, más tarde, cuando se reanude la batalla, dificultará el tiroteo al que se ven obligados por su condición de combatientes. Por supuesto, esta actitud no será comprendida por los mandos de las respectivas facciones, que harán lo posible para detener esta súbita confraternización. 

   Lo primero que puede sorprender al espectador que se acerque a este film por primera vez es su asombroso argumento, puesto que le resultará increíble que unos enemigos frenen el combate para celebrar la Navidad. Lo segundo que lo pasmará cuando vea la película será el descubrir que esta se hace eco de una situación real. En efecto, el metraje de esta cinta es garantía de que, como tantas veces habremos dicho, la realidad supera la ficción, ya que, verdaderamente, en pleno fragor de la guerra, hubo un receso para festejar el nacimiento del Hijo de Dios en Belén.  




   Tal vez, la mentalidad de nuestro tiempo sea incapaz de comprender un milagro como este, puesto que hoy celebramos la Navidad como una fiesta más dentro de nuestro calendario. Sin duda, nuestros almanaques están salpicados por eventos que interrumpen la vida cotidiana, con el (buen) propósito de amenizar nuestra rutinaria existencia; pero estos pueden ser sustituidos por otros que sean mejores, o bien pueden ser soslayados cuando haya una razón laboral o personal que lo exija. La Nochebuena, empero, y el 25 de diciembre son irreemplazables: siempre habrá un villancico, una cena, un brindis o un recuerdo especial para los que ya no estén junto a nosotros. Y esto solo tiene un motivo: la venida de Jesucristo al mundo. 

   Efectivamente, cada año, celebramos que el Hijo de Dios se encarnó, para devolver a los hombres la paz que ellos mismos habían perdido como consecuencia de su pecado. Además, esta devolución inmerecida, puesto que fuimos nosotros quienes nos apartamos voluntariamente de nuestro Creador, trajo consigo otro beneficio: la filiación. Es decir, desde el momento en que Jesús tomó nuestra naturaleza humana para rescatarla, nos adoptó como hermanos y, por tanto, como hijos de su Padre. ¿Acaso existe, pues, mayor motivo que este para una celebración anual?, ¿acaso no es necesario rememorar esta gracia con la alegría propia de las fechas?, ¿o no es imprescindible hacerlo con la familia, que nos recuerda que ha sido bendecida mediante el nacimiento de Belén?




   La mentalidad de nuestro tiempo, pues, tendrá que doblegarse a esta verdad, que es la que subyace tras estas celebraciones. Desgraciadamente, y en su agonía, pretende imponer otras que la sustituyan; para ello, vacía la Navidad de su contenido original, de manera que no resulte ofensiva a quien no crea en ella. Pero, si esta fiesta no conmemorase el nacimiento del Hijo de Dios, ¿por qué tendría que ser alegre?, ¿por qué cada uno tendría que recordar a sus familiares difuntos o alejados?, ¿por qué tendríamos que empeñarnos en celebrarla con aquellos de estos últimos que aún viven?, ¿por qué deberíamos cultivar nuestros buenos sentimientos? Si el motivo fuera la llegada del invierno, ¿por qué esta estación nos tiene que conducir a un comportamiento mejor y más entrañable?

   Por esta razón, la persona que abomine del sentido religioso de la Navidad, que es, por otro lado, el único que tiene, nunca entenderá lo que esta película narra. Para ella, será una mera ficción o una exageración de un hecho puntual, pero no tendrá la relevancia que tiene para el cristiano, ni verá en ella el milagro de amor que aquella encierra. Por este motivo, se trata de un excelente largometraje para el canon que solemos recuperar estos días, puesto que incide en esa verdad que hoy el mundo olvida: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha nacido en Belén para devolverle al hombre la paz.