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domingo, 2 de julio de 2017

Deep Impact

   Confieso que ignoro la mayor parte de las celebraciones del nuevo calendario laico. Me refiero a ese que está sustituyendo progresivamente al cristiano a través de la presentación de días internacionales de algo, como aquel hacía mediante la onomástica de santos. Así, aunque conozco la existencia de una jornada consagrada al cuidado de los bosques, me siento incapaz de recordar su fecha. Pero debo admitir que hay conmemoraciones que se han grabado en mi memoria, más por la sorpresa que por el interés. Es el caso del 30 de junio, día destinado a la prevención sobre la caída de asteroides.

   En efecto, según parece, y con el propósito de advertir a la humanidad del peligro que conlleva el impacto de uno de aquellos contra la Tierra, se determinó el establecimiento de esa fecha en el almanaque. Por supuesto, el día no fue escogido al azar, ya que se corresponde con la jornada de 1908 en la que un aerolito se estrelló en Rusia. El hecho no superó la anécdota, pues colisionó en una zona despoblada, pero suscitó la pregunta sobre lo que habría ocurrido si hubiese caído en cualquier ciudad del mundo (aquí). Por este motivo, y como apuntábamos, cada año en esa fecha se estudian los posibles remedios al problema del cielo.

   Cuando conocí esta efeméride, me vinieron a la cabeza dos películas estrenadas en los años noventa: Armageddon (Michael Bay, 1998) y Deep Impact (Mimi Leder, 1998). Ambas versaban sobre la posibilidad de que un meteorito chocase contra la Tierra, pero lo hacían desde diferentes puntos de vista: la primera, desde la perspectiva de la acción y la comedia; la segunda, desde la del drama. Posiblemente, esta diferencia consiguió que aquella se ganara el favor del público mientras que esta gustó más a la crítica. De cualquier manera, la segunda se acerca más a la intención del día del meteorito que la primera, por lo que le dedicaremos la entrada de esta semana. 



  
   Leo Biederman (Elijah Wood) es miembro del club de astronomía del colegio. Cierto día, descubre una gran mancha blanca en el cielo que resulta ser un cometa. Aunque él no lo sepa, se trata de un bólido que amenaza con caer a nuestro planeta. No obstante, cuando su descubrimiento sale a la luz, todos los gobiernos del mundo se unirán para evitar la colisión y salvaguardar así los intereses de la humanidad.

   Pese a lo que pueda parecer a tenor de su argumento, la cinta no es un largometraje de catástrofes moderno, en los que prima la espectacularidad sobre la vis humana; más bien al contrario, se remonta a la época clásica del género para mostrarnos una historia sobre las personas que padecen cualquier adversidad (véanse a modo de ejemplo Aeropuerto, Terremoto o El coloso en llamas). Por otro lado, la idea del film no es nueva, pues Hollywood ya la había afrontado en títulos como Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951), Meteoro (Ronald Neame, 1979) y la citada Armageddon. Sin embargo, y a diferencia de estas tres, procura ahondar en una respuesta seria por parte de los gobernantes de la Tierra y, sobre todo, en la reacción del hombre ante un peligro de tamaña envergadura. 

   De este modo, nos encontramos en primer lugar con el niño que descubre el meteorito y con la chica de la que está enamorado; en segundo lugar, con la periodista que desvela la amenaza de aquel, oculta por el Gobierno de los Estados Unidos, y en tercer lugar, con el mismísimo presidente de este país, que debe asumir también el mando de la resolución del problema. A pesar de sus diferentes estratos, todos parecen compartir un único sentimiento como respuesta a dicho trance: el amor. Pero no solo lo acusan mediante el afecto, sino también a través del arrepentimiento y la solidaridad. En efecto, al margen de la campaña de salvación del género humano que recorre todo el metraje, estos personajes son hombres necesitados de una redención mayor antes de morir; por eso dedican sus últimos instantes a enmendar su pasado y al auxilio de quienes tienen cerca. Evidentemente, desconozco los planes gubernamentales destinados a socorrer a los hombres llegado el caso que narra la película, pero estoy convencido de que cada uno de estos reaccionará de la manera que esta plantea. Por este motivo, se trata de un gran film.




   Ciertamente, en una época del séptimo arte, la de hoy, en la que proliferan títulos de género catastrófico que parecen regodearse en la maldad de los hombres (véase a modo de ejemplo cualquier producto protagonizado por zombis, muy de moda en la actualidad), cintas como la presente nos recuerdan la bondad a la que estos también están llamados. De hecho, la reacción magnánima parece más común que su antagónica, pues todos conocemos la heroicidad que muestran determinadas personas a la hora de encontrarse ante una injusticia o una tragedia de cualquier magnitud, como un atentado terrorista. Por otro lado, es innegable que la proximidad de la muerte conlleva la acentuación de la fe y el deseo de acallar el remordimiento del alma, por lo que no son extraños el recurso a las oraciones olvidadas ni las postreras peticiones de perdón (en este sentido, recomiendo el film United 93 (Vuelo 93), sobre los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos, ya que aúna ambos arrebatos de sinceridad humana).

   Pese a lo escrito, la película perdió la partida recaudatoria frente a Armageddon, que ofrecía el espectáculo del que esta renegaba. No dudo de que el film protagonizado por el mítico Bruce Willis exhibiera una diversión sin igual de la que todos gozamos en el momento de su estreno, pero le faltó esa vis personal que hace de Deep Impact un título superior. Por este motivo, desde aquí queremos reivindicar este largometraje, que nos devuelve la esperanza en un ser humano que, lejos de volcarse en su propio egoísmo, es capaz de manifestar lo mejor de sí mismo cuando está en peligro.



domingo, 2 de abril de 2017

Yojimbo (El mercenario)

   Reconozco que siento debilidad por las películas que abordan el tema de la redención. En efecto, me apasionan las historias que presentan a hombres apesadumbrados por su pasado y que, por ello, buscan una manera de redimirse. A mi juicio, es un claro testimonio de la existencia del alma humana, que alberga una conciencia y que requiere del perdón cuando esta ha sido mordida por la culpa.

   Por supuesto, el género por excelencia en este sentido es el western. Ciertamente, tenemos en él grandes ejemplos de largometrajes que describen con detalle la lucha de un alma por obtener la reconciliación. Entre los más destacables, es posible señalar Centauros del desierto (John Ford, 1956), Los siete magníficos (John Sturges, 1960), El jinete pálido (Clint Eastwood, 1985) o Sin perdón (íd., 1992). Pero existe un subgénero algo menospreciado que nos ha ofrecido joyas de esta misma índole; me refiero al chambara, es decir, al cine japonés de samuráis. Y la cinta que mejor lo representa es, sin duda, Yojimbo (El mercenario) (Akira Kurosawa, 1961).




   Yojimbo es el seudónimo de un samurái errante (ronin) que llega a una aldea japonesa. Allí descubre que dos facciones enemigas están enfrentadas entre sí por el control del pueblo. Como él está necesitado de dinero, decide colaborar con una u otra facción, según el sueldo que ambas le prometan. Sin embargo, cierto día descubre que uno de estos bandos ha secuestrado a una madre de familia. A partir de ese momento, el antiguo samurái recordará el oficio tan noble al que había consagrado su vida y resuelve situarse del lado de la justicia.

   Como vemos, nos situamos una vez más en esa trágica esfera de la redención. Efectivamente, la película está protagonizada por un viejo samurái que, o bien ha perdido su honor, o bien ha perdido a su señor. Sea cual fuere la razón de su vagabundeo, es evidente que se trata de un hombre desencantado, puesto que es capaz de venderse al mejor postor para conseguir algo de dinero (sin duda, esta sería una actitud impropia de un samurái convencido). Además, constatamos que está perseguido por su conciencia, puesto que aconseja a sus nuevos vecinos con la sorna propia del que ha experimentado la traición o el desengaño. Sin embargo, como hemos dicho, descubre la forma de liberarse de este peso mediante un buen gesto: reunir a una pobre mujer con su familia.




   Como el samurái del film, todos hemos experimentado alguna vez el peso de nuestra conciencia. Aunque muchas veces este sentimiento ha querido ser disimulado bajo un exceso de culpabilidad, lo cierto es que la traición de ese grito interno es mucho más profunda e hiriente que esta última. Por este motivo, cuando sentimos su dolor, necesitamos de inmediato remediarlo mediante una buena acción o a través del perdón de la persona a la que hemos ofendido. Esto nos conduce a descubrir que no somos meros animales, que actúan por un instinto irracional, sino personas con un alma que debemos cuidar y que nos otorga, por tanto, nuestra dignidad.

   El autor de esta joya es Akira Kurosawa, un cineasta que nos regaló películas tan memorables como Los siete samuráis (1954), La fortaleza escondida (1958) o Sanjuro (1962). Como en Yojimbo (El mercenario), descubrimos en ellas esa necesidad universal del perdón. Pero en esta última cinta quedó expresado de manera tan magistral que fue afrontado de nuevo mediante dos remakes que todo el mundo recordará: Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1964) y El último hombre (Walter Hill, 1996). Así pues, nadie debería dejar de verla, ya que no solo influyó notablemente en la historia del cine, sino que también nos dejó un claro testimonio de la existencia y del funcionamiento del alma humana.



domingo, 11 de diciembre de 2016

Hasta el último hombre

   Hace unos meses, dedicamos un extenso artículo a Mel Gibson en este mismo blog (aquí). El motivo era el estreno de su última película como intérprete, Blood Father (Jean-François Richet, 2016). Como veíamos en dicha crónica, este largometraje fue acogido por el cineasta como una confesión de su propio pasado, puesto que, igual que él, el protagonista de la cinta luchaba por desprenderse de sus antiguos problemas con las drogas y el alcohol; asimismo, pretendía recuperar la vida familiar que estos habían arruinado. Al final del escrito, además, anunciábamos la inminente llegada de su siguiente film a nuestras pantallas, la presente Hasta el último hombre (ibíd., 2016), que intentaba ser su regreso definitivo al mundo del espectáculo. Pese a las excelentes críticas que está recabando, no se trata de su mejor obra (reconocimiento que tal vez merezca Braveheart), pero sí de un título muy personal que aquí procuraremos analizar.



   
   La película narra la hazaña emprendida por el soldado Desmond Doss en el asalto a la colina de Hacksaw, en Okinawa, durante la Segunda Guerra Mundial. En su firme propósito de no tocar un solo arma por motivos de conciencia, salvó la vida, sin embargo, a muchos de sus compañeros a lo largo del cruento combate. Esta heroicidad fue recompensada con la medalla de honor del Congreso, que es la máxima condecoración que puede otorgar el presidente de los Estados Unidos a un miembro de sus Fuerzas Armadas. De esta manera, Doss se convirtió en el primer objetor de su país en recibir tal galardón.

   Como hemos indicado, nos encontramos ante el regreso a la dirección del siempre controvertido Mel Gibson. Desde que estrenara su magistral Apocalytpo (ibíd., 2006), se había mantenido apartado de las cámaras con el fin de recuperarse de una biografía marcada por los excesos. Precisamente durante la presentación de este largometraje, fue arrestado por conducir ebrio y por encararse al agente de Policía que lo detuvo. Sin embargo, lejos de amilanarse o de truncar su vida por completo, asumió su equivocación y procuró resarcirla concurriendo a un programa de autoayuda para alcohólicos, decisión que lo auxilió a superar el grave trance por el que pasaba (tanto fue así, que los jueces del caso elogiaron públicamente su comportamiento y su buena disposición).    

   Durante ese período, Mel Gibson fue objeto de desprecio por parte de sus colegas cinematográficos, que lo abandonaron a su suerte cuando se destaparon sus comentarios acerca de los inmigrantes, de los judíos y de los homosexuales (aquí). De hecho, nadie que anteriormente se considerase su amigo quiso testificar a favor suyo cuando aquellas se filtraron (aquí). Pero este desamparo solo fue el colofón de una problemática que había nacido cuando estrenó La pasión de Cristo (ibíd., 2004). Efectivamente, este largometraje había sido denunciado por la comunidad israelí como antisemita (aquí), hecho que a la sazón volvió a la palestra y sirvió para ridiculizarlo a él y para ridiculizar la fe que profesaba.




   Por este motivo, la analogía que Gibson establece entre él mismo y Desmond Doss es evidente. Por un lado, tenemos al soldado estadounidense, que, por mantenerse fiel a su credo, recibe los ultrajes de sus compañeros; por el otro, a un cineasta que nunca ha abjurado de su fe, pese al desprecio al que es sometido por culpa de esta y a la orfandad a la que fue condenado durante la etapa citada en el párrafo anterior. Asimismo, es un hombre consciente de su notable talento y de los obstáculos que este encuentra debido a su condición religiosa (aquí), como el citado Desmond tropieza con los impedimentos de sus conmilitones cuando destaca sobre ellos gracias a sus aptitudes físicas (algo que aquellos no soportan, puesto que no entienden que alguien así se niegue a disparar un arma). Por último, y del mismo modo que el héroe norteamericano salvó la vida de aquellos que lo habían injuriado, él ha entonado su particular arrepentimiento y no ha demostrado ningún tipo de rencor a quienes lo abandonaron cuando más necesitaba de ellos (aquí).   

   Particularmente, opino que la infamia contra Mel Gibson es más grave cuando repaso los diferentes escándalos que han cometido sus colegas de Hollywood, a quienes parece que se les han perdonado sin reparo aun siendo muchos de ellos de mayor calado que los protagonizados por él (aquí y aquí). Por supuesto, no quisiera ensalzar como mártir moderno al cineasta, ni siquiera justificar sus pecados, aunque de ellos no nos libremos ninguno de nosotros; pero sí me gustaría limpiar su imagen, abusivamente dañada por unos medios tendenciosos, que han pretendido arrinconarlo en una esquina del actual cuadrilátero artístico. Por este motivo, retomando esa semejanza que él mismo establece con Desmond Doss, me gustaría que al final fuera reconocido de nuevo por su labor, y que aquellos que algún día lo vituperaron, aplaudan otra vez su regreso a la gran pantalla. 



miércoles, 21 de octubre de 2015

21 de octubre de 2015


   Para todo freak, el 21 de octubre de 2015 es un día grande, pues se conmemora la fecha en que Marty McFly viajó a nuestro tiempo desde el pasado en Regreso al futuro II. Por esta razón, es probable que hoy muchos caminen por la calle oteando el cielo en busca del Delorean o acudan al multicines más cercano para asistir al estreno de la improbable Tiburón 19 (a pesar de que la Universal nos haya deleitado con su falso tráiler). Desgraciadamente, el porvenir que vio el alter ego de Michael J. Fox en la citada película nunca llegó a realizarse, y todos aquellos adelantos que esta última nos presentó han quedado en una simple parodia de lo que podría haber sido (¿hay algún lector que no haya imaginado poder volar en su coche o usar uno de esos fabulosos aeropatines?).
 
 

   Debo reconocer que esta entrega es la que menos me gusta de la trilogía creada por Robert Zemeckis y Steven Spielberg, a pesar de que, probablemente, sea la más famosa de todas, pues repite demasiado los chistes de su antecesora y se basa en un argumento poco imaginativo, no obstante su diseño de producción. Por el contrario, me encantan la originalidad de la primera y el entrañable homenaje de la tercera al género cinematográfico por antonomasia: el western. En recientes declaraciones de ambos cineastas, se reveló que no existía la intención de dirigir tres filmes, por lo que, cuando se dio luz verde al proyecto de continuar la saga con Regreso al futuro II y Regreso al futuro III, esta última concentró la mayor parte del interés de todo el equipo, en detrimento de aquella. Y eso es algo que se percibe a lo largo de todo el metraje.  

   Sin embargo, al margen de consideraciones técnicas, lo que realmente siempre me ha llamado la atención en las cintas de este sub-género de viajes temporales ha sido el empeño del hombre por volver al pasado. Es cierto que la película que hoy conmemoramos versa sobre un traslado al futuro, pero la humanidad, de manera habitual, ha mirado hacia este con curiosidad científica o morbosa, no con el interés con que parece observar lo pretérito. Y yo me pregunto cuál es el motivo. 
 
 
 
   A mi juicio, la libertad innata del hombre conlleva un riesgo al que cada persona, en algún momento de su existencia, se enfrenta: el arrepentimiento. Por desgracia (o por suerte, pues no estamos condicionados por ningún instinto natural o hado mitológico que guíe nuestros pasos en la tierra), el ser humano está condenado a tropezar una y otra vez en el camino de su vida, a equivocarse, a contradecirse, a omitir lo que es necesario y a un largo etcétera de errores que hacen que se pregunte el modo de solucionarlos. En la reivindicable Frequency, por ejemplo, se nos hace partícipes de la historia de un hombre al que le gustaría haber pasado más tiempo con su padre; en la rescatable Los fantasmas atacan al jefe, de la biografía de un millonario que ha despreciado a su familia y que encuentra la oportunidad de redimirse, y en la interesante Looper, de la vida de un agente de policía que busca recuperar a su esposa.

   Es decir, el viaje al pasado es visto por la humanidad de hoy como una manera de liberarse del error que la persigue y, por consiguiente, de reordenar una vida que no le gusta (¿cuántas veces hemos dicho o pensado las cosas que cambiaríamos si pudiésemos retroceder en el tiempo?). Pero esto no es posible (y difícilmente llegará a serlo algún día), por lo que los hombres solo podemos fantasear con lo que podríamos haber hecho y nunca llegamos a hacer o redundar en nuestro dolor causado por algún error cometido. Sin embargo, aunque lo primero no tenga solución inmediata, lo segundo sí, pues el arrepentimiento de una acción pasada puede conducir al sujeto a una verdadera conversión de vida que lo conduzca al reordenamiento que tanto anhela.
 
 

   Supongamos que una persona asiste al funeral de su madre y que, durante el sepelio, experimenta el pesar de no haber disfrutado de su presencia tanto cuanto debería haberlo hecho. Por un lado, puede redundar en su dolor y ahogarse en su tristeza, pues, efectivamente, nunca volverá a vivir con ella tales momentos; mas, por otro lado, puede canalizar ese amor hacia las parientes que aún viven, como su padre, su esposa o sus hijos, de manera que no se tope nuevamente con la estremecimiento de no haber demostrado todo lo que siente por ellos.

   Pero existe un arrepentimiento de orden superior, que es aquel que nace de una ofensa o de una vida desastrosa; ante él, el hombre siente una profunda tristeza, que incluso puede llevarlo a la desesperación, pues, por ejemplo, la ofensa ha sido tan grave que ha desestabilizado su propia existencia de manera irremediable. En casos así, hay veces en que el perdón humano no está presente, por lo que la vida del afectado se desenvuelve en un fino precipicio que cae hacia el abismo. Frente a esto, la única solución es la misericordia de Dios, que es capaz de condonar cualquier pecado que sea reconocido de corazón, y devolverle al hombre la dignidad o la ilusión que haya podido perder. Él, ciertamente, no nos trasladará a un tiempo pasado, para que podamos corregir las cosas malas, pero sí nos dará una capacidad de perdón y comprensión que nos liberará del yugo que nunca supimos desuncir. De este modo, seremos capaces de amar como antes no supimos o de entregarnos a otra persona como antes no logramos hacerlo.

   Por desgracia, como el creyente escasea cada vez más, el hombre de hoy seguirá soñando con la posibilidad de viajar en el tiempo para reordenar su vida, en vez de arrodillarse delante de un sacerdote y pedir el perdón que Dios está deseando otorgarle. El cristiano, sin embargo, podrá imaginar también que va de un lado a otro entre el presente, el pasado y el futuro, pero sabrá que los problemas que haya tenido en lo pretérito o los errores que haya podido cometer, encuentran su solución en el Padre del cielo, que es el único capaz de devolverle sentido a una vida echada a perder o perdonar los pecados que vamos almacenando y que nos impiden mirar con confianza al futuro que se nos abre por delante.