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lunes, 12 de noviembre de 2018

Atípico


Como sabéis, llevo tiempo sin escribir en el blog. La razón es que ahora estoy inmerso en un interesante proyecto literario que ocupa casi todo mi tiempo. Sin embargo, he recibido este artículo sobre la serie Atípico de una lectura habitual y me ha parecido oportuno traerlo a colación. Espero que lo disfrutéis:






   Atípico es una serie que cuenta la vida de un adolescente de 18 años con autismo llamado Sam Gardner (Keir Gilchrist), que quiere tener novia y ser independiente. Mientras Sam emprende un divertido y emotivo viaje de autodescubrimiento, el resto de su familia deberá lidiar con el cambio que supone la mayoría de edad de Sam en sus propias vidas.

   Al principio de la serie, podemos ver a un Sam que tiene su trabajo, una familia, estudia… hasta ahí todo normal, pero, al tener autismo, todo gira en torno a él: me parece muy bien, pero “ámame tanto que me enseñes a vivir sin ti”. Su madre no quiere que se haga mayor: todo lo soluciona ella y no deja que Sam resuelva sus problemas, por muy pequeños que sean (como por ejemplo calentar comida en el microondas); no deja que su hijo piense: hay que educar para que sean capaces de sobrevivir. Es cierto que contamos con que Sam tiene autismo, pero tampoco se le debe meter en un urna, y lo que hay que hacer es darle un modelo al niño, para que lo imite, que le dé ritmo, orden, pauta... que con el tiempo llegue a tener su propia conciencia y que piense por sí mismo. Hay que guiarlo, claro que sí, pero no allanarle el camino, para que no tropiece; al contrario, acompañarlo y “pisa por donde yo piso”, para que, cuando llegue el momento, pueda caminar solo.




   Vemos cómo la actitud del padre es más “déjalo, que ya es mayor”, frente a la actitud contraria de su mujer, que quiere hacérselo todo y, a veces, deja de lado a su otra hija ,también adolescente. Ella no tiene autismo, pero también necesita que vayan a verla correr (es una gran corredora), que la apoyen en el instituto… ¡que le hagan caso! Estos gestos suelen ser comunes en familias donde hay un niño distinto, pero no hay que descuidar a los demás hijos para centrarse solo en el distinto: todos deben recibir la misma caricia y reñirles si hace falta. En definitiva, educarlos sin distinción, puesto que tienen los mismo derechos y obligaciones.

   Sam tiene un amigo que es maravilloso, se llama Zahid, y para él no es un pobrecito autista, es su AMIGO: lo aconseja, lo calma, lo ayuda, lo apoya... se necesitan el uno al otro. Un capítulo que me gustó mucho en este sentido fue aquel en el que Zahid invitó a Sam a dormir a su casa: pasaron una gran aventura juntos, una experiencia más para nuestro protagonista. A medida que van pasando los capítulos, Sam va creciendo como persona y va aflorando su YO, su identidad. En la tercera temporada (que podría estrenarse a finales del 2019) veremos qué tal le va en la universidad. Hay cosas que aún debe mejorar, como por ejemplo el control de sus impulsos.

   A Sam le encanta los pingüinos, y muchas veces compara su vida o la de la familia con estas simpáticas aves. Algún día, Sam se irá del nido para hacer el suyo y criar a sus polluelos.







domingo, 3 de junio de 2018

Han Solo. Una historia de Star Wars

   Esta crítica llega tarde. Lo sé. La película se estrenó la semana pasada, pero la traigo hoy a colación, porque he procurado mantenerme firme en el propósito de rechazar esta saga que tanto me ha gustado a lo largo de mi vida. Finalmente fui ayer, aunque no por debilidad, sino por cumplir una promesa con unos amigos (sin duda, una vinculación mayor que cualquier resolución personal). Pese a ello, me alegro de haber ido, ya que así he confirmado mi idea de que esta saga ya no es para mí. En efecto, como aseguré en mi post sobre Los últimos Jedi (aquí), Star Wars se ha convertido en un tipo de cine que ya nada tiene que ver conmigo: ciertamente, donde antes me encontraba con una metáfora sobre la eterna lucha entre el bien y el mal (¡incluso sobre los peligros de la corrupción del bien -ese Anakin de La venganza de los Sith, que abraza el reverso tenebroso de la Fuerza- y sobre la redención del ser humano -otra vez, ese Anakin de El retorno del Jedi, pero que ahora abandona dicho lado oscuro-!), ahora me topo con una mera narración en la que se difumina la presencia de ambos factores morales y en la que, por ende, no queda claro que el primero tiene que vencer necesariamente al segundo (¡como demuestra el plano final de la mentada El retorno del Jedi, con ese Anakin unido definitivamente a la Fuerza!); y en cuanto al aspecto cinematográfico, ¿qué decir de unas películas (las de ahora) que parecen más un videojuego de usar y tirar que un verdadero encuentro narrativo con el elemento gráfico del séptimo arte? Por todo ello, la saga terminó para mí en lo que hoy se conoce como "episodio VI", es decir, cuando el Imperio es destruido por la República y esta vuelve a implantar el bien en la galaxia (aunque admito Rogue One. Una historia de Star Wars, excelente analepsis -en todos los sentidos- dentro de la saga).




   En este sentido, el biopic sobre Han Solo, el bandolero más famoso de la galaxia, se suma al interés de Disney por renovar la saga, adaptándola de este modo a las exigencias artísticas del público actual (que, a juzgar por los derroteros que están tomando las películas, deben de estar por debajo del 0%). Es decir, cuando la conocida empresa del ratón compró Lucasfilm, vio que esta última se había estancado en un tipo de cine clasicista y poco innovador (aquel que, sin embargo, y paradójicamente, había revolucionado el cine de los ochenta), pues presentaba, en el aspecto moral, unos cánones que ya no están de moda (como decíamos arriba, la lucha entre el bien y el mal y el consecuente triunfo del primero, la eterna historia del hombre que debe salvar a la mujer, el enamoramiento por parte de esta hacia aquel que la rescata y etcétera. Si queréis comprobar esto más allá de la saga Star Wars, echad un vistazo a cualquier película de Indiana Jones -incluso a la cuarta- que también son de Lucasfilm y que se rigen por estos cánones clásicos); por eso, creyó que debía potenciar los que hoy se están imponiendo, es decir, la lucha de la mujer, la integración de las opciones sexuales, la pluralidad racial y ese largo etcétera que hoy copa cualquier obra artística o cualquier noticiero del mundo (los nuevos valores morales, como son llamados por algunos). De esta manera, ya en El despertar de la Fuerza, el reboot por antonomasia de la saga, veíamos el incremento de protagonistas femeninos o de actores negros, con el fin de adecuarse a los nuevos tiempos; o en Los últimos Jedi, su inmediata secuela, veíamos cómo era la mujer la que debía librar al hombre del peligro, y no al revés (¡se acabó eso de ser la princesa que ha de ser rescatada!). Pero ahí no queda la cosa, porque J.J. Abrams, el encargado de remozar la saga, aseveró que está dispuesto a introducir personajes homosexuales y hasta transexuales en ella, pues se trata de un clamor popular (sinceramente, hasta que él lo dijo, nunca había oído a la gente protestar porque no saliera ningún gay en la saga): aquí.

   Pero, por supuesto, para que este nuevo discurso moral cale entre el público infantil y juvenil, que es el que copará mayoritariamente las salas cinematográficas donde estas películas sean proyectadas, debe adoptarse un elemento narrativo moderno, lejos de ese clasicismo que caracterizaba a las producciones de Lucasfilm. En este sentido, el mejor es el de la estética del videojuego, o de la montaña rusa, es decir, el de las sensaciones fuertes y adrenalínicas, que engatusen al espectador sin mucho esfuerzo y que le hagan pasar un buen rato, pero que no le exijan un conocimiento mayor de la narrativa literaria o de la alegoría de la imagen (siempre pongo el ejemplo del doblaje español de La guerra de las galaxias, en el que hablaban del reverso tenebroso de la Fuerza, un lenguaje arcaico que, por ello, hoy es sustituido por el más común y comprensible "lado oscuro"). De este modo, el niño que hoy se acerque al cine para ver una nueva entrega de Star Wars, es como el que se sube a la vagoneta de una atracción, en la que hay loopings, rampas, aceleraciones, volteos y cosas así (si es más sofisticada, hasta espectáculo lumínico), pero que, cuando baja, solo recuerda cuánto ha disfrutado, cosa que se le olvida de inmediato no bien sube a la vagoneta de otra atracción. Sin embargo, el cine y la televisión son más peligrosos en este aspecto, porque, entre looping y looping, meten un diálogo, o una escena, que empapa la débil mente del menor (de hecho, muchas veces se ha hecho uso de ellos a lo largo de la historia con el fin de transmitir una idea o de modificar una opinión). En esta nueva entrega de la saga galáctica, yo he detectado dos (ni que decir tiene que, a partir de aquí, caerá algún que otro spoiler). 




   En primer lugar, si el lector ha visto ya la película, recordará la figura de la androida L3. En efecto, como sustituta y sosa sosias del famoso C3PO de la saga original (incluso del K-2SO de Rogue One), aparece este robot con forma (y estridente timbre) de mujer, un personaje que aquí representa la lucha feminista por la liberación del sexo débil (por cierto, expresión que hoy es tildada de machista). De este modo, vemos que no solo procura en todo momento desuncirse de los estereotipos que se les suelen atribuir a las mujeres (haciendo valer la nulidad actual de la mentada expresión), sino que también dirige la rebelión de las máquinas (en una clara metáfora sobre el supuesto aherrojamiento  que padece la mujer por parte del heteropatriarcado opresor) y hasta la supuesta relación amorosa que mantiene con Lando Calrissian (!!). Así, el espectador infantil que presencie la lucha que lleva a cabo el citado robot creerá que, en efecto, la mujer está siendo sometida por el varón y que este, en consecuencia, debe contribuir al desarrollo de su liberación (un sentimiento muy machista, por cierto, ya que vincula la victoria de la mujer en este campo al apoyo del hombre). Pero ¿en serio existe ese heteropatriarcado maligno y demoníaco que ha oprimido a la mujer a lo largo de los tiempos? Más bien, se trata de una concepción marxista de la realidad, a través de la cual, y con el amparo del famoso materialismo histórico de sus tesis, la humanidad requiere de un enfrentamiento constante para evolucionar; de este modo, siempre tiene que haber un opresor y un oprimido, que se modifican a medida que pasan los años, pero que nunca llegan a reconciliarse, puesto que se acabaría la lucha, que es la base de dicha evolución: antaño, el empresario y el obrero; hogaño, los heterosexuales y los homosexuales (mutatis mutandis, el varón y la mujer). Da igual que este sea un concepto erróneo, engañoso y perverso de la realidad: el niño se ha subido a la montaña rusa, se lo ha pasado bien y, al bajar, cree que la mujer está oprimida y que debe contribuir a su liberación (¡marxismo puro!).

   En segundo lugar, y continuado todavía con la robot L3, debemos recordar esa supuesta relación amorosa que esta mantiene con Lando, y que ella misma le confiesa a la personaje de Emilia Clarke (no por casualidad, la tórrida intérprete de Juego de tronos). En efecto, en un momento dado de la cinta, la androida afirma que tiene la sospecha de que el contrabandista está enamorado de ella, pero que, como ella no siente lo mismo por él, prefiere dejarlo en un mero juego sexual de ambos. Por supuesto, la broma pasa desapercibida para la ingenua mente de un menor (además, es presentada hábilmente, puesto que dicho diálogo se insinúa más que se explicita), pero ello no obsta para que permanezca en el subconsciente del individuo, que ha participado, sin saberlo, en un morboso encuentro reservado solo para los adultos: no sabe qué ha visto, pero lo ha visto (por otro lado, y si nos ponemos cicateros, se trata de un concepto perverso del sexo, puesto que este es presentado como un simple recurso egoísta del placer carnal, ya que, por supuesto, la relación entre un humano y una máquina es naturalmente infructuosa). En este sentido, nos tropezamos también con una broma que tiene como protagonista el miembro viril de Lando Calrissian: en efecto, cuando el personaje de la Clarke (otra vez, la khaleesi de Juego de tronos) le describe a Han quién es el contrabandista, asevera que este tiene un enorme atributo que le ha hecho gozar en más de una ocasión cuando ambos han coincidido (por cierto, y si nos ponemos cicateros de nuevo, una concepción muy racista de los negros, a los que siempre se les ha colgado el eterno sambenito del pene mastodóntico). Como ocurría con la chanza anterior, aquí se vuelve a insinuar dicho diálogo, entrometiendo un elocuente silencio cuando debería referirse explícitamente al citado atributo del contrabandista, una broma reservada de nuevo al público adulto.

   Conociendo, pues, esta siniestra maniobra que pretende inocular bromas sexuales en las frágiles mentes de los niños, nos podemos preguntar cuál es el fin. Si uno bucea por la red, descubrirá algún canal conspirativo de YouTube que afirma que el propósito de la empresa del ratón consiste en potenciar las uniones sexuales de sus espectadores más jóvenes, de manera que estos procreen cuanto antes y, así, siempre haya niños que vean sus películas y que, por ende, les reporten las ganancias que necesitan para su subsistencia (aquí). Efectivamente, en esta vida se pueden descartar pocas cosas (en especial, cuando está en juego el elemento crematístico), pero es extraño que, si en verdad Disney quiere potenciar el sexo entre los jóvenes con ese fin económico, se entretenga en ofrecer también las relaciones gays u onanistas, que son por su naturaleza infructuosas. Particularmente, opino que de fondo están esos valores modernos a los que antes aludíamos, que ya no velan en realidad por una convivencia pacífica entre los hombres, sino por una búsqueda egoísta del propio placer (incluso en el intento de ser amables con esas personas que consideramos discriminadas por la sociedad, late de fondo el hondo orgullo de sentirse satisfecho con uno mismo, que es una forma esmerada de sentir placer). En este sentido, el otro se vuelve un rival para mí, puesto que se trata de un sujeto que me puede coartar mi búsqueda personal de placer (o de autorrealización), por lo que la lucha constante entre los hombres (otra vez, el materialismo histórico marxista) está más que garantizada. Por otra parte, es evidente que, cuando un niño despierta muy pronto al placer sexual, este bloquea su desarrollo psicológico correcto, pues lo convierte en un adulto antes de tiempo y suscita en él en seguida esa búsqueda insaciable del placer egoísta que reporta el sexo (su mal uso, por supuesto).




   Así pues, concluyo este artículo tal y como lo empecé, es decir, afirmado una vez más que esta saga ya no es para mí. En efecto, cuando yo veía de niño La guerra de las galaxias, aprendía (de forma inconsciente, por supuesto) que la diferencia entre el bien y el mal es un valor objetivo y eterno, y que, por tanto, no dependía del criterio subjetivo del hombre (algo en lo que ahora instruye Los últimos Jedi); aprendía que el mal no es un ente independiente del bien, sino que es una corrupción de este (o su ausencia, como decían los filósofos clásicos), y que, por tanto, siempre iba a perder cuando se enfrentase contra él (no me dejará de fascinar, en este sentido, la corrupción de Anakin y su posterior redención); aprendía el sentido romántico del amor, en el que un hombre debe conquistar el afecto de una mujer (¡y no estaba ni se le esperaba ningún doble sentido en el aspecto sexual del término!); aprendía incluso el sentido de la Providencia, que, disfrazada bajo la apariencia de la Fuerza, ayuda a los héroes en su misión de rescate (al respecto, George Lucas siempre dijo que, a pesar de no ser cristiano, comprendía que la Fuerza debía tener ese sentido providencial cristiano que Tolkien le había otorgado a la Suerte en El hobbit). Pero ahora veo malicia por todos lados, insinuaciones, dobles sentidos y perversión; un deseo de usar esta historia, tan atractiva para los niños, como medio para inocular en ellos una ideología errónea y maligna, que no hace de ellos mejor personas, sino individuos egoístas y maniqueos, sujetos al propio criterio y poco dados a lo trascendental (¡Dios!), que debe ser el fundamento de su vida moral.

   Por tanto, me alegro de haber incumplido (parcialmente) mi promesa de no volver a ver ninguna película de la nueva hornada de Star Wars, puesto que, al padecer este biopic de Han Solo, me he dado cuenta de que tenía razón. La saga, en efecto, terminó con El retorno del Jedi, una cinta que me demostró que nunca en el hombre está todo perdido, puesto que se puede redimir de su pasado; una película que me demostró que el bien triunfa sobre el mal, pese a que a veces parezca que este es el ganador, y una historia, en definitiva, que me indicó que el ser humano está llamado a trascender este mundo pasajero, con el fin de reunirse con las personas que en él, durante su vida terrenal, ha amado. Así pues, y ahora sí, que la Fuerza te acompañe, porque tú ya nada tienes que ver conmigo.





domingo, 9 de octubre de 2016

El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares

   Como en otras ocasiones, hoy presentamos un artículo de Dª. María Pérez Chaves, maestra de audición y lenguaje, quien nos ofrece su opinión sobre el último film de Tim Burton: El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares.  


   La película que hoy nos ocupa parte de una premisa atractiva: unos niños distintos, con poderes sobrenaturales, son llamados y protegidos por Miss Peregrine, quien se hace cargo de ellos en su mansión con el fin de que no sean rechazados por la sociedad. Para ello, la institutriz idea un bucle, que hace vivir a los niños siempre el mismo día, aunque, en cada uno de ellos, tendrán que enfrentarse a diversos monstruos que quieren acabar con ellos. No obstante, detrás de este argumento tan sugerente, se esconde una enjundia errónea sobre la educación que deben recibir los niños distintos.




   Un niño distinto es aquel que se diferencia de los demás, porque hace lo que no se espera que haga, saltándose las normas que el rol social impone a las personas de su edad; es por ello que se ven necesitados de una educación especial. En el largometraje, estos niños distintos son representados por los niños peculiares a los que alude el título. Sin embargo, y a diferencia de lo que hemos expuesto, la educación que reciben en el film no es la adecuada, pues su maestra, Miss Peregrine, en realidad no quiere que crezcan, que sean personas ni que tengan vivencias y experiencias.

  En efecto, a través de las vivencias diarias, un niño empieza a construir su identidad y su pensamiento; sin embargo, los niños de la película, a instancias de Miss Peregrine, se han quedado anclados para siempre en el mismo día, en una jornada en la que siempre ocurre lo mismo. Por este motivo, no pueden avanzar en su desarrollo personal: si no hay identidad, no hay personalidad. La institutriz, pues, amarra a los niños en esa realidad; por ello, podemos preguntarnos: ¿eso es verdadero amor a los niños distintos, o, en este caso, peculiares? En realidad, eso no es amor. Amar al niño distinto es dejar que vivan su día a día, que se equivoquen, que se caigan y se levanten, que aprendan de sus errores, que se enamoren y que se desenamoren.




   Los niños peculiares de la película tienen miedo a salir de su mundo, a salir del mundo creado por Miss Peregrine: un mundo maravilloso que, sin embargo, no es la realidad; un mundo sin problemas ni preocupaciones que, en verdad, se trata de una ilusión. ¿Cómo van a crecer de manera armónica en un lugar que no los enfrenta a la autenticidad? Curiosamente, los enemigos del hogar son seres invisibles, pues, cuando no queremos que el pájaro abandone el nido, inventamos lo que sea para evitar que lo haga. No seamos egoístas con los niños ("mamá, ámame tanto que me ayudes a vivir sin ti").

   ¡Qué buena es Miss Peregrine, que protege a los niños de todo peligro! Sin embargo, eso no es cuidar, sino impedir. Tal es su obsesión por los niños, que lleva un reloj en el bolsillo para controlarlos: tienen que llegar a la hora que ella les diga y no pueden retrasarse ni adelantarse; cuando ella quiera, tienen que dejar lo que estén haciendo para acudir a la llamada de mamá. Insisto en que esto no es educar: hay que dejar que los niños vivan. Debemos acompañarlos en su camino, no hacerlo por ellos; preparar al niño para el camino, no el camino para el niño. Miss Peregrine no tiene fe en que sus niños puedan llegar a ser; es por ello que los esconde, para que nadie los vea.




   Si el pájaro de nuestro nido está herido, curémoslo, pero no nos lo quedemos; dejémosle volar, para que haga su nido y tenga sus propios pajaritos. Si no se logra que el pájaro abandone el nido, sus posibilidades de vivir disminuyen. Es lo que les ocurre a estos niños peculiares: no saben vivir fuera del bucle; son pobres pajaritos que, teniendo alas, no pueden volar. Según Miss Peregrine, fuera del nido no tendrían vida y, para desarrollarse, tienen que estar con ella. La maestra no les deja salir del bucle, porque pueden morir sin los cuidados de mamá.

   Por tanto, tener una personalidad requiere mucho sacrificio y requiere tener identidad. Toda la vida vamos añadiendo identidad. Si estos niños peculiares siempre viven el mismo día, no pueden avanzar, no pueden ir creándose su propia identidad, por lo que terminarían psicótico. Así pues, el Yo tiene que crecer y desarrollarse.

María Pérez Chaves
Maestra de audición y lenguaje y monitora del método CEMEDETE
@mpchvs



lunes, 8 de agosto de 2016

Mi amigo el gigante

   Después del largo período que me ha mantenido alejado de este blog, vuelvo a él mediante una nueva participación, en la que se nos analiza la película Mi amigo el gigante. Recordad que vosotros también podéis participar en este espacio si me enviáis vuestros artículos a través del enlace que aparece en el margen derecho de la pantalla.



   Sofía es una niña con problemas para dormir. Una noche, decide asomarse a la ventana de su habitación, sabiendo que está incumpliendo una norma del orfanato donde vive: no descorrer las cortinas por la noche, no abrir las ventanas y no salir al balcón. De pronto, ve cómo aparece frente a ella un inmenso gigante, que se la lleva consigo al país donde habita.

   Mi amigo el gigante es una parábola sobre dos niños distintos, el gigante y Sofía, niños que hacen lo que los demás no esperan, y que no hacen lo que los demás esperan; niños que creen estar solos, pero que, providencialmente, se encuentran, descubriéndose, así, el uno en el otro. En definitiva, es la historia de dos personas que no se sienten amadas, pero que, gracias a este encuentro, identifican y solucionan esta carencia.



   El gigante no es aceptado entre los suyos, porque, al salirse de lo establecido, al salirse de lo normal, es rechazado e insultado. Es un reflejo de lo que les ocurre a muchos niños que nacen distintos: estos no se sienten amados en sociedad y, a veces, ni en su propia familia, La familia del gigante, por ejemplo, no lo acepta, porque no come niños, porque es distinto; pero Sofía lo quiere tal y como es, y lo ama sin importarle que se salga de lo establecido.

   El niño distinto sabe cuándo es amado y cuándo es rechazado, sabe cuándo se cree en él y cuándo no. Sofía tenía fe en el gigante, sabía que lo podía conseguir, pero, como él solo no era capaz, ella lo ayudó y lo acompañó. Eso mismo debemos hacer con los niños distintos: acompañarlos en su vida. "Yo te acompañaré, para que puedas ser tú".

María Pérez Chaves