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martes, 19 de enero de 2021

Frente de Madrid

 

   Si recordáis, en mi último artículo me quejaba de que la corrección política censura hoy sin reparos las películas que los cinéfilos podemos ver legalmente en la red. Este veto es mayor si determinadas cintas han sido rodadas en épocas de las que actualmente, no sin razón, abominamos. Para ello os ponía el ejemplo de El flecha Quex, que pese a ser un gran film, se nos obliga a prescindir de él por el simple hecho de haber sido grabado durante el nazismo (asimismo, y como consecuencia, se nos impele a prescindir de sus valores artísticos e históricos, que también los tiene).

   De la misma manera, os indicaba que esta prohibición es flagrante en nuestro país, donde, para menospreciar el celuloide de antes, se ha acuñado el término “franquista”. De este modo, pues, el espectador ya da por hecho de que se trata de un tipo de cine cutre y propagandístico, destinado a adoctrinar al pueblo español de entonces (que, por supuesto, es tildado de ignorante). Pero esta es una idea tremendamente injusta, ya que, a diferencia de lo que se pueda pensar, en aquella época se realizaron filmes de muy buena manufactura, que en no pocas ocasiones incluso supera con creces a la de las cintas españolas actuales. Y para ejemplificarlo, hoy me gustaría presentaros Frente de Madrid (Edgar Neville, 1939).

   En efecto, la película narra una historia ambientada en las postrimerías de la Guerra Civil, concretamente, y como su título indica, en el frente de Madrid. Allí, un falangista del bando nacional quiere ver a su novia, a la que no visita desde el estallido del conflicto. Para ello, se ofrece como voluntario en una misión secreta, que consiste en internarse como miliciano en las filas del Ejército Rojo. Gracias a ello, pues, no solo podrá reunirse de nuevo con su prometida, sino que también comprobará de primera mano los estragos causados por el enfrentamiento fratricida en la capital de España.

 


 

   Para empezar, debemos decir que, lejos de lo que hoy se nos hace creer, el mal llamado cine franquista no abundó en cintas sobre la Guerra Civil (más aún, incluso la industria de entonces recibió serias quejas de muchas instituciones por no hacerlo[1]); al contrario, intentó pasar página muy pronto, ofreciendo sobre todo dramas costumbristas que, eso sí, podían tener el conflicto como telón de fondo (a fin de cuentas, era una realidad que todos habían vivido). Ello no obsta, por supuesto, para que también se realizaran películas de carácter bélico, como es normal después de un enfrentamiento armado: Sin novedad en el Alcázar (que no es española, sino italiana), El crucero Baleares, Rojo y negro, El santuario no se rinde… Pero, a pesar de que sean archiconocidas, no conformaron ni una triste minoría.

   Lo más característico de la época es que no se trataba de un celuloide sectario, como el que hoy prolifera en nuestras pantallas. Así es, en la actualidad se ruedan en España mayor número de películas sobre la Guerra Civil que entonces, y suelen ser tan tendenciosas que se apartan por completo de la realidad. De este modo, los bandos enfrentados se han convertido en una mera ficción –por no decir una parodia– de sí mismos: el nacional es tan malo que más parece un villano de cómic que un ejército en liza, mientras que el republicano es tan bueno que uno se pregunta por qué estalló el enfrentamiento. En el cine de entonces, empero, que evidentemente también era tendencioso, buscaba acercarse a la verdad de manera más honesta, mostrando el modus operandi de ambas facciones, incidiendo en que fue una tragedia entre hermanos y buscando la reconciliación entre ellos (v. gr., el final de esta película)[2].

   En cuanto al valor artístico de esta cinta, podemos citar el neorrealismo. Entendemos como neorrealista el cine que nació en Italia tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, que tenía como objetivo denunciar el estado en que había quedado el país después de la misma. Para ello, mostraba historias creíbles y reales acontecidas durante el conflicto, y era rodado en los escenarios naturales de las urbes, derruidas por los bombardeos. La primera película en hacerlo fue Roma, ciudad abierta (Roberto Rossellini, 1945), por lo que se considera la pionera del género. Sin embargo, una década antes se había estrenado Frente de Madrid, que también mostraba el estado en que había quedado la capital de España tras la Guerra Civil, y narraba una historia real y creíble acontecida durante el conflicto. Entonces, ¿por qué no se considera la primera película neorrealista de la historia? La respuesta es fácil: el franquismo.

   En efecto, como hemos señalado, al cine de antes se le cuelga el sambenito de “franquista” para que el espectador no entre a valorar sus cualidades artísticas, sino que, por el contrario, crea que es un tipo de celuloide perverso y adoctrinador, del que no pudo salir nada bueno. De este modo, y pese a que la película que estamos analizando cumple los requisitos necesarios para ser la la inauguradora del neorrealismo, se deplora en favor de la italiana. El motivo es solo político: ¿cómo Frente de Madrid, que es profascista –aunque no lo sea realmente–, va a superar a Roma, ciudad abierta, que es antifascista? Además, el neorrealismo, “inaugurado” por el film de Rossellini, derivó muy pronto hacia el comunismo, por lo que es más políticamente correcto decir que se trata de la verdadera iniciadora del citado género[3].

   Así pues, por culpa de esta manida corrección política –más política que correcta–, hoy nos estamos perdiendo grandes películas, que tildamos enseguida con un adjetivo inventado para que no nos cuelguen también a nosotros el temido sambenito. En un mundo sensato, en el que realmente se considerase el valor artístico e histórico de un producto, independientemente de su origen, Frente de Madrid sería una cinta imprescindible, que nos ayudaría además a comprender una época concreta de nuestros anales. Pero estamos en un mundo al que no le interesa la realidad ni el arte, sino solo que veamos ambas cosas a través del prisma que él nos quiere imponer[4].   

 


 

 



[1] Una de ellas fue la Acción Católica Española, que, viendo cómo la persecución religiosa no contaba con ningún film –solo aparecía una escena en Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1941)–, financió Cerca del cielo (Mariano Pombo y Domingo Viladomat, 1951), que se hace eco del hostigamiento y martirio del beato Anselmo Polanco.

[2] A mi juicio, la última película no sectaria del cine español contemporáneo es La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985), donde los miembros de ambos bandos son presentados como personas reales, independientemente de sus afinidades políticas.

[3] Es por ello que los historiadores del séptimo arte arguyen que el neorrealismo entró en España a través de la película Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951), de tinte medianamente antifranquista. Por otro lado, debemos decir que Rossellini tenía más papeletas para ser considerado el iniciador del neorrealismo que Neville: el motivo es que, mientras que este último se pasó del bando republicano al franquista, él se pasó del fascista al comunista (de este modo, hasta se le perdonó su amistad personal con Vittorio Mussolini, hijo del Duce, que incluso le había abierto las puertas de la pantalla grande italiana).  

[4] Para conocer más filmes de este tipo, del buen cine que se realizó en la España “franquista”, no dejéis de comprar mi libro: 100 películas cristianas, que está a punto de salir (ed. Homo Legens).

domingo, 7 de mayo de 2017

La guerra en Hollywood

   Aunque sea poco habitual, esta semana recomendaremos en el blog una serie de televisión. Se trata de La guerra en Hollywood (Laurent Bouzereau, 2017), un documental dividido en tres episodios que ha cautivado poderosamente nuestra atención. En esta entrada, conoceremos el porqué.




   "El cine ha sido una herramienta de seducción ya desde sus comienzos". Con esta frase, pronunciada por Steven Spielberg, se inicia La guerra en Hollywood, un documental que pretende demostrar la influencia del séptimo arte durante la Segunda Guerra Mundial. Para ello, presenta la biografía de cinco afamados directores de la época: John Ford, William Wyler, John Huston, Frank Capra y George Stevens. Estos, ciertamente, preocupados por el auge del nacionalsocialismo en Alemania, decidieron concienciar al público norteamericano del problema que eso suponía para el resto de Europa y, más tarde, para los mismísimos Estados Unidos.
  
   Reconozco que este documental ha sido una verdadera sorpresa para mí. En efecto, como amante del cine, siempre he tenido constancia de la implicación de Hollywood durante la guerra para conseguir mayor número de reclutas, pero jamás imaginé que esta influencia había llegado hasta el punto de abrir el entendimiento de los americanos. Ciertamente, según afirma la serie, Norteamérica vivía al margen de los acontecimientos que estaban destruyendo Europa, por lo que, pese a las noticias que llegaban de allí, nadie pensaba que sería un conflicto de características mundiales (¡hasta algunos veían con muy buenos ojos el ascenso de Hitler al poder y su política de dominación internacional!). Sin embargo, aquellos autores, provenientes del Viejo Mundo, veían cómo sus familias eran masacradas y humilladas por el poderío alemán, por lo que resolvieron transmitir la verdad mediante el celuloide.




   Pero, a mi juicio, el apartado más importante de todo el documental es el que relata las experiencias personales de los cinco cineastas mencionados arriba. Efectivamente, sobrecoge el descubrir cómo el gran John Ford, por ejemplo, compartió destino con cientos de soldados en las islas de Midway; o cómo el alegre George Stevens, autor de las célebres películas protagonizadas por Fred Astaire, entró en Dacháu para liberar a los judíos que allí padecían el oprobio nazi. Asimismo, estremece y lleva a la compasión el saber que estos hechos alteraron para siempre su visión de la vida, pues nunca fueron capaces de rodar largometrajes como los anteriores, ni se comportaron con los demás como lo habían hecho hasta el momento. 

   Sin duda, es un documental imprescindible para cualquier cinéfilo, pero también para cualquier persona que ame la historia o que, simplemente, desee acercarse a este triste período de la biografía humana. Aunque se trate de una expresión típica, debemos indicar que nos muestra el lado más entrañable de unas estrellas que se implicaron lo indecible en este conflicto y que, por ello, nos hace conscientes del horror que padecieron. Como prueba de ello, la serie hace hincapié en los dos filmes con que aquellas rubricaron simbólicamente su nueva visión de la vida: Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946) y Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946).





   

sábado, 24 de diciembre de 2016

Feliz Navidad

   Navidad es una época propicia, en lo cinematográfico, para ver de nuevo filmes que nos recuerden el sentimiento de bondad que debe primar en nuestras vidas. En este sentido, los que amamos el séptimo arte solemos recurrir a Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946), el clásico indiscutible de estas fiestas; o bien, si somos nostálgicos, podemos echar mano de Solo en casa (Chris Columbus, 1990) y Solo en casa 2. Perdido en Nueva York (ib., 1992), y de Los fantasmas atacan al jefe (Richard Donner, 1988), que eran los largometrajes que siempre emitía la televisión cuando éramos niños. Afortunadamente, el cinéfilo católico actual también puede recuperar Natividad (Catherine Hardwicke, 2006), que es una vuelta a la raíz de esta celebración tan entrañable. Pero, por el camino, olvidamos títulos que podrían formar parte de este canon, como Feliz Navidad (Christian Carion, 2005), que es la película que aquí proponemos hoy.




   En 1914, cuando no bien había estallado la Primera Guerra Mundial, un grupo de militares, de bandos enemigos, se reúne para celebrar la Nochebuena. La experiencia satisface tanto a todos, que no dudan en congregarse de nuevo al día siguiente para conmemorar la Navidad. De este modo, surge una amistad entre ellos que, más tarde, cuando se reanude la batalla, dificultará el tiroteo al que se ven obligados por su condición de combatientes. Por supuesto, esta actitud no será comprendida por los mandos de las respectivas facciones, que harán lo posible para detener esta súbita confraternización. 

   Lo primero que puede sorprender al espectador que se acerque a este film por primera vez es su asombroso argumento, puesto que le resultará increíble que unos enemigos frenen el combate para celebrar la Navidad. Lo segundo que lo pasmará cuando vea la película será el descubrir que esta se hace eco de una situación real. En efecto, el metraje de esta cinta es garantía de que, como tantas veces habremos dicho, la realidad supera la ficción, ya que, verdaderamente, en pleno fragor de la guerra, hubo un receso para festejar el nacimiento del Hijo de Dios en Belén.  




   Tal vez, la mentalidad de nuestro tiempo sea incapaz de comprender un milagro como este, puesto que hoy celebramos la Navidad como una fiesta más dentro de nuestro calendario. Sin duda, nuestros almanaques están salpicados por eventos que interrumpen la vida cotidiana, con el (buen) propósito de amenizar nuestra rutinaria existencia; pero estos pueden ser sustituidos por otros que sean mejores, o bien pueden ser soslayados cuando haya una razón laboral o personal que lo exija. La Nochebuena, empero, y el 25 de diciembre son irreemplazables: siempre habrá un villancico, una cena, un brindis o un recuerdo especial para los que ya no estén junto a nosotros. Y esto solo tiene un motivo: la venida de Jesucristo al mundo. 

   Efectivamente, cada año, celebramos que el Hijo de Dios se encarnó, para devolver a los hombres la paz que ellos mismos habían perdido como consecuencia de su pecado. Además, esta devolución inmerecida, puesto que fuimos nosotros quienes nos apartamos voluntariamente de nuestro Creador, trajo consigo otro beneficio: la filiación. Es decir, desde el momento en que Jesús tomó nuestra naturaleza humana para rescatarla, nos adoptó como hermanos y, por tanto, como hijos de su Padre. ¿Acaso existe, pues, mayor motivo que este para una celebración anual?, ¿acaso no es necesario rememorar esta gracia con la alegría propia de las fechas?, ¿o no es imprescindible hacerlo con la familia, que nos recuerda que ha sido bendecida mediante el nacimiento de Belén?




   La mentalidad de nuestro tiempo, pues, tendrá que doblegarse a esta verdad, que es la que subyace tras estas celebraciones. Desgraciadamente, y en su agonía, pretende imponer otras que la sustituyan; para ello, vacía la Navidad de su contenido original, de manera que no resulte ofensiva a quien no crea en ella. Pero, si esta fiesta no conmemorase el nacimiento del Hijo de Dios, ¿por qué tendría que ser alegre?, ¿por qué cada uno tendría que recordar a sus familiares difuntos o alejados?, ¿por qué tendríamos que empeñarnos en celebrarla con aquellos de estos últimos que aún viven?, ¿por qué deberíamos cultivar nuestros buenos sentimientos? Si el motivo fuera la llegada del invierno, ¿por qué esta estación nos tiene que conducir a un comportamiento mejor y más entrañable?

   Por esta razón, la persona que abomine del sentido religioso de la Navidad, que es, por otro lado, el único que tiene, nunca entenderá lo que esta película narra. Para ella, será una mera ficción o una exageración de un hecho puntual, pero no tendrá la relevancia que tiene para el cristiano, ni verá en ella el milagro de amor que aquella encierra. Por este motivo, se trata de un excelente largometraje para el canon que solemos recuperar estos días, puesto que incide en esa verdad que hoy el mundo olvida: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha nacido en Belén para devolverle al hombre la paz.



domingo, 11 de diciembre de 2016

Hasta el último hombre

   Hace unos meses, dedicamos un extenso artículo a Mel Gibson en este mismo blog (aquí). El motivo era el estreno de su última película como intérprete, Blood Father (Jean-François Richet, 2016). Como veíamos en dicha crónica, este largometraje fue acogido por el cineasta como una confesión de su propio pasado, puesto que, igual que él, el protagonista de la cinta luchaba por desprenderse de sus antiguos problemas con las drogas y el alcohol; asimismo, pretendía recuperar la vida familiar que estos habían arruinado. Al final del escrito, además, anunciábamos la inminente llegada de su siguiente film a nuestras pantallas, la presente Hasta el último hombre (ibíd., 2016), que intentaba ser su regreso definitivo al mundo del espectáculo. Pese a las excelentes críticas que está recabando, no se trata de su mejor obra (reconocimiento que tal vez merezca Braveheart), pero sí de un título muy personal que aquí procuraremos analizar.



   
   La película narra la hazaña emprendida por el soldado Desmond Doss en el asalto a la colina de Hacksaw, en Okinawa, durante la Segunda Guerra Mundial. En su firme propósito de no tocar un solo arma por motivos de conciencia, salvó la vida, sin embargo, a muchos de sus compañeros a lo largo del cruento combate. Esta heroicidad fue recompensada con la medalla de honor del Congreso, que es la máxima condecoración que puede otorgar el presidente de los Estados Unidos a un miembro de sus Fuerzas Armadas. De esta manera, Doss se convirtió en el primer objetor de su país en recibir tal galardón.

   Como hemos indicado, nos encontramos ante el regreso a la dirección del siempre controvertido Mel Gibson. Desde que estrenara su magistral Apocalytpo (ibíd., 2006), se había mantenido apartado de las cámaras con el fin de recuperarse de una biografía marcada por los excesos. Precisamente durante la presentación de este largometraje, fue arrestado por conducir ebrio y por encararse al agente de Policía que lo detuvo. Sin embargo, lejos de amilanarse o de truncar su vida por completo, asumió su equivocación y procuró resarcirla concurriendo a un programa de autoayuda para alcohólicos, decisión que lo auxilió a superar el grave trance por el que pasaba (tanto fue así, que los jueces del caso elogiaron públicamente su comportamiento y su buena disposición).    

   Durante ese período, Mel Gibson fue objeto de desprecio por parte de sus colegas cinematográficos, que lo abandonaron a su suerte cuando se destaparon sus comentarios acerca de los inmigrantes, de los judíos y de los homosexuales (aquí). De hecho, nadie que anteriormente se considerase su amigo quiso testificar a favor suyo cuando aquellas se filtraron (aquí). Pero este desamparo solo fue el colofón de una problemática que había nacido cuando estrenó La pasión de Cristo (ibíd., 2004). Efectivamente, este largometraje había sido denunciado por la comunidad israelí como antisemita (aquí), hecho que a la sazón volvió a la palestra y sirvió para ridiculizarlo a él y para ridiculizar la fe que profesaba.




   Por este motivo, la analogía que Gibson establece entre él mismo y Desmond Doss es evidente. Por un lado, tenemos al soldado estadounidense, que, por mantenerse fiel a su credo, recibe los ultrajes de sus compañeros; por el otro, a un cineasta que nunca ha abjurado de su fe, pese al desprecio al que es sometido por culpa de esta y a la orfandad a la que fue condenado durante la etapa citada en el párrafo anterior. Asimismo, es un hombre consciente de su notable talento y de los obstáculos que este encuentra debido a su condición religiosa (aquí), como el citado Desmond tropieza con los impedimentos de sus conmilitones cuando destaca sobre ellos gracias a sus aptitudes físicas (algo que aquellos no soportan, puesto que no entienden que alguien así se niegue a disparar un arma). Por último, y del mismo modo que el héroe norteamericano salvó la vida de aquellos que lo habían injuriado, él ha entonado su particular arrepentimiento y no ha demostrado ningún tipo de rencor a quienes lo abandonaron cuando más necesitaba de ellos (aquí).   

   Particularmente, opino que la infamia contra Mel Gibson es más grave cuando repaso los diferentes escándalos que han cometido sus colegas de Hollywood, a quienes parece que se les han perdonado sin reparo aun siendo muchos de ellos de mayor calado que los protagonizados por él (aquí y aquí). Por supuesto, no quisiera ensalzar como mártir moderno al cineasta, ni siquiera justificar sus pecados, aunque de ellos no nos libremos ninguno de nosotros; pero sí me gustaría limpiar su imagen, abusivamente dañada por unos medios tendenciosos, que han pretendido arrinconarlo en una esquina del actual cuadrilátero artístico. Por este motivo, retomando esa semejanza que él mismo establece con Desmond Doss, me gustaría que al final fuera reconocido de nuevo por su labor, y que aquellos que algún día lo vituperaron, aplaudan otra vez su regreso a la gran pantalla. 



lunes, 8 de febrero de 2016

Los extraterrestres en el cine (I)

   Hace unas semanas, publiqué un post dedicado a la película Contact (aquí). En él hablaba sobre cómo el film, a pesar de haber generado grandes expectativas en los amantes de la ufología, se convirtió en una absoluta decepción para los mismos, puesto que, lejos de ofrecer un espectáculo de temática alienígena, narraba la metáfora de la aspiración al cielo que caracteriza a todo ser humano, y, muy particularmente, a los cristianos. De hecho, no por casualidad, como también apuntaba en aquellas líneas, su autor, Robert Zemeckis, equiparaba a los extraterrestres protagonistas con Dios (por supuesto, su equiparación no llegaba hasta el extremo de identificarlos con Él, pero sí les otorgaba cierto halo de divinidad, ya que, habitando en las estrellas, dirigían la vida de la científica Jodie Foster, para que esta, finalmente, pudiese encontrarse con ellos), algo que también está presente en largometrajes como Encuentros en la tercera fase y, de manera más diáfana, E.T., el extraterrestre (efectivamente, este entrañable alienígena bajó del cielo, fue adoptado por una familia que no era la suya, murió, resucitó y volvió a las alturas). Sin embargo, esta visión amable de los supuestos viajeros interestelares, que visitan esporádicamente nuestro planeta, no siempre ha sido así, sino que, al principio, cuando el hombre empezó a interesarse por ellos, los miraba con cierto recelo y con mucha suspicacia.



   Lógicamente, la humanidad comenzó a preguntarse sobre la vida allende nuestras fronteras planetarias, cuando sus conocimientos astronómicos adquirieron la capacidad de sondear las profundidades espaciales. A pesar de lo que hoy divulguen ciertos estudios sensacionalistas, o veamos en la reivindicable Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, es difícil imaginar que, en tiempos anteriores a estos, los hombres sintiesen dicha inquietud, puesto que, en primer lugar, sus preocupaciones se limitaban a la vida cotidiana, y, en segundo lugar, ni siquiera valoraban el concepto de "planeta", por lo que serían incapaces de pensar en otros, ajenos al nuestro, que estuviesen poblados por seres similares a ellos. Bien es cierto que los estudios referidos aluden a documentos antiguos que parecen probar el contacto íntimo entre los hombres y los alienígenas, siendo estos últimos instructores de aquellos, pero estos están más cerca de ser una interpretación actual que una evidencia de la realidad (en una sociedad vertebrada por la fe animista y por la creencia en dioses que habitan en el cielo, resulta más sencillo deducir que son estos los que adornan las añejas lascas y las viejas inscripciones, que aventurar una referencia a visitantes de otros mundos -incluso el explicar que estos son el origen de la fe en aquellos, como sugiere la interesante La cuarta fase, parece muy forzado).

   Tal vez, la primera incursión de los alienígenas en la vida humana quepa hallarla en La guerra de los mundos, clásico literario de la ciencia-ficción escrito por H.G. Wells en 1898. En él, como es sabido, una legión de marcianos, stricto sensu, invade violentamente la Tierra, con el objeto de acomodarla a sus necesidades; la humanidad, aterrada por esta ocupación, procura oponerse a ella mediante el mayor de sus esfuerzos, pero no lo consigue, pues el ejército extraterrestre cuenta con un armamento superior. Finalmente, y a pesar del ímprobo esfuerzo de los hombres, no son ellos los que consiguen la victoria sobre los invasores, sino las minúsculas bacterias, que alteran su organismo, porque no están habituados a ellas.

   Este argumento, que hoy nos puede parecer común por haber dado pie a un par de adaptaciones cinematográficas (la de Byron Haskin en 1953 y la de Steven Spielberg en 2005), fue, sin embargo, una novedad para el lector decimonónico, que, no en vano, acababa de conocer la noticia del hallazgo de los famosos canales de Marte. Efectivamente, en el año 1877, el astrónomo italiano Schiaparelli descubrió, a través de su rudimentario telescopio, que el planeta rojo estaba surcado por centenares de conductos que parecían conectar sus helados polos con diferentes puntos de su abrupta geografía, algo que él identificó con la supuesta técnica de una sociedad marciana entregada al abastecimiento de agua de las distintas comunidades que la formaban. Esta conjetura, como hemos dicho, conmocionó tanto a las personas de la época, que inmediatamente la aceptaron como válida, por lo que, en ningún momento, descartaron la posibilidad de una invasión perpetrada desde allí (tanto es así que, años después, cuando Orson Welles adaptó sus páginas a un guion radiofónico que él mismo difundió, los oyentes creyeron a pie juntillas que aquella había llegado: aquí).



   Algunos críticos literarios han querido ver en la novela de Wells una diatriba contra la historia colonizadora de Inglaterra, patria del escritor, que había usado su avanzada tecnología para imponerse sobre muchos territorios de los primitivos continentes asiático, africano y americano. Aunque probablemente esto sea cierto, lo que interesa a nuestro análisis es la funesta visión de los alienígenas que el texto consiguió imprimir en la humanidad del momento (es necesario recordar aquí que, poco después de su publicación, el mítico H.P. Lovecraft dedicó varios escritos a los terrores provenientes del espacio). Es posible que ello se debiera a los nuevos horizontes que se le perfilaban al ser humano, tan desconocidos entonces como anteriormente lo habían sido los tenebrosos océanos, que, por ello, habían sido imaginados como habitados por criaturas monstruosas, dedicadas a engullir cualquier navío que osase hender su trozo de piélago; de igual modo, aquellos abismos negros que el hombre del siglo XIX observaba sobre su cabeza, eran concebidos como el lugar donde vivían todo tipo de seres malignos, que, además, podían estar vigilándolo desde el planeta vecino.

   Pero aquella ocupación marciana, que casi fue temida como inminente, nunca llegó a realizarse, por lo que el hombre, sin dejar de creer en la probabilidad de vida fuera de la Tierra, comenzó a fantasear con la manera en que esta se manifestaba (curiosamente, como veremos a continuación, reflejaba lo que el hombre mismo iba conociendo a medida que se adentraba en los exóticos países que exploraba). Para alimentar, además, esta nueva senda imaginativa, contaba no solo con la literatura, que se internó en dicho campo, sino también con un moderno y sorprendente espectáculo que estaba encandilando a la feliz sociedad de principios del siglo XX: el cinematógrafo. En efecto, en el año 1902, el director e ilusionista francés Georges Méliès regaló al mundo su maravillosa Viaje a la Luna (puedes verla aquí), que, inspirada libremente en el relato de su compatriota Julio Verne, narraba la aventura de un grupo de astronautas sobre la superficie de nuestro satélite, donde entraban en contacto con la tribu de los selenitas (recordemos que el escritor no menciona dicho alunizaje, por lo que no aclara si creía en tales pobladores, aunque hace columbrar a sus protagonistas ciertas sombras que podrían ser indicios de construcciones artificiales). En esta breve cinta, pues, de escasos diez minutos, podíamos contemplar a unos aborígenes que, como si de un reducto de nativos africanos en la Luna se tratasen, portaban lanzas, cazaban animales salvajes y danzaban en corro para recibir a los exploradores llegados de la Tierra.

   En el ámbito literario, destacó Edgar Rice Burroughs, el otrora creador de Tarzán, que, a modo de correría espacial de este último, imaginó que también el planeta rojo estaba habitado por sociedades selváticas, como las presumidas por Méliès y como las que descubrían sus contemporáneos en las profundidades de África y Asia. Para describir a sus lectores esta primitiva forma de vida, ideó a un sosias de su famoso héroe, al que denominó John Carter, el cual podía viajar desde el lejano Oeste hasta las llanuras marcianas mediante la psique; asimismo, allí podía adoptar un fabuloso cuerpo que le permitía respirar el enrarecido aire del planeta y explorarlo sin problemas (evidentemente, esta historia ha servido de inspiración a James Cameron y su aclamada Avatar). La extensa serie, titulada Bajo las lunas de Marte, comenzó a ser publicada en 1912, llegando a su fin en 1943; sin embargo, no fue hasta nuestro siglo cuando Hollywood mostró cierto interés por ella: en 2009 pudimos ver una hilarante adaptación llamada Princess of Mars, que fue rápidamente subsanada con un remake de mejor propósito, titulado John Carter.



   Como vemos, pues, los hombres dejaron de considerar la vida extraterrestre como una temida probabilidad, para empezar a valorarla como un simple recurso artístico, que, como hemos indicado, servía fácilmente a los propósitos expedicionarios del momento. Por desgracia, incluso esta nueva tendencia, más veraz que la anterior, tuvo que ser abandonada por culpa de una realidad de mayor crudeza: la Primera Guerra Mundial. Efectivamente, el 28 de julio de 1914, el archiduque de Austria Francisco Fernando fue asesinado por el joven serbio Gavrilo Princip, quien reclamaba, en nombre de la organización secreta Mano Negra, la anexión de Bosnia a su país (recordemos que, a la sazón, Bosnia formaba parte del Imperio austro-húngaro, y que Serbia había sido declarado como Estado soberano varios años antes); este hecho detonó las tensiones que latían entre las principales potencias europeas de entonces, que, de manera sucesiva, se declararon la guerra entre sí. Aunque en un primer momento se pensó que esta situación duraría pocos meses, lo cierto es que se prolongó mucho más de lo debido, finalizando el 28 de junio de 1919 con la firma del Tratado de Versalles y con una estimación de nueve millones de muertos a sus espaldas.

  Lógicamente, este triste suceso frenó las aspiraciones espaciales del mundo entero durante los años de su desarrollo, pues, del mismo modo que las primitivas comunidades a las que aludíamos al principio del opúsculo, aquella moderna sociedad tuvo que afrontar una tribulación que creía superada; por este motivo, la literatura y el cine se subyugaron a las necesidades del conflicto, cuyo remedio era más perentorio que cualquier ataque enemigo proveniente de otro planeta. En el primer campo, descolló Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Blasco Ibáñez, novela escrita a la par que se desenvolvía la guerra y que detallaba rigurosamente las atrocidades de esta; en el segundo, La pequeña americana, del gran Cecil B. DeMille, film que intentaba justificar la injerencia norteamericana en la conflagración. 

   El fin de la guerra, empero, no trajo consigo una vuelta al interés por los supuestos habitantes del espacio, sino que, por el contrario, propició un olvido del mismo, ya que la humanidad se dejó embeber por los aires triunfalistas que parecían recorrer el planeta Tierra desde un extremo hasta el otro. Esta época fue denominada la de los felices años veinte, ya que se caracterizó por ser una década de notable prosperidad económica. Dicho bienestar se vivió principalmente en Estados Unidos, que se había enriquecido gracias a la venta de armas a Europa, pero también los otros países se sumaron a él, pues intentaron sentar bases que impidieran un nuevo conflicto así (este boyante período y sus, sin embargo, inherentes problemas, pueden ser constatados en cualquiera de las versiones cinematográficas de El gran Gatsby, o en la famosa Los intocables de Eliot Ness, de Brian De Palma).

   Curiosamente, el interés por la vida extraterrestre fue recuperado a continuación del siguiente conflicto que azotó al mundo, la Segunda Guerra Mundial, pues, pocos años después de que esta finalizase, un aviador norteamericano denunció la presencia en el cielo de una extraña formación de platillos volantes. El nombre del piloto era Kenneth Arnold, y pasó a la historia de la ufología por ser el primero en avistar estos característicos navíos espaciales, que, con el tiempo, entrarían a formar parte de nuestra cultura popular, donde, por supuesto, tiene su lugar de honor el séptimo arte. Sin embargo, esto será tratado en profundidad en el próximo artículo que dedicaremos a este apasionante tema.


   

lunes, 31 de agosto de 2015

El imperio del fuego


   Es curioso comprobar cómo en ocasiones el cine intrascendente genera alguna sorpresilla. Hace poco volví a ver El imperio del fuego, película que ya había olvidado, pero a cuyo estreno, en 2002, tuve la oportunidad de acudir. Recuerdo que por aquel entonces me pareció un film insustancial, pues, ciertamente, carece de calidad artística y de originalidad; sin embargo, en este segundo visionado he podido percatarme de algunos puntos que han despertado mi interés, aunque continúe formando parte de ese cine intrascendente al que antes hemos hecho referencia.
 
 

   Como es sabido por todos, el largometraje se desarrolla en un futuro cada vez más cercano, el año 2022, y narra la encarnizada lucha entre los hombres y los dragones, aquellos seres reptilianos que formaban parte del mundo mitológico, pero que, por azares del genio hollywoodiense, cobran vida cuando la humanidad ha dejado de creer en ellos. Como si de una plaga se tratase, estos últimos se apoderan de todo el orbe, provocando que las personas supervivientes se acorralen en recintos ocultos esperando que algún día desaparezcan. Pero a uno de estos refugios (misteriosamente, escocés) llega una partida de norteamericanos (¡oh, sorpresa!) dispuestos a eliminar a los lagartos voladores y a reconquistar, así, el planeta Tierra.

   Ciertamente, la película no da más de sí, pues ¿qué se puede esperar de un argumento tan simple? Sin embargo, podemos arrojar sobre ella una benevolente lectura antibelicista, pues, siendo compasivos, es posible ver a los dragones como una metáfora de los horrores de la guerra, algo que, como ocurre en otros largometrajes del mismo corte, termina uniendo a todas las personas bajo un mismo factor: devolver al hombre la dignidad que ha perdido. Y a mi entender, no estaríamos lejos de esta moraleja, ya que se nos presenta a una humanidad desesperada, pobre y aterrada que solo anhela el fin de sus agobios, y a unos dragones malvados y poco escrupulosos que solo desean acabar con todo rastro humano de la faz de nuestro mundo.

   Aunque existen otras películas que profundizan más en esta idea, la verdad es que aquí no queda mal del todo, pues esta comienza mostrándonos un prólogo que nos describe someramente la prosperidad del hombre, con sus grandes construcciones y su falta de preocupaciones (ese niño que se pasea tranquilamente por el peligroso escenario de una obra…), y el instante en que es atajada de manera drástica por la súbita aparición del maligno animal. A partir de ese momento, vemos cómo toda esa bonanza de la que se jactaba el ser humano queda sepultada literalmente bajo la ceniza del fuego de los dragones, y cómo el hombre, que tanto se enorgullecía de sus logros, queda recluido como si de un mísero perro se tratase, intentado conservar todo aquello de lo que alguna vez se vanaglorió (muy bueno ese guiño a la saga de George Lucas).

   En verdad, pocas veces nos hemos parado a pensar en el dramatismo que encierra cualquier conflicto armado, pues estamos acostumbrados a verlos en la ficticia pantalla de una sala de cine o en el aséptico televisor de nuestros salones, y a jugarla en los inocuos monitores de nuestros ordenadores, pero no estamos habituados a vivirla. Por fortuna, hace más de setenta años que concluyó nuestra guerra civil, así como la que enfrentó por segunda vez al mundo entero; sin embargo, son muchas las voces que profetizan y que casi aguardan el desencadenamiento de otra o de otras tantas. Mas yo me pregunto si tales agoreros serían capaces de afrontar una masacre de esa índole y de ver cómo se acaba frente a ellos todo aquello en lo que han depositado sus esfuerzos y sus esperanzas. Es fácil creer que uno empuñaría el fusil y que acabaría en un abrir y cerrar de ojos con un enemigo, pero es difícil dejar de lado el aspecto pintoresco que nos lega el séptimo arte, o el lúdico en el que nos han instruido los videojuegos y las guerrillas de pintura, y hacerlo realmente.
 

   Imagino cómo sería el ver destruida mi casa, con todas mis pertenencias y mis recuerdos hundidos bajo el peso del cemento derrumbado; o el descubrir que mis padres han perecido por el disparo de una bala; o el saber que mis hermanos están perdidos y buscando un lugar donde ampararse. ¿Cómo sería el dormir con miedo a ser asesinado?, ¿cómo el combatir en el frente, sabiendo que otro hombre puede frenar mi avance?, ¿cómo el intentar sobrevivir entre ruinas?, ¿cómo la búsqueda infructuosa de un poco de alimento?, ¿cómo el ver a un familiar o a un amigo morir de inanición? No me extraña, pues, que este film presente tales horrores que una guerra acarrea bajo la apariencia de un dragón, el ser que tradicionalmente se ha identificado con el pavor y con la destrucción, y no me extraña que los hombres huyan de él y se refugien en un lugar donde este no los encuentre ni los destruya.

   Pero el film no es pesimista, y aunque nos ofrezca una visión tan nefasta (y verídica) de la guerra, hace brillar al hombre con luz esperanzadora, pues este es capaz de sobrevivir siempre a cualquier contrariedad que se le presente. En este caso, esa esperanza se refleja en el hallazgo del sutil método mediante el cual pueden ser eliminados los dragones: el lanzamiento de flechas incendiarias a sus mayúsculas bocas ígneas. Alegóricamente, ello une a la humanidad bajo el único y loable objetivo de acabar en definitiva con el bélico desastre, y le ayuda a proponerse uno nuevo: devolverse a sí misma la dignidad, la paz y la prosperidad que había perdido (por este motivo, Christian Bale asevera al final del metraje que si los dragones destruyen otra vez lo que ellos están levantando, ellos otra vez volverán a construirlo). De este modo, ese mundo que había perecido bajo la ceniza resurgirá con mayor fuerza y se unirá más estrechamente, para que nunca vuelva a ser azotado por el funesto látigo de los dragones.